viernes, 30 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA-FRAGMENTOS- FIN

Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2 0 0 8

 Los padres de Juan Crisóstomo habían sido Mariano Monzón
y Francisca Gálvez, él de Quezaltenango y ella de Tacaná.
Mariano había sido el mayor de una familia de siete hermanos.
Sus padres eran descendientes de campesinos mestizos
del Quiché que habían emigrado a Xelajú, donde habían nacido
sus hijos.
Allí habían hecho su vida como pequeños como
comerciantes. Buscando mejorar su condición, cuando Mariano
era aún un niño pequeño, sus padres decidieron trasladarse a
Tacaná, donde tenían unos parientes que les aseguraron que
en aquel pueblo tendrían más oportunidades en el comercio.
Los Monzón, se decía en la familia, tenían cierta ascendencia
extranjera; un sacerdote francés que había llegado a Guatemala
en el siglo XVII y había tenido amores con una indígena
del Quiché.
Mariano Monzón tenía todos los rasgos de los
indígenas: la piel cobriza, la talla baja, el cuerpo musculoso y
fuerte, el cuello corto, el pelo negro y lacio, los pómulos altos
y la boca grande; los ojos rasgados eran lo único que contrastaba
con todo lo demás: eran de un azul intenso que parecían
más claros por lo obscuro de la piel morena. Sólo él había
heredado el color de los ojos del antepasado francés que, cautivado
por la belleza de aquella indígena maya, había dejado
su semilla en las montañas del Quiché

----------------------- Pero no contaban con la oposición de los padres de Ceferina
quienes, de entrada, no aceptaban que su hija se casara
con un mestizo, con un “ladino”
, habían dicho, ellos, que no
habían mezclado jamás su sangre maya–
quiché con ningún
mestizo
.
D
iscutieron mucho a lo largo de muchas tardes en
que fueron de visita a casa de los Ángeles; el padre y el tío de
Francisco, ofrecieron mayores regalos para la familia a cambio
de su consentimiento para la boda, pero fue en vano. Entonces,
decidieron “robarse” a la muchacha. Ella estuvo de acuerdo,
así que una noche, Francisco la esperó cerca del corral de
su casa y la llevó a depositar a casa de sus parientes que vivían
en Santa Cruz. Bastaba que la joven pasara tres noches seguidas
fuera de la casa de sus padres para que ellos no pudieran
volver a aceptarla como hija de familia, porque había deshonrado
el nombre de los Ángeles. Entonces había que lavar el
honor de la familia, mediante un matrimonio con todas las de
la ley, es decir, por la iglesia y conforme a las tradiciones y costumbres
de su pueblo.
------------------------V
Postludio
ANDRÉS GRIJALVA NO PUDO seguir escribiendo. Se había sumergido
tanto en la historia de su familia que sentía que era necesario
salir a la superficie del presente y respirar un poco de aire
puro. “Dejémoslo todo aquí”, se dijo. Cerró la computadora
y se quedó pensando en medio del silencio de la tarde africana,

mientras desde el balcón de la terraza de su estudio
contemplaba la ciudad de Burundi, envuelta en la bruma
azul como una muchacha que se cubriera con un velo o un
rebozo ante la frescura de la noche que se avecinaba. El sol
empezaba a ocultarse entre las montañas que circundaban el
valle. Sobre el azul del cielo navegaban unas pequeñas
nubes estriadas. El ocaso se transformó de pronto en la
inmensa paleta de un pintor con colores casi demasiado
fuertes para ser ciertos: naranja, amarillo, rosa, violeta, casi
verde, gris, negro. Como un incendio increíble en el que se
consumara el día. Como un cigarrillo que pasara de lo incandescente
a la ceniza.-----------------
Algo como una chispa le pasó por la mente en ese momento
mientras contemplaba el ocaso. De pronto, se sintió
en paz consigo mismo. Como si se hubiera revelado ante
sus ojos un secreto, como si hubiera llegado a resolver un
enigma o a comprender un misterio.
Incluso los escrúpulos
que le habían invadido por dedicar tanto tiempo a sus notas
personales en medio de la violencia y la muerte que lo
rodeaban, ahora parecía que se iluminaban y desaparecían.
“No sólo tenemos compromisos sociales con el mundo,
pensó. También hay otras luchas que nos toca librar en la
vida y que, tal vez, son primordiales y tan importantes o
más que las luchas sociales. La lucha por el conocimiento de
uno mismo. La aventura de descubrir uno su propio corazón.
¿De qué nos sirve ganar todas las luchas del mundo que nos
rodea, si perdemos nuestra lucha interior y vivimos toda la
vida sin ningún sentido? ¿No dice el evangelio algo semejante?:
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero
si, al final, pierde su vida?’ Porque uno puede pasar toda la
vida disimulando, escapándose, huyendo del deber sagrado
de conocerse a sí mismo. No, no tengo la pretensión de creer
que ya me conozco, que ya llegué al final, pero sí intuyo que

