domingo, 4 de diciembre de 2016

RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA--- OSCAR MAYORGA

 LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
OSCAR MAYORGA

 CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

Andrés la tomó de las manos. Seguía teniendo aquellas manos finas que tanto le gustaban y que la abuela mantenía siempre bien cuidadas por más que a menudo se ocupara de la cocina. Llevaba como siempre dos anillos en la mano izquierda, el de compromiso y el de bodas, y un pequeño diamante solitario en la mano derecha. El dorso de ambas manos estaba salpicado de pecas: “Besos de tumba les llamaba mi madre”, le había dicho una vez cuando de niño le había preguntado por ellas. La abuela Pina era muy blanca, de estatura mediana, delgada, siempre con el porte erguido.
Solía llevar el cabello recogido en un chongo alto que fijaba con peinetas de carey. Sus facciones eran finas, la nariz recta, os labios delgados y al sonreír se le hacían dos hoyuelos en las mejillas. Tenía un lunar en el mentón que le daba un toque de coquetería. Sin duda debido a su amor por la lectura, desde muy joven usaba lentes y cuando se los quitaba sus
ojos parecían un poco hundidos y adquirían una expresión de tristeza. Había sido una mujer muy bella, las fotografías color sepia del álbum familiar lo atestiguaban y aunque sus hijas eran bonitas ninguna había heredado esa belleza clásica de los Maldonado. Eran más bien los hijos varones los que guardaban más parecido con los abuelos y bisabuelos Maldonado, aquellos inmigrantes españoles que un día habían cruzado el Atlántico a principios del siglo XIX en busca de una vida mejor y se habían establecido en Guatemala. Andrés quería mucho a su abuela y era el favorito de todos los nietos, después de todo era el primero que la hizo abuela cuando ella apenas iba a cumplir cuarenta años. El último de los hijos de Pina, Hernán, había nacido un año después del primer nieto. Andrés siempre había mantenido una relación muy cercana con la abuela; cuando él cumplió quince años y hubo una comida familiar y un baile después entre primos, primas, tíos y algunos invitados, fue con la abuela Pina con quien él había bailado la primera pieza. Ella le había enseñado a rezar el rosario cuando tenía seis años, después de la muerte de Gustavo Adolfo, el hijo amado, el padre de Andrés. Fue la abuela también quien le inculcó el amor por la poesía y juntos leían a los románticos que tanto le gustaban a ella.
Junio, tarde lavada, tarde de lino/ tarde después de lluvia,
de olor a tierra/ tarde de cristal claro, de viento fino/ tarde que
 barre nublos desde la sierra –dijo Andrés con voz grave sin soltar las manos de su abuela. —Anda, ya, zalamero, dime de una vez cuál es el otro regalo que quieres –dijo la abuela fingiendo enojo pero en el fondo picada de curiosidad. —La otra parte de mi regalo es la más fácil y a la vez más difícil y sólo tú puedes dármela. En cierto modo está relacionada con las fotos, pero va mucho más allá. –Hizo una pausa mientras fijaba su mirada en los ojos de la abuela–. Quiero que me cuentes la historia de tu familia, pero a fondo. Que me digas quiénes eran tus abuelos, cómo eran, qué hicieron, cómo se conocieron y se enamoraron, que me cuentes todo lo que sepas de ellos. Que me cuentes de tus padres y, de manera especial, que me cuentes todo sobre mi abuelo José Andrés, qué pasó entre ustedes dos, por qué se separaron. Todo. Eso es lo que quiero de regalo de cumpleaños.
Estoy dispuesto a pasar todas las tardes de mis vacaciones, las de ahora y todas las que sean necesarias para que me cuentes todo. ¿De acuerdo, abuelita?
Ella se quedó viéndolo con la mirada un poco ausente, como si se hubiera remontado en el tiempo o su mente se hubiera ido a otra parte. Después de un rato, volvió a posar sus ojos en los ojos de Andrés y en voz baja, con una ternura infinita, le dijo casi suspirando: —Sea. Complaceré tu deseo porque te di mi palabra, pero sabe que no será fácil para mí recordar muchas cosas que pertenecen al pasado, algunas muy dolorosas. Aunque ya no eres un niño, habrá detalles que tal vez te escandalizarán porque ni siquiera imaginas que en la familia hayan podido suceder, pero te contaré todo lo que quieres saber. Pero no me llames abuelita, que me hace sentir viejita. –Encendió un nuevo cigarrillo y aspiró el humo con placer, luego continuó:
—Vamos a empezar por mi bisabuelo materno, la parte mexicana de mi familia, el aguerrido insurgente Andrés García, padre de mi abuela Rosenda, a la que quise mucho y
quien me contó la historia de su padre.

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