sábado, 24 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA -98

LAS TARDES CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA

Óscar Mayorga

CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2008 
 


. De España mejor no te digo nada, porque ya todo te lo he dicho, sólo te repito que en Granada se quedó mi corazón. Visitar la Alhambra en una noche de verano, con la luna nueva, ha sido


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Las tardes con la abuela. Retrato de familia en la distancia


uno de los mayores placeres de mi vida. Era julio, en una de esas noches en las que el día se resiste a morir y hay luz hasta las nueve de la noche. En la Alhambra yo recitaba versos del Romancero gitano de García Lorca. Había leído durante el viaje los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving y estar en el sitio mismo en el que Irving vivió y escribió sus cuentos, me llenaba de emoción. Mis genes moros lloraron de pena imaginando la expulsión de Mohamed XI, llamado por los cristianos Boabdil, el último rey moro de Granada. Hemos de tener en la familia al menos una gota de sangre árabe, abuela, porque en toda Andalucía me sentí como en casa. Tiene que haber una memoria genética que nos habla a través de la sangre y nos pone en contacto con las voces obscuras de nuestros antepasados. En Granada sentí, por primera vez en mi vida, que mi corazón se quedaba clavado en un lugar. Pero años después se quedó también en San Francisco, otra de mis ciu- dades favoritas; París; Brujas; Praga, y sobre todo, en Venecia. Así que ya no me fío mucho de mi propio corazóN, Cuando estuve en Portugal me gustó mucho Lisboa, desde luego, y también Porto, donde recibí el Año Nuevo con unos amigos de la embajada. París es para mí, la ciudad más bella del mundo, después de Venecia, claro está. Es una gran capital, tiene todo lo que a mí más me gusta, en todos los sentidos. Me encanta. Además, la cocina francesa es espléndida...
En Italia me enamoré de Siena y de Asís, por razones dis- tintas; Siena es la ciudad medieval más bella de Italia, y mi profesora de italiano era guapísima y encantadora... Y Asís, a pesar de estar llena de peregrinos y turistas, conserva mu- cho del espíritu de San Francisco de Asís: es una ciudad mística. Y ahí gusté de los más exquisitos ravioli al tartuffo que jamás había probado. Decir que Florencia es bonita es poco: toda la ciudad es un museo, increíble. Es la ciudad que con- serva el mayor número de obras de arte de todo el mundo. Pero Venecia no tiene par: he estado en ella muchas veces y no me canso de recorrer sus callejuelas, visitar sus iglesias

y sus palacios y de navegar en el vaporetto por el Gran Canal o visitar Burano, Murano y Torcello. Si me preguntaras cuál es para mí la ciudad más bella de todas las que he visitado, sin duda alguna te diría que Venecia.
Pero figúrate, abuela, que en Venecia me ha sucedido una cosa extraña cada vez que estado allí: junto al inmenso pla- cer de estar en un lugar que amas, viendo cosas que te gus- tan y con personas que te son queridas, he experimentado una profunda tristeza, una especie de melancolía llena de nostalgia, de saudade, como dicen los portugueses. Es como si sintieras un enorme dolor al mismo tiempo que estás viviendo un inmenso placer. No sé cómo expresártelo. Ha sido muy extraño, sobre todo la última vez que estuve allí, en enero pasado. También allí se quedó mi corazón, en más de un sentido¼ He pensado que la melancolía y el desasosiego que se acentúan en cada visita se deban acaso a que Venecia es algo así como un Triángulo de las Bermudas del espíritu: una fuerza magnética desconocida atrae irresistiblemente el corazón que se pierde entre los canales y los palazzi venecia- nos y en su lugar se nos instala en la mitad del pecho un vacío que duele, que hace daño y que, con la luz del atarde- cer de la despedida, se va llenando de tristeza y de melanco- lía. Conforme pasa el tiempo, o bien esa fuerza misteriosa se hace más intensa o bien el corazón se hace más débil y vul- nerable. Así, cada visita a la que considero la ciudad más bella del mundo se vuelve un placer doloroso que, sin embar- go, no puedo dejar de vivir. Tal vez se cumpla en Venecia la predicción de la gitana aquella de Granada que me dijo que un día yo moriría de amor.
De Roma, no te digo nada todavía porque espero ir a vivir a ella dentro de poco y entonces veré desde dentro cómo es realmente, apenas la conozco como turista y se necesita tiempo para descubrir las diferentes Romas que conjugan diversas épocas y conviven casi una dentro de la otra en un mismo espacio, bastante reducido, por cierto.


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Creo que te encantaría conocer Nápoles, ahí te sientes como en casa, tal vez por la influencia española que se nota en todas partes y la gente que es a todo dar.
La ciudad más bella de Bélgica es Brujas. Recuerdo que iba en un avión de Londres a Berlín cuando leí un artículo sobre la llamada "Venecia del norte". Me llamó mucho la atención y en cuanto pude, fui a conocer los Países Bajos. En verdad que Brujas es preciosa, toda cuadriculada de canales y con casas tan pequeñas y bellas, llenas de flores, que parecen de fábu- la. En Holanda me fascinó Amsterdam, otra ciudad llena de canales, un prodigio de la ingeniería neerlandesa. Mis amigos holandeses me explicaron que Amsterdam significa precisa-mente "Represa sobre el Amstel", por el dique que constru- yeron sobre el río principal de la región. En Amsterdam fue donde me cambié el nombre por primera vez, iniciando la costumbre de adquirir un nombre nuevo en cada país que visitara, con referencia siempre a un río. Mi nombre neerlandés fue Paul Amstel.
Estuve en un congreso en Dubrovnik, la antigua Ragusa, y no me esperaba una ciudad tan bonita: haz de cuenta una ciudad italiana, amurallada, rodeada por el azul del mar Adriático, bellísima. Los croatas son una especie de eslavos mediterráneos con mezcla de griegos y de macedonios, el resultado es un tipo de gente, mujeres y hombres, bellos y muy amables; son un pueblo que ha sufrido mucho. Me fascinó Budapest, de hecho son dos ciudades, Buda y Pest, divididas por el Danubio. Buda, sobre todo, me impresionó; su basílica de San Matías es increíble. Y de Praga también me enamoré: me gustaba pasear en las tardes por el Puente Carlos donde hay unas artesanías preciosas, muchos músicos y otros artistas populares y contemplar el atardecer sobre el río Vltava. Praga es una de mis ciudades favoritas, abuela, aunque de un barroco pesado para mi gusto. Cuando estuve en Alemania resucitaron mis recuerdos de la Finca Germania, donde de niño fui tan feliz. Recuerdo que al acercarse el avión

