martes, 31 de enero de 2017

EL JURAMENTO- 1028

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
Entre estos pensamientos y otros análogos, Esther 
permaneció el resto del día en su habitación. 
Cuando llegó la noche hizo un esfuerzo supremo 
para dominar la tristeza que la apenaba, y dirigióse 
á la estancia en que se hallaban sus padres. 
Jacob no había querido decir nada de lo ocurrido 
á Sara y Ezequiel por no aumentar sus preocupa- 
ciones. 
— Yo sabré la verdad — se dijo — y si Garcés ha si- 
do el miserable delator, partiré á África llevándome 
á mi hija. 
Más la quiero muerta que esposa de un infame. 
Guando fueron las nueve, el hebreo dijo en voz 
alta unas oraciones, que fueron repetidas por su es- 
posa é hijos. 
Luego se retiraron á sus respectivos aposentos 
para consagrarse al sueño, aunque poco habían de go- 
zar de este benefició seres que se hallaban inquie- 
tos y preocupados. 
CAPITULO CÍV. 
LUCHAS DE AMOR Y DEBER
 Esther no se acostó. 
Aguardaba con verdadera impaciencia la llegada 
de su amante. 
Este no se hizo esperar. 
Cuando subió la escalera vio que la puerta de la 
morada de los hebreos permanecía entornada. 
La joven le impuso silencio, llevándose el índice á 
sus labios; y tomando entre las suyas una de sus 
manos le condujo por aquellos oscuros pasadizos 
hasta su estancia. 
Esta se hallaba alumbrada por una lámpara. 
Esther cerró la puerta, y después de correr el pes- 
tillo sentóse junto á su amante. 
Garcés pudo observar que sus ojos estaban enro- 
jecidos por el llanto. 
Rodeó con su brazo el esbelto talle de la joven, y 
le preguntó las causas de su aflicción. 
— Garcés, deseo hacerte una pregunta. 
— Cuantas quieras. 
1026 EL JURAMENTO 
Ya sabes que esta noche he venido para que tra- 
temos despacio de muchos asuntos. 
— Desde que las circunstancias nos obligaron á 
dejar nuestra casa, ¿has vuelto á la de Pedro Torri- 
giano? 
Las mejillas del joven se enrojecieron. 
A pesar de la ingenuidad con que parecía haber 
hecho la hebrea aquella pregunta, el paje comprendió 
que algo grave le impulsaