sábado, 10 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA-(De España a Huehuetenango-5-

Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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Esta era mi abuela Trinidad Fernández –dijo la abuela
Pina pasándole una foto a Andrés–. Fue siempre muy bonita,
hasta el final de su vida. –Andrés contempló el rostro de
una joven de cabellos largos, rubios y ensortijados y con una
encantadora sonrisa en los grandes ojos verdes. “Cómo me
hubiera gustado conocerla”, pensó.
Y este era mi abuelo Luis Maldonado –dijo Pina a tiempo
que le enseñaba otra foto. Se trataba de un hombre joven,
“muy bien parecido”, reconoció Andrés. Llevaba una barba
bien recortada y la mirada soñadora. Inmediatamente le revista
cordó las facciones de Gustavo Adolfo, su propio padre. “Estos
tatarabuelos debieron hacer una pareja perfecta”, pensó, contemplando
las dos fotos juntas.
—Mi abuelo Luis conservó hasta sus últimos años un
porte muy distinguido –continuó la abuela Pina–. De temperamento
artístico, gustaba mucho de la música y de la
pintura. Con el tiempo, cuando su posición le permitió tener
más tiempo libre, se inició como pasatiempo en la escultura
o talla en madera y a él se debe el bellísimo Jesús Nazareno
portando su cruz que se venera en el Santuario del
Calvario, en Cuilco, Huehuetenango.
Luis Maldonado propició siempre las expresiones de arte
entre sus hijos. Era además, desde muy joven, profundamente
piadoso. Más aún: yo diría que era un hombre de fe. Oraba
todos los días, leía la Biblia cada mañana, sobre todo los evangelios,
no dejaba pasar un domingo sin ir a misa y frecuentaba
siempre los sacramentos de la confesión y la comunión.
Era un hombre justo y caritativo que no dejaba de ayudar a
todo aquel que estaba en apuros y que recurría a él. Solía decir
que Dios hablaba a través de la gente, sobre todo de los más
amolados. La familia no supo, hasta después de su muerte,
todas las obras de caridad que mi abuelo hacía, desde muy
joven, entre la gente pobre. Como buen artista, era muy apasionado.
Le fascinaba la figura de Jesucristo, decía siempre
que era el hombre perfecto, en todos los sentidos. Como artista
y hombre de fe representaba a Cristo en sus dibujos, en sus
pinturas y en sus tallas. Mi madre nos platicaba que su suegro
les narraba a sus hijos pasajes enteros de los evangelios referentes
a Cristo; a ella, a quien quería mucho tal vez por ser la
nuera más joven, le había compartido una vez, casi en secreto,
su más grande anhelo como artista: representar en una
talla a Jesucristo tal y como él imaginaba que debía haber
sido: un hombre viril y fuerte, no en balde fue un obrero, un
carpintero que trabajaba con las manos y debía haber desarrollado
bastante los músculos. Un hombre capaz de hacer
grandes recorridos a pie por el desierto de Judea, un verdadero
judío, moreno, bronceado por el sol de aquellas tierras. No
me gustan esos Corazones de Jesús meshos y paliduchos, de
ojos azules y de maneras delicadas, casi parecen mujeres con
barba. No, Jesucristo no era así. Más allá de lo físico, debió ser
un hombre de una personalidad extraordinaria. Trato de imaginar
sobre todo su mirada. Un hombre fuerte y tierno a la
vez. Capaz de imponerse con la sola mirada, sin levantar la
voz, con un movimiento de su mano, pero capaz también de
hablar fuerte, cuando era necesario y, a la vez, de una enorme
sensibilidad, capaz de extasiarse ante las flores del campo
y los pájaros del cielo o de conmoverse hasta las lágrimas ante
el dolor de una madre viuda que ha perdido a su hijo único o
ante la muerte de un amigo. Trata de imaginártelo rodeado de
los niños, por ejemplo. Ese es el Cristo que yo quisiera llegar
