sábado, 10 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA´-FERMIN MALDONADO FERNANDEZ

Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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El tiempo pasó. Andrés volvía de vacaciones con menos frecuencia
que al principio. Decía tener mucho trabajo en la universidad,
lo cual era cierto, pero también lo era que ahora
contaba con muchos amigos en la Ciudad de México y que a
veces pasaba con algunos de ellos una parte de las vacaciones.
Un par de veces se había enamorado pero el romance no
había durado mucho tiempo. Cuando regresaba a casa, casi
se arrepentía de no hacerlo más a menudo, especialmente
por las tardes aquellas con la abuela Pina en la Casa de las
Bugambilias.
En las últimas ocasiones Andrés había creído
percibir en la abuela una cierta emoción, casi una ansiedad,
como si ella tuviera más interés que el nieto en continuar
aquellas charlas en el amplio corredor al fresco de la tarde.
Como si ella quisiera contárselo todo, no sólo como una crónica
familiar, sino casi como una revelación. Como si tuviera
necesidad de decirlo, de confiarlo todo. De confesarlo todo
.
Por eso Andrés decidió no sólo aprovechar todas las ocasiones
posibles para regresar a casa, sino dedicar más tiempo
a las conversaciones con la abuela Pina. En los últimos meses
la salud de la abuela no había sido muy buena y, aunque no
era una anciana (“todavía no”, decía ella con cierta coquetería),
estaba lejos de ser joven. Era, como se decía en familia,
una señora mayor. Aquella tarde, cuando Andrés llegó a la
Casa de las Bugambilias, la abuela salió a recibirlo ella misma
en cuanto una sirvienta le anunció que el nieto llegaba.
—Te he preparado algo especial –le dijo sonriendo mientras
él la besaba en las mejillas–. Te hice las galletas de
almendras que tanto te gustaban de chico. Espero que no se
me hayan chamuscado porque el horno de la estufa está
fatal; creo que está más viejo que yo –dijo tomándolo del
brazo mientras se dirigían a la parte del corredor donde
estaba dispuesta una pequeña mesita con la cafetera, las
tazas de porcelana inglesa y una fuente de galletas recién
horneadas, y las mecedoras de mimbre de toda la vida.
—Esta casa debe tener al menos cien años –dijo Andrés
viendo a su derredor mientras la abuela servía el café.
—Mucho más –dijo ella–. La compraron mis padres con
parte del dinero de la dote de mi madre que el abuelo Juan
Moreno les dio para el viaje de bodas. Eso debió ser en 1880.
Ellos decidieron venir de luna de miel a la costa de Chiapas,
a Tapachula, animados por todos los relatos de Juan Moreno
y también, porque mi abuela Rosenda García les había
dicho que su madre, Juana Arriaga, había nacido aquí, en
Tapachula. Pero deja que te cuente desde el principio la historia
de ese amor.
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Esta es la foto de mi padre, Fermín Maldonado, cuando aún
era soltero, el día que cumplió veinticinco años –dijo la abuela
Pina enseñándole una fotografía a Andrés. Se trataba de
una versión más joven del tatarabuelo Luis Maldonado: las
mismas facciones finas y elegantes, la nariz recta, los labios
delgados, los ojos soñadores, los cabellos castaños,
“colochos”,
alborotados, pero la barba muy bien recortada y el
mentón ligeramente levantado entre arrogante y tímido. Casi
se podía ver al fotógrafo mientras levantaba suavemente con
sus dedos la barbilla del joven bisabuelo. Ahora se daba cuenta
Andrés de dónde venía la belleza de los Maldonado.

Era extraño descubrir en esas viejas fotografías ese aire
de familia, era como encontrar un vínculo con el pasado a
través de esos testimonios color sepia de personajes con
ropas anticuadas. Todo eso no dejaba de ser fascinante y
Andrés podía pasar horas enteras contemplando las viejas
fotografías. Y más fascinante aún era el hecho de que todos
esos antepasados parecían concentrarse en la abuela Pina,
única sobreviviente directa de todos ellos, único testimonio
vivo de la historia de toda la familia.
Además del inmenso
cariño que tenía por su abuela, era para Andrés un verdadero
privilegio poder pasar con ella aquellas tardes de confidencias
y secretos sólo para él. Después de un momento le
devolvió la foto del bisabuelo Fermín y con una sonrisa la
invitó en silencio a que continuara la charla.
—Mi padre, Fermín, fue el hijo menor de Luis Maldonado
y Trinidad Fernández.
Nació en Cuilco en 1852
y heredó la
belleza de sus padres,
además del temperamento artístico
que mi abuelo Luis cultivó en él. Era romántico y soñador.
Desde pequeño tuvo inclinación por el dibujo, la pintura y,
especialmente por el modelado y la escultura. No había
cumplido todavía cinco años cuando ya hacía dibujos que
decía eran retratos de sus hermanos y primos y hasta de tíos
y tías, y se los vendía por un real. Todos celebraban más el
detalle que el arte de aquel pequeño “maestro”. Pero a medida
que crecía se fue revelando como un verdadero artista,
sobre todo en la escultura. Sin embargo, no se consideraba
escultor, se decía “tallador”. Pasaba días enteros tallando
imágenes en madera en el taller que su padre había instalado
en la Casa Grande de Huehuetenango, y pasaba también
largas temporadas en la hacienda de Cuilco,
donde tenía
todo el tiempo del mundo para sus actividades artísticas.
Cuando decidía iniciar una talla, empezaba por buscar
un buen tronco de cedro, roble o caoba. Lo limpiaba ligeramente
y lo colocaba en un lugar donde pudiera verlo desde
todos los ángulos. Después pasaba largos ratos contemplán-
idolo,
imaginando, sin duda, la talla que iba a sacar de ese
pedazo de madera. Después, una vez que había logrado tener
clara la idea de lo que quería, se ponía a hacer dibujos y diseños
de la figura que iba a tallar, desde varias perspectivas. El
resto, casi era lo de menos: se ponía a quitar la madera que
parecía sobrar e iba apareciendo la figura deseada. Se abstraía
totalmente del mundo exterior cuando trabajaba, como si
nada más existiera. Tallaba con pasión y era un perfeccionista.
Aunque no le sucedía a menudo, en varias ocasiones destruyó
una obra que no le satisfacía. Decía que no había que
dejar huellas de los errores. También, muchas otras tardes,
sobre todo cuando estaba en Cuilco, le gustaba pintar al óleo
y no lo hacía mal. “Me gusta el juego de la luz y los colores,
decía, aunque en dos dimensiones, con la pintura puedo
expresar muchas cosas que no logro en las tallas”.
Cuando su padre murió, Fermín tenía veintiún años y ya
desde entonces, aunque la familia tenía cierto desahogo económico,
él había querido ganarse la vida sin depender de sus
padres ni de sus hermanos mayores, todos ya casados, después,
y vivía totalmente de sus trabajos como “tallador”. Era
un poco bohemio, no le importaba mucho el dinero ni la
posición social, lo único que le interesaba era el arte, las
tallas, la pintura, la poesía… y el amor. Era un soñador.

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