miércoles, 7 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA- De España a Huehuetenango

LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA

OSCAR MAYORGA

CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

 6
Ahora te contaré de la rama española de mi familia, los
Maldonado Fernández
–dijo la abuela en otra de aquellas tardes
de café y pastelillos en el corredor de la Casa de las
Bugambilias.
Andrés había partido a la Ciudad de México a continuar
sus estudios en la Universidad Nacional, poco después de su
cumpleaños. Ahora estaba de vacaciones de Navidad y,
como siempre, visitaba a la abuela Pina, para continuar con
las conversaciones que cumplían con el regalo de cumpleaños.
Era la época de secas y las tardes eran más calurosas
que cuando llovía. En varias ocasiones la visita de Andrés a
su abuela se prolongaba más de lo acostumbrado y más de
una vez se había quedado a cenar con ella. Su madre se quejaba
de que él pasaba más tiempo de sus vacaciones en casa
de la abuela que en su propia casa, pero Andrés no se preocupaba
mucho porque cada vez disfrutaba más lo que Pina
Maldonado le contaba.
A lo largo de todas esas charlas, la
relación entre ellos se había fortalecido mucho más. Andrés
admiraba la lucidez, la sensibilidad y la inteligencia de su
abuela y sus grandes dotes de narradora.
¿Por qué nunca escribiste todo esto? –le preguntó una vez.
—Para darte la oportunidad de que un día lo hicieras tú
–le había contestado ella sonriendo. Andrés sabía, lo sabía
toda la familia, que la abuela llevaba un diario, pero él no se
atrevió nunca a pedirle que se lo dejara leer. Prefería esas
confidencias de las tardes que eran sólo de ellos dos.
  Luis Maldonado nació en un pueblo de los alrededores de

 Valencia, España, a principios del siglo XIX, hacia 1805. Su
familia, como tantas otras de su pueblo, vivía agobiada por
la situación económica de la época y el número de hijos que
aumentaba fielmente casi cada año. “Madre estaba siempre
embarazada; no la recuerdo de otra manera: siempre estaba
esperando un hijo –recordaba años después Luis cuando
les hablaba a sus hijos de su infancia en el pueblo
–. No sé
cuántos fuimos porque varios murieron muy chicos, yo
recuerdo sólo a ocho; la vida de aquel tiempo era muy dura
para los campesinos”
, les decía. La poca tierra con que los
Maldonado de Valencia contaban iba a ser la herencia del
primogénito;
el hermano segundo y los que seguían después,
tendrían que buscar en otras partes un destino mejor.
Si tenían suerte, encontrarían a alguna heredera de algunas
tierras, se casarían con ella y así se harían de una propiedad
que trabajarían para su nueva familia que, con el tiempo,
repetiría el mismo esquema. Pero eso no sucedía siempre;
muchas veces los jóvenes tenían que dejar el pueblo y la
patria y buscar fortuna en otras partes
. Se esperaba también
que las hijas se casaran con alguno que tuviera los medios
para asegurar su futuro. “Sí, eran épocas difíciles, se trabajaba
mucho y se rendía poco y aunque nacían muchos hijos,
había también una gran mortalidad infantil”.
Muy joven Luis Maldonado emigró a América a pesar de
que las antiguas colonias estaban en plena ebullición independentista
.
No obstante haber nacido en un pequeño pueblo
campesino donde había que trabajar duro para sacarle un
poco de provecho a la tierra y cuidar los rebaños de ovejas
desde que era niño, o tal vez por eso, Luis tuvo desde muy
pequeño la inquietud de conocer el mundo. No había podido
siquiera terminar la escuela primaria, pero de jovencito le gustaba
leer los libros que caían en sus manos, especialmente
aquellos que narraban viajes y aventuras.
“El mundo es muy
grande, pensaba, para quedarse encerrado entre los cerros del
pueblo”.
Por eso, en cuanto pudo, con el entusiasmo de la

 juventud, decidió cruzar el Atlántico, conocer un poco del llamado
Nuevo Mundo y probar fortuna en aquellas tierras de
Dios.
Era muy piadoso y tenía confianza en que Dios lo cuidaba
en todo momento. Su madre le había enseñado, junto con
sus hermanos, desde que era muy chico, a rezar todas las tardes,
al final de la jornada. La familia entera, que aumentaba
con la continua llegada de los hijos, se reunía junto al hogar de
la chimenea y rezaban juntos el rosario a la caída de la tarde.
Después, una vez que los niños se iban a la cama, la madre
iba a darles en la frente el beso de las buenas noches y rezaba
con ellos una invocación al Ángel de la guarda, que Luis
nunca olvidó. Hasta el final de su vida seguía repitiendo todas
las mañanas al despertarse y cada noche antes de conciliar el
sueño: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, vela junto a mí
de noche y de día, no me desampares que me perdería”.
Junto con un primo y otro muchacho, amigo de ambos,
se embarcó en Barcelona y partió rumbo al Nuevo Mundo,

que seguía siendo tierra de esperanza para iniciar una vida
mejor. Como eran jóvenes, los tres valencianos tenían el
corazón pronto a la aventura y a lo inesperado. Después de
un viaje de muchos días, sin mayores problemas, a través
del Atlántico, desembarcaron en Cuba y de allí, después de
muchas peripecias, unos meses más tarde, pudieron comunicarse
con un tío de los Maldonado que vivía en
Guatemala. El tío los animó a establecerse en la capital, llamada
todavía la Nueva Guatemala o Guatemala de la
Asunción,
que sustituyó a la Antigua, destruida por un terremoto
muchos años atrás, en 1773, la que, a su vez, había
sustituido a la primera ciudad de Guatemala, llamada
Santiago de los Caballeros, fundada por Pedro de Alvarado
en 1513 y destruida por el Volcán de Agua que la había inundado
completamente durante la erupción de 1541.

No hay comentarios:

Publicar un comentario