voy en el camino y esto es muy importante para mí, me es
completamente vital”
. Una vez más recordó unas palabras
de la Biblia: “Ahora vemos como a través de un espejo y
oscuramente; pero un día veremos cara a cara”. ¿Se podría
dar, acaso, un anticipo de esa visión extraordinaria? ¿Estaría
en el fondo de uno mismo el principio del encuentro final,
del cara a cara?

De repente, sintió como si estuviera en medio de una
muchedumbre, como rodeado de presencias amigas que lo
acompañaban en aquel camino vislumbrado apenas. ¿Sería,
acaso, la multitud de antepasados en los que había estado
reflexionando tanto, con los que había estado conviviendo
en los últimos meses, los que ahora le hacían sentir que
seguían estando con él, viviendo con él, viviendo en él, algo
más que en los genes y a través de la memoria? Era una sensación
extraña, que se hacía cada vez más fuerte, como si
algo nuevo estuviera naciendo en él. Súbitamente, sintió un
dolor agudo en el hombro que se fue extendiendo a todo el
pecho. Como si una mano de fuego le estuviera oprimiendo
el corazón. Empezó a respirar con gran dificultad. “
¿Fue
necesario venir tan lejos para encontrar una chispa de sabiduría?
¿La verdad sólo se encuentra en el desierto? ¿Y por
qué duele tanto? ¿Señor, me estoy muriendo? ¿Estoy naciendo?”
Los interrogantes seguían acosando su mente. Pero, en
medio del sufrimiento, su espíritu estaba en paz. No tenía
miedo. Ahora, incluso el dolor y la soledad tenían sentido. El
murmullo de aquella muchedumbre que lo rodeaba alcanzó
un volumen insoportable y le pareció que la cabeza le fuera
a estallar. El dolor en el pecho se hizo más agudo. En un
momento dado, sintió como si fuese una sola persona la que
estaba con él invadiendo todo su ser, cuerpo, espíritu,
mente. Andrés tuvo la certeza de que iba a morir: se dejó
caer en un sillón, cerró los ojos y se entregó.
Aquella presencia
se convirtió en una luz tangible que lo envolvía y, a la
vez, lo colmaba completamente. Su cuerpo no tenía peso y
parecía flotar, intemporal, etéreo, lleno de esa presencia que
lo poseía. Vivió así la sensación hermosa, inefable, de sentirse
amado profundamente. No supo cuánto tiempo pasó.
Cuando de nuevo abrió los ojos, todo estaba obscuro,
el
dolor había cesado, apenas le quedaba una leve opresión en
el pecho. Se dio cuenta que había estado llorando.
Ya era de noche y el ambiente se había llenado de los
cantos de las cigarras
y de las luces que allá abajo, en la ciudad,
habían empezado a aparecer como estrellas caídas en
la penumbra de la tierra obscura, mientras en la negrura del
cielo empezaban a parpadear, tímidamente, otras estrellas.
No muy lejos seguían llevándose a cabo los enfrentamientos
entre los rebeldes y el ejército burundés. Era posible que,
una vez más, al filo de la medianoche, Andrés se fuera a la
cama mientras a lo lejos continuaría oyéndose el estrépito
de ametralladoras, la explosión de bombas y el disparo de
obuses. Aun con el peligro que aumentaba con la noche,
seguía fascinándolo esta tierra de contrastes donde belleza,
violencia y muerte estaban entrelazadas en un nudo del que
nadie encontraba la punta del hilo para poder desenredarlo.
Y, en medio de la noche, entre la vida y la muerte, la soledad.
Pero ahora, paradójicamente, ya no estaba solo y,
enmedio de la guerra, se sentía en paz. “Solitario para ser
solidario –pensó mientras cerraba la ventana y encendía la
luz del estudio–. Puede ser. Ahora me doy cuenta que, en
África, todo es posible”.


FIN

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