sábado, 10 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA-(De España a Huehuetenango-6-)







..Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA

RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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..la abuela continuó con su relato de aquella tarde:
La familia Maldonado Fernández, los meshos les llamaba
la gente porque eran casi todos muy rubios,
era muy unida.

Cuando los hijos mayores empezaron a casarse se fue formando
todo un clan,
porque llevaron a sus esposas a la casa
paterna y ésta fue creciendo para alojar a todos
. Luis había
adquirido varias propiedades en un pequeño pueblo del
departamento de Huehuetenango llamado Cuilco
, donde se
cultivaba café. Con los hijos mayores empezó la crianza de
ganado vacuno e instaló un pequeño ingenio azucarero
en
otra de las haciendas donde se cultivaba mucha caña de azúcar

y había un pequeño trapiche para la elaboración de la
cusha o trago, como le llamaban al ron por esas tierras. Todo
esto hizo que con los hijos trabajaran juntos y que los nietos
que empezaron a nacer, llegaran a formar una verdadera tribu.

 

Las fiestas de los Maldonado eran famosas en todo Huehuetenango.
Con la sola familia se podía llenar todo un salón.
Generalmente hacían los festejos de bodas, bautizos, primeras
comuniones o quince años, y hasta los velorios, en la Casa
Grande, como llamaba a la casa paterna todo el clan de los
Maldonado Fernández,
que ya para entonces se habían
emparentado con varias familias de Huehuetenango, de
Quezaltenango
e incluso de la ciudad de Guatemala. Además
de los amplios corredores donde se solían servir los desayunos
o los almuerzos en los días de sol, cuando no llovía, la
casa tenía un enorme salón de fiestas que se iluminaba con
grandes candeleros de cristal cortado
y donde los invitados
tenían espacio suficiente para bailar los valses y polkas
que

estaban de moda por aquellos años, así como un ritmo guatemalteco
nuevo que a los jóvenes gustaba mucho y se
conocía como “seis por ocho”. Eran fiestas que duraban
hasta tres días con sus noches, en las que se bebía y comía
“como Dios manda”, decía Luis.
La abuela Trinidad era el
centro de todos los festejos; l
a familia no entendía cómo era
capaz de estar en todas partes a la vez y de estar pendiente
para que no hiciera falta nada. Era una gran mujer.
Como es el caso de algunas personas muy blancas, el
cutis de Trinidad
reflejaba el paso de los años con rasgos permanentes
que pareciera que hubieran ido materializando los
sentimientos vividos: el tiempo había bordado un encaje de
pequeñas arrugas en las comisuras de los labios y en torno
a los ojos que, sin embargo, seguían estando llenos de luz.
“Donde hubo una tristeza o una sonrisa, quedó una arruga”,
solía decir ella. Los cabellos rubios fueron acusando unos
reflejos de plata que ella portaba con orgullo.
“Cuesta tanto
vivir y sería triste que no se notara”, decía con la mejor de
sus sonrisas. Luis seguía adorándola como desde el primer
día, cuando descendió del barco en el Puerto de Santa María

y él la recibió en sus brazos, y aunque ambos habían perdido
la línea, conservaban el porte y, sobre todo, seguían siendo
tan buenos amantes como entonces.
—Por algo, como te dije antes, el último de los siete hijos,
mi padre, Fermín, nació cuando mi abuela Trinidad tenía
más de cuarenta años
–dijo la abuela Pina con una sonrisa
no exenta de malicia–. Aunque tuve el ejemplo de mis padres
y siempre supe que se quisieron mucho y que fueron
felices como esposos, el matrimonio de mis abuelos Luis y
Trinidad fue mi modelo de pareja. Su amor fue legendario
en la familia.
Mi padre nos hablaba siempre de ellos. De
niña, viendo sus fotos, yo pensaba que cuando fuera grande
iba a encontrar a un hombre tan guapo y tan bueno
como mi abuelo, que me iba a querer mucho y me iba a hacer
feliz. Lo encontré, pero nunca pudimos ser felices juntos…

Ya te hablaré de eso cuando llegue el momento –dijo la
abuela Pina encendiendo un cigarrillo más.
Luis Maldonado murió en Cuilco en 1873; Trinidad Fernández
lo lloró y guardó luto riguroso por él durante los
quince años que lo sobrevivió.
Murió en 1888 y está sepultada
junto a la tumba de Luis en el panteón de Cuilco.

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