sábado, 3 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA- OSCAR MAYORGA - 25-26

LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA


CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

En los días que siguieron estuvo bastante ocupado en
reuniones oficiales y encuentros con algunos embajadores
establecidos en Bujumbura de tiempo atrás. Aunque en
Roma le habían provisto de toda la información necesaria,
fueron interesantes algunos datos que recibió de sus colegas
diplomáticos. Una vez que llegara el personal mínimo enviado
desde México o de otras misiones diplomáticas, todo
estaría listo para iniciar el funcionamiento de la nueva embajada,
sólo le faltaba a él encontrar una casa apropiada para
vivir. No quería, de ninguna manera, vivir en el mismo lugar
donde tuviera que despachar. Por principio lo había decidido
así y eso le llevó tiempo hasta que encontró una casa a su
gusto, en la colina que dominaba la ciudad, en una zona llamada
Kiriri. Cuando recibió todas sus cosas enviadas desde
Roma, ya tenía las llaves de su nueva morada. La casa, situada
en un entorno agradable, pertenecía a una familia belga,
antiguos residentes en Bujumbura, quienes la habían construido
a fines de los años cincuenta y habían abandonado el
país cuando la independencia de 1962. No era muy grande
pero tenía un amplio jardín con un par de jacarandas y un
flamboyán. Las bugambilias que cubrían todo el frente de la
residencia le recordaban la casa de la abuela Pina Maldonado
,
donde había pasado tantas tardes de su niñez y de su adolescencia
y a donde regresó tantas veces en su vida adulta.
Lo
que más le agradaba a Andrés de su nueva casa era una
terraza desde donde se contemplaba la ciudad, cobijada por
una bruma azul, a la manera de un espeso velo, por haber
terminado
ya la temporada de lluvias. Una vez que todo estuvo
desempacado y la casa perfectamente instalada, Andrés
pudo dedicar un tiempo a sus asuntos personales.
Hacía mucho que no experimentaba esta libertad interior
que ahora estaba viviendo. Después de la tensión a la que
estuvo sometido durante los cinco años en Roma, ahora se
sentía con todo el tiempo del mundo para sí mismo.
Entonces, curiosamente, empezó a sentir una especie de
inquietud que, aunque no llegaba a ser angustia, le hacía
pasar noches de insomnio en largas horas de introspección.
De pronto todo parecía haberse detenido
.
Acababa de cumplir
cuarenta años
y sin ser un hombre viejo, estaba ya en
lo que sus colegas de la Embajada de Roma llamaban la
década de la mitad de la vida. Es decir, la que iba de los
treinta y cinco a los cuarenta y cinco, ya que cuando mucho
se contaba con vivir otro tanto de lo hasta entonces vivido.
Empezó por hacer una especie de análisis de todo el camino
recorrido desde que había terminado los estudios en la
universidad. Ante los ojos de muchos, Andrés había hecho
carrera, había alcanzado puestos y cargos en Relaciones
Exteriores que muchos otros, a su edad, estaban lejos de
lograr.
Pero todo eso no le satisfacía
. Había algo que le
seguía haciendo falta.
Experimentaba una especie de vacío
interior que no alcanzaba a llenarse con los cargos y los títulos
cuyos diplomas cubrían las paredes de su despacho personal.