en el que iba a Berlín, desde la ventanilla veía aquellas tierras alemanas y volvían a mi mente las imágenes que solía con- templar en los grandes Atlas alemanes de la biblioteca que teníamos en Germania. Estando en Berlín atravesé el famoso Muro y pude pasar al lado oriental, donde había quedado la parte más elegante y señorial de la ciudad. El museo de Pérgamo, por ejemplo, es incomparable. No entiendes cómo los alemanes pudieron trasladar a Berlín toda una calle de Babilonia con sus mosaicos y azulejos, así como, piedra por piedra, toda la fachada de un templo griego. En Marruecos me cautivó Marrakesh, toda la ciudad es color de rosa, como salida de un cuento de Las mil y una noches. Ahí me compré una yelabah y un fez y me vestí de árabe para ir una noche al casino donde vi la danza del vientre más sensual que jamás había visto. En Marruecos también me sentí muy a gusto. Te digo que ha de haber algunos genes árabes perdidos en la
sangre de nuestra familia¼
De la India me impresionó mucho Bombay, aunque no te puedo decir que me haya gustado: fue demasiado fuerte el choque cultural: yo creía conocer la pobreza y la miseria pero lo que vi en Bombay no tiene comparación con nada. Todo lo que visité de la India, sobre todo en el sur, me impresionó mucho: hay un espíritu mágico, místico, no sé cómo decirte, que te envuelve y te hace sentirte parte de la naturaleza y de todo lo que te rodea. Y en Goa me pasó algo muy curioso. Tú sabes, abuela, que yo no creo en la reencarnación, aunque respeto esa creencia que comparten millones de seres huma- nos en el mundo. Bien: cuando bajé del avión en Goa, tuve, de entrada, con la ola de calor que me recibió, esa sensación que los franceses llaman déjà vu. Haz de cuenta Tapachula: el clima, la cercanía del mar, la vegetación, los árboles de man- go o de aguacate, los papayos, las palmeras, hasta las peque- ñas hierbas del campo, todo era familiar para mí. Estuve varios días viviendo aquella sensación extraña y agradable a la vez, hasta que vi en un mapa que Goa y Tapachula están


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exactamente en la misma latitud y junto al mar. Entonces comprendí todo. Y la cocina hindú, muy condimentada y picante, me encantó. Otra de las favoritas es Jerusalén. No te puedo decir todo lo que significó para mí recorrer sus calles y callejuelas, visitar los lugares santos, orar en el Muro de las Lamentaciones o leer los Evangelios en el Monte de los Oli-vos. Sí, eso fue lo que me impresionó más de toda la Ciudad Santa: subir al Monte de los Olivos. Yo no soy muy piadoso, tú lo sabes, pero en la iglesia de Getsemaní se me llenaron los ojos de lágrimas, no puedo explicarte el ambiente que ahí se percibe: impresionante. Es un lugar lleno de dolor y de espe-ranza donde se quedó el espíritu de Cristo, al que espero
regresar un día¼
—Todo eso está muy bien -dijo la abuela cuando él hubo terminado de narrarle sus experiencias en el extranjero-. Pero ¿cuándo voy a conocer un hijo tuyo? Tú me conoces bien, no me importa que no te cases, pero sí que me des un bisnieto. Ya no me aguanto las ganas de ser bisabuela. Aunque voy a vivir todavía varios años, quiero que mis bisni tos tengan un buen recuerdo de mí, que no me vayan a recor- dar como una vieja decrépita, chocha, con demencia senil. Quiero contarles muchas historias que sólo a los niños se pue-den contar y aprender de ellos a ver la vida, a contemplarlo todo con ojos nuevos, con mirada de niño. Es una gracia poder convivir unas generaciones con otras, de lo contrario uno envejece como si fuese estéril, sin conocer lo que piensan las nuevas generaciones y ellos sin conocer a los que les han dado la vida. Está bien que tengas alas y que viajes por todo el mundo, pero no te olvides de tus raíces, de lo que mamaste, de lo que te dio vida. Y del sagrado deber de dejar semilla.
—No hay ninguna prisa, abuela -respondió Andrés-. Tenemos mucho tiempo, ya conocerás a tus bisnietos, ya verás qué guapos van a ser, porque tienen de dónde: van a bisabuelear -dijo bromeando mientras le daba un beso en cada mejilla y la abrazaba con ternura. Al estrecharla en sus


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Óscar Mayorga


brazos le pareció un pajarito herido, estaba muy delgada y débil, muy lejos de ser aquella mujer fuerte y dinámica de otros años, pero seguía siendo enérgica y los ojos se le habían vuelto a llenar de luz ante la presencia del nieto favorito.




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