lunes, 19 de diciembre de 2016

Óscar Mayorga- LAS TARDES CON LA ABUELA

Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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Fue en esa época que tu papá consiguió trabajo en
Germania y ustedes se fueron a esa finca maravillosa y vivieron
los años de la guerra en un entorno europeo en plena
montaña. Como el gobierno mexicano había intervenido las
propiedades de los extranjeros al entrar en la guerra, había
creado una dependencia oficial para seguir administrando
las fincas cafetaleras y que la producción del café no se interrumpiera.
Esa dependencia se llamó Fideicomisos Cafeteros
de Chiapas. Después de que tus papás se casaron,
Gustavo Adolfo consiguió un trabajo mejor que el que tenía
con Rómulo Echeverría, en Juntá, una aldea no muy lejana
de Motozintla, donde don Límbano Penagos tenía un ingenio
azucarero y donde también se fabricaba ron a partir de la
caña de azúcar. Tu papá se encargaría de la administración
del ingenio y allá se fueron a vivir los recién casados. Sin
embargo, el trabajo, aunque bien pagado, era muy desagradable
e ingrato, por lo que tu papá empezó a considerar la
oferta que don Límbano le había hecho antes de que fuera
su contador general en Motozintla. Como habían pasado
unos meses y tú habías anunciado ya que venías en camino,

eso acabó de convencerlos para regresar al pueblo ya que
pensaron que era mejor que tú nacieras allí y no en aquella
aldea medio perdida en el valle. Así, cuando se acercaba la
fecha de tu nacimiento, regresaron a Motozintla donde nosotros,
tu abuelo Alfredo y yo, que nos habíamos trasladado
de Cuilco,
estábamos viviendo ya con todos los hijos, y
donde tuvimos todos la alegría de recibirte.
Por esos días finales de noviembre de 1940 no había médico
en el pueblo y doña Linda Calleja, la comadrona tradicional,
fue quien te recibió y te dio la bienvenida a este valle de
lágrimas. Tu nacimiento fue un poco difícil: tu mamá era primeriza
y, además porque eras muy grande y ella muy estrecha.
Estuvo en trabajo de parto toda la noche hasta que,
finalmente, a eso de las ocho de la mañana del viernes 29
de noviembre, pudiste nacer y con tu llanto demostraste
que traías muy buenos pulmones. Recuerdo que tu papá
lloró de alegría cuando nosotras, tu abuela Rosenda Díaz y
yo, que asistimos a la comadrona doña Linda, te bañamos
y envolvimos en pañales y te pusimos en sus brazos. Toda
la noche él había estado muy nervioso y angustiado, sufriendo
casi tanto como tu mamá, porque las cosas se complicaban
y se temía por la vida de ella. Tenía una pistola
cerca y había dicho que si tu mamá moría él se pegaría un
tiro. Romántico como era, no concebía poder seguir viviendo
sin aquella que amaba más que a su propia vida. Gracias
a Dios ninguno murió y un rato después nadie se acordaba
del peligro ante el gozo de tenerte con nosotros. Tu papá
estaba loco de alegría y las lágrimas le corrían por las mejillas
al mismo tiempo que el corazón se le salía por los labios
con la risa. Te llevó en sus brazos hasta la cama donde tu
mamá sonreía, a pesar de todo su cansancio.
—Mira, chata, es nuestro hijo, el fruto de nuestro amor.
Ahora ya somos una familia completa, gracias a Dios. Se llamará
Andrés, como mi padre y también porque mañana es
el día de San Andrés, el patrón de Cuilco, mi pueblo.

Cuando tú cumpliste dos años, tu papá recibió la oferta
de trabajar en la administración de la Finca Germania y allá
se fueron los tres, allá nació tu hermanita y allá vivieron
hasta principios de 1946, cuando ya la guerra había terminado.
En esos años pasados en Germania tu papá decía que
habían retoñado en ustedes las raíces aristocráticas de la
familia Grijalva que habían vivido siempre como grandes
señores en Nicaragua.
Recuerdo que, aunque para mucha
gente eran tiempos difíciles por la guerra, para tus papás y
para ti que eras un niño pequeño, fueron años muy felices
que compensaron en buena parte todas las penas y tristezas
pasadas en Motozintla. Vivían a la europea, la casa, el
mobiliario, la vajilla, las lámparas, la biblioteca, todo era
europeo. Hasta tus juguetes eran alemanes. Los dueños de
Germania era una familia de apellido Kahle
. En una ocasión,
años después, conocí a uno de ellos, don Guillermo Kahle,
un señor muy distinguido. Cuando los Kahle fueron concentrados
por el gobierno mexicano en Perote, habían salido de
Germania sin llevar nada consigo, casi sólo con lo que llevaban
puesto.
La casa donde ustedes vivían era muy bonita, grande, toda
de madera, con amplios jardines donde tu mamá cultivaba
rosas y dalias. Tenían una hortaliza con toda clase de verduras
donde a ti te gustaba ir a buscar fresas y una huerta llena
de árboles frutales; había también un estanque con berros,
así como muchas gallinas y conejos. Don Bruno Gavito, un
amigo de tu papá, administrador de una finca vecina, que te
quería mucho, te llevó de regalo cuando cumpliste cuatro
años, una pequeña venada que tú llamaste Chacha, ¿te acuerdas?,
te seguía como perrito por todas partes. Cuando creció
y le llegó la época de celo, se fue a la montaña con un venado
de enormes astas que se había acercado a la casa y nunca
la volviste a ver. Recuerdo que tenían también un perro
sabueso llamado Jimmy y un pequeño fox terrier a quien tu
mamá puso por nombre Quico.

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