viernes, 2 de diciembre de 2016

REGALO DE AMOR DE MARIA "VINAGRE"- PORTUGAL



































Cáustica, exigente y quejumbrosa, parecía incapaz de dar.  parecía incapaz de dar.. Pero el suyo fue el obsequio perfecto de amor.
    
MARIA VINAGRE Y SU SINGULAR REGALO

 POR MANUEL DE PORTUGAL

SE LLAMABA  María Rosa de Jesús Calharica,* -Todos los nombres han sido cambiados.- pero era María Vinagre para todos los lugareños de aquella soñolienta aldea montañesa de Beira Alta, en Portugal.
 Amargada, ruda, de rostro angulo y arrugado pecho sin relieve y espalda jorobada, aquella mujer satisfacía el hambre de sus setenta años cargando ramas de pino y trabajando en la árida huerta donde todos los días recogía una col para su sopa vespertina: dos papas, un poco de aceite de oliva y agua sacada con una bomba perdida en la distancia de un laberinto de senderos boscosos.
Conocí a María Vinagre hace quince años, cuando, joven, ejercía de médico rural. Era mi primera práctica médica y, dada mi poca experiencia en la vida, me sentí ofendido por sus modales rudos. Solía presentarse en mi casa sin pedir permiso y, alargándome una mano infectada, exigía en tono amargo: "Encárgate de esto".
Sabiendo que era desesperadamente pobre, yo le daba muestras gratuitas de medicamentos. Ella se levantaba su negro delantal de viuda y guardaba las medicinas en la pequeña bolsa que pendía de su cintura. Se ajustaba el nudo del pañuelo y giraba sobre sus talones para irse sin proferir una palabra — , ni gracias ni adiós. Mi amigo Ti Neco da Regueira la describía con tres palabras: "Es un animal". Y escupía al suelo para demostrar su desprecio.
Los domingos, en misa, María Vinagre murmuraba una oración ininteligible amontonando las palabras y puntuándolas con repetidas y complejas señales de la cruz, Está tocada, pensaba para mí.
No tardó en empezara pegarse a mí como una sanguijuela. Cuando no se quejaba de reumatismo, tenía un dolor en la espalda por haber cargado un leño para el fuego.
Cuando María Vinagre era joven, me dijeron, había sido una arriera que hacía recados, recogía y cargaba productos para ganarse la vida. Se casó temprano, cuando era buena moza: ojos almendrados, verde claro, con reflejos de ágata. Su marido, borracho siete días por semana, no duró mucho y murió pronto. Sola, ella comenzó su luto. También comenzó a comportarse de manera extraña y se retiró a la aldea.
A veces, mientras la atendía, intentaba que hablara de sí misma. Pero, veloz como el rayo, ella res- pondía: "No vine aquí a conversar. Haz lo que tengas que hacer y hazlo de una vez". Y yo seguía curándola en doloroso silencio.
Era un agosto caluroso. Al atardecer, los grillos iniciaban su coro, y una pacífica serenidad lo envolvía todo, menos mi espíritu. Conversábamos delante de la iglesia. Zé Pinhanco, labrador; el padre Nabais, un santo, y el hijo mayor de la mansión, un noble. Los demás nos rodeaban formando círculo. María Vinagre, a paso rítmico y sin mirar a derecha ni izquierda, pasó cerca de nosotros. Siguió de largo, mientras sus zuecos resonaban en el empedrado. Iba ensimismada en sus pensamientos, como si viviera en otro mundo. "¡No das ni la hora, maldita seas! ", exclamó alguien, "¡Guárdate tu dinero, pera di algo!", gritó otro.
Sorda por naturaleza o por voluntad, María Vinagre estiró su sucio pañuelo para quitarle las arrugas de un mes en el bolsillo, y se lo pasó por los ojos, ignorándonos. "Está cada vez peor", observó el noble.
Pobre mujer", comentó el prior. Neco da Regueíra, que liaba un cigarríllo, resumió su opinión en la frase acostumbrada: "Es un animal", pero como era domingo, día del Señor, no escupió al suelo.
Al otoño siguió un frío invierno. Mi contrato con la aldea debía terminar al final de la primavera, y me llamaron a filas para prestar servicio militar en África. Pero, a causa de complicaciones burocráticas, hasta finales del siguiente octubre comencé los preparativos de partida. Mi pequeño Fiat estaba repleto de cajas y paquetes. Aquella madrugada, todos vinieron a despedirme. Excepto María Vinagre.
El coche iba tan lleno que no podría haber metido en él ni siquiera un puñado de aire: jamones, embutidos, confituras, manzanas. El pequeño motor tosió por el esfuerzo al subir la última loma antes de la bajada. En el aire fresco y ligero, un leve olor a hierbas flotaba en una brisa que era ya nostalgia. La última casa se había desvanecido entre los pinares, y en el camino hacia el sur estaba el comienzo del futuro y el final del pasado.
Al tomar la curva, una figura en medio de la carretera me hizo señas para que me detuviera. Abrí la puerta y me hallé cara cara con la figura encogida de María Vinagre.
Sus ojos eran más dulces que el aire perfumado. "Estoy aquí desde las 6 de la mañana, helada, esperando tu paso para decirte adiós", dijo. Se agachó detrás de una roca y sacó cinco pequeños huevos puestos por la gallina que representaba su única riqueza terrena. "Son para ti, doctor. Son todo lo que tengo". Extendió las manos ofreciendo los huevos. En sus labios apareció la primera sonrisa que yo había visto en más de un año. Los cinco huevos, de los que la hambrienta anciana se había privado durante otros tantos días, eran para ella una fortuna y representaban para mí mucho más que las carnes del terrateniente.
Traté de rechazarlos:
—¿Dónde los voy a poner? ¿No ves que no queda sitio para nada?
—No me los llevaré —insistió.
Cogí un jamón para encontrar hueco. Iba a estrecharle la mano, pero algo nos impulsó a abrazarnos y sentí el latido del corazón de María Vinagre contra mi pecho. Llorando, susurró: "Te quise. Te quise".
Para ocultar mi emoción, esgrimí el jamón como una maza de carne. "Si pongo este jamón sobre los huevos, se van a aplastar", dije. "Llévatelo, Rosa. Cómelo y piensa en mí".
Los ojos de la anciana, profundos y brillantes de sabiduría, no vieron mi ofrecimiento como una caridad. Gentil y temerosamente, pasó las manos por mi cara. "Doctorcito", dijo, "te quiero como al hijo que hubiera deseado tener y que no tuve. No fue la voluntad de Dios ..." Cogió el jamón y se fue.
Durante mi carrera médica, nunca he recibido un regalo tan valioso como el que me dio María Vinagre aquella mañana llena de amor.




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