De pronto, el ambiente africano parecía ofrecerle el
tiempo y las condiciones favorables para enfrentarse con
aquel desconocido que era él mismo.
Muchas veces había comentado con Sophie, en aquellas
veladas en el Trastevere mientras compartían una pizza y un
buen vino tinto
, sobre el sentido de vivir en el extranjero, en
el exilio, decía ella
. Más allá de las diferencias de latitud,
clima, lengua y cultura, Sophie insistía en la necesidad absoluta
de exilarse para llegar al centro de la propia personalidad,
para poder conocerse en profundidad. “Mira –le dijo
ella, en una ocasión que estaban bebiendo cerveza en un
bar subterráneo en el Testaccio, barrio típicamente romano
que a Andrés le gustaba mucho– en el pensamiento de la
Cábala se habla del tsim tsum, el movimiento primigenio, el
movimiento primordial de Dios. Tienes que conocer a Isaac
de Luria, un místico sefardita, tal vez uno de tus antepasados
judíos expulsados de España
en el siglo XVI
, que se refugió
en Palestina y fundó una escuela de filosofía de tipo
cabalístico. Leyendo a Isaac de Luria conocí lo que es el tsim
tsum. Te explico: lo primero que Dios creó fue la Nada.
Hasta entonces todo estaba lleno de Su presencia, todo era
Dios, no había espacio para nada que no fuera Él. Entonces
Dios se exiló, se contrajo, se retiró en sí mismo, y creó un
espacio vacío, la Nada, en la que pudo crear, por la fuerza
de su Palabra,
todas las cosas
, distintas de Él. Ese movimiento
de repliegue, de retiro, de exilio, es lo que en lenguaje
cabalístico se llama tsim tsum. Por eso todo artista y, en
general, todo el que pretenda ser creador, debe empezar por
interiorizarse, por replegarse, por recogerse en sí mismo
para poder crear. Debe aceptar el reto que le presenta el
lienzo vacío o la hoja en blanco para poder pintar o escribir
un poema. Debe aceptar el silencio interior para poder
escribir una partitura musical que llegue a ser una sinfonía.
De ahí la riqueza inmensa de vivir en el exilio, en el extranjero.
En la Biblia se dice que Yahvé, en un rapto de amor,
condujo al pueblo de Israel al desierto para revelarle su propia
identidad. Es en el exilio donde uno llega a conocerse
bien”, había concluido Sophie.

Todo eso venía ahora a su memoria. Aunque había vivido
casi siempre en el extranjero, desde que terminó la universidad
en México, en esta ocasión la estancia en África
significaba un verdadero exilio en el que todo era distinto a
lo hasta entonces vivido. Nunca antes había experimentado
ese sentimiento de ser extranjero como ahora. Muzungu, le
decían los niños por la calle
cuando se dirigía por las maña
nas a la sede de la embajada. Un término de las lenguas de
origen bantú que lo mismo significaba “hombre blanco”,
sobre todo europeo, que, en general, extranjero, gente de
paso o vagabundo. “Todo eso soy yo –pensaba–: un extranjero
en todas partes, un eterno vagabundo que no encuentra
su verdadera patria
ni cuando regresa de vacaciones a su
tierra. Tal vez porque la verdadera patria tiene que ver
menos con la geografía que con el espíritu interior que nos
anima.
Quizá se trata de una cuestión de identidad,
no de
pasaportes”.
Una tarde, revisando unos papeles, se encontró con una
carpeta que hacía tiempo no había visto, enviada a Roma
por su madre desde la casa paterna de Tapachula, en Chiapas.

La abrió y se encontró con una serie de escritos, apuntes
y fotografías que le llenaron el alma de recuerdos. Eran
las notas que solía tomar después de cada encuentro con la
abuela Pina Maldonado en aquellas tardes de charla y café
en los corredores de la Casa de las Bugambilias, en Tapachula,

hacía tantos años. De pronto el pasado aparecía ante
él como un amplio paisaje, como un camino que, viniendo
de muy lejos, se abría al futuro y cuyo recorrido tal vez
podría ayudarle a entender, a comprender el presente. A
comprenderse. Volvió a verse como entonces, cuando tenía
dieciocho años,
cuando el mundo era joven y su abuela Pina
la persona a quien más admiraba y amaba en el mundo.

Contemplando todo aquel paquete de papeles y fotografías,
sintió que buena parte de su vida estaba ahora en sus
manos. Tal vez estaba aquí el secreto de todo. Tal vez, en el
fondo, para este momento había venido a África. Tenía
tiempo, así que se puso a leer y a recordar.

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