sábado, 3 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA- OSCAR MAYORGA

LAS TARDES
CON LA ABUELA

RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA

POR OSCAR MAYORGA

CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

Tal vez por asociación de ideas pensó también en Sophie,
que había ido a dejarlo al aeropuerto Fiumicino de Roma. A
pesar de ser tan distintas, la sonrisa de Sophie le recordaba
siempre la de Eliza. Buon compleanno, le había deseado en
italiano en el último minuto en que estuvieron juntos en el
aeropuerto, mientras le daba los dos besos que solían intercambiar
cuando se saludaban o se despedían. “No te olvides
que el número cuarenta es muy importante en la numerología
oriental”,
había continuado en francés, lengua en la que
siempre se comunicaban, mientras le ofrecía su sonrisa que
no dejaba de ocultar una gran tristeza por la separación. Para
Andrés era, una vez más, el rostro amado de Eliza el que se
sobreponía al de Sophie y él sintió un dolor en el pecho.
¿Cómo era posible que después de tantos años siguiera aún
tan vivo su recuerdo? Era algo que no compartía con nadie,
ni siquiera con Sophie, su amiga, su cómplice, su camarada.
Sophie. Durante los cinco años romanos, a fuerza de trabajar
juntos en la embajada, habían llegado a ser grandes amigos,
si bien al principio la relación había sido un tanto difícil
por el carácter fuerte de ambos. Andrés intuía que Sophie
habría esperado algo más que una amistad pero su incapacidad
fundamental de amar le había impedido a él dar un paso
más en la relación. El pasado parecía haber cerrado para
siempre su corazón y aunque le dolía, hacía mucho tiempo
que lo había aceptado. Ella sabía que él sabía, pero entrambos
se mantuvo siempre un acuerdo tácito de no abordar el
asunto. Esa fue, tal vez, la clave de la excelente amistad que
habría de continuar a lo largo de los años, a pesar de las
separaciones.
Una vez que hubo pasado el control de migración, mientras
se dirigía a la sala donde debía abordar su avión, en un
puesto de libros y revistas se dio de manos a boca con un
libro sobre la cábala y, al hojearlo, descubrió que, entre otras
cosas, traía un capítulo sobre el significado de los números.
“Ya veremos qué tanto tiene que ver el número cuarenta”,
se dijo sin dejar de recordar la sonrisa y el delicioso acento
francés de Sophie.
Esa noche, ya instalado en su cuarto del Hotel Tanganica
de la capital burundesa, una vez desempacada la maleta,
después de ducharse, se había puesto ropa fresca y había
bajado a cenar. Había poca gente en el restaurante del hotel,
la mayoría, turistas europeos y hombres de negocios, de
esos que uno encuentra en todos los hoteles del mundo, y
un par de parejas de africanos. El edificio del hotel tenía el
aire característico de las construcciones de la posguerra que
le recordó de pronto unas vacaciones pasadas en Fez y
Marrakesh. El lugar ideal para escribir una novela policíaca
–pensó mirando en torno al lobby, las salas y la terraza del
hotel–, entreverada con una historia de amor. El hotel estaba
ubicado justo frente al lago Tanganica, del que tomaba el
nombre; bastaba atravesar la calle y se estaba en la playa
del lago, cubierta de palmeras, desde donde se contemplaban
las luces de la otra orilla, en el lado del antiguo Congo
Belga, ahora la flamante República de Zaire. A pesar de la
hora, la temperatura era calurosa, aliviada apenas por un
viento fresco que venía del lago. El ambiente que ahora lo
envolvía traía a su memoria intensamente aquella estancia
en Casablanca, en 1975, que tanto había significado para él
en el mundo de los sentimientos y que, en parte, había colaborado
también a la causa de su eterna soltería.
El maître le sugirió la soupe du pêcheur, el filete de capitaine
à la Tanganyika,
que resultó un delicioso pescado empapelado
con hierbas finas, y una crema exótica, acompañado de
pommes de terre nature, sugerencia que Andrés apreció
mucho. En vez de vino prefirió la cerveza que había probado
durante el vuelo, una versión africana de la Amstel Bock
holandesa, brassée au Burundi, que le había parecido muy
buena. De postre el maître sugirió una dame blanche y un
excelente café, orgullo de Burundi, al que desde ese momento
Andrés se aficionó y gracias al cual, en todo el tiempo que
vivió en Bujumbura, no echó de menos el acostumbrado
espresso italiano de todas las mañanas y las tardes romanas.
De regreso a su cuarto, sacó una botella de brandy del minibar,
se sirvió una copa y se dio tiempo para leer aquel pequeño
libro cabalístico que había comprado en el aeropuerto de
Roma. Preparación, purificación “espera”, parecían ser los
tres sentidos más importantes del número cuarenta.
“¿Sería
acaso esta trilogía el motivo secreto, la razón de ser, de mi
venida a este país?”, se preguntó. Cuando se disponía a apagar
la luz, se dio cuenta de que en el cajón de su mesita de
noche había una Biblia
, pero no del tipo de las que se suelen
encontrar en los cuartos de muchos hoteles, sino una versión
en francés de la Biblia de Jerusalén
, en formato pequeño
Andrés la tomó movido por la curiosidad y al abrirla dio con
el Salmo 95 y sus ojos leyeron:
“Cuarenta años estuve disgustado
con aquella generación y dije: son un pueblo de corazón
extraviado que no conoce mis caminos”
. Andrés no daba
crédito: todo parecía que se conjugaba como dándole un
mensaje secreto: el número cuarenta
. Apagó la luz y, aunque
estaba cansado por el viaje, le tomó más de una hora quedarse
dormido.

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