a representar un día. Fuerza y ternura, músculo y poesía. Tal
vez el que más se acerca a la idea que tengo de él es el
Nazareno que tallé para el Santuario del Calvario, en Cuilco.
Durante una época de su juventud, recién llegado a
Guatemala, tal vez influenciado por el espíritu místico de los
chapines y, como artista que era, por los bellos templos y conventos
llenos de obras extraordinarias de arte sacro, Luis consideró
la posibilidad de entrar a una orden religiosa, pero su
amor por la novia valenciana que le había prometido esperarlo
toda la vida, fue más fuerte que sus inquietudes religiosas.
Si bien siguió siendo muy piadoso y cada hijo que nacía él lo
ofrecía a Dios pidiéndole, si era su voluntad, que fuera sacerdote
o religiosa. Pero ninguno de ellos lo fue.
—Hay que seguir pidiendo para que algún día uno de tus
hijos o de tus nietos nos salga sacerdote –dijo sonriendo la
abuela Pina–. Para que toda la familia se santifique, porque
hemos sido bastante mundanos.
De pronto Pina pareció recordar algo, se puso de pie y
haciendo una seña en silencio de que volvía pronto, se dirigió
a su habitación. Unos minutos después estaba de regreso.
 –Casi se me estaba olvidando tu regalo de Navidad. Desde el
otro día pensé en darte a ti el Niño Dios que tanto te gusta
desde que eras chico, que fue tallado por mi abuelo Luis. Aquí
está –dijo abriendo una cajita de vidrio donde entre algodones
estaba una pequeña talla en madera de Jesús recién nacido,
no más grande de unos seis centímetros, con las facciones
perfectamente talladas, las pequeñas manos en actitud de
bendecir, con unos minúsculos ojos de vidrio que parecían
sonreír. Era una joya de la familia que Andrés siempre quiso
tener pero que no se atrevió nunca a pedir a su abuela. Lo
tomó en sus manos, con ternura, y lo llevó a sus labios, como
solía hacerlo desde que era niño. La abuela continuó: –Lo que
te pido es que esté siempre entre nosotros. Que un día se lo
des en custodia al más pequeño de tus hijos, como yo ahora
te lo doy a ti, para que siga estando en la familia. Mi abuelo
Luis lo talló antes de casarse y se lo dio como regalo a mi
abuela Trinidad la primera Navidad que pasaron juntos en
Guatemala.
Eso debió ser por 1830. Haz tus cuentas cuántos
años tiene ya el Niño…
—Muchas gracias, abuela –dijo Andrés al tiempo que se
ponía de pie y se acercaba a darle un beso en cada mejilla–.
No sabes cuánto me enternece que hayas decidido que fuera
yo el custodio del Niño. Sabes cuánto me gusta y cuánto
lo quiero desde que era pequeño. Espero que mi tía Concha
no se ponga celosa, porque ella siempre quiso que fuera
suyo. Ten la seguridad que lo cuidaré y que se lo daré, un
día, al más pequeño de mis hijos, para que siga estando
siempre en la familia. Lo pondré por ahora en el nacimiento
que puso mi mamá en casa. Será nuestra primera
Navidad juntos y espero que pasemos muchas más…
Una vez más la abuela se adelantaba a los deseos del
nieto favorito. Andrés sabía que en la familia a veces la actitud
que Pina manifestaba hacia él despertaba algunos celos,
pero como su preferencia era tan obvia y la abuela no daba
lugar a ninguna duda, ni se podía imaginar que pudiera

 cambiar, nadie decía nada y todos terminaban por aceptar
aquel estado de cosas. Por otra parte, Andrés era amable
con todos y tenía siempre un detalle para cada uno en la
familia; por ejemplo, aunque estuviera lejos, no olvidaba
cumpleaños y aniversarios, de tal manera que todos llevaban
la fiesta en paz. Después de servir un poco más de café
y de encender el imprescindible cigarrillo, la abuela continuó
con su relato de aquella tarde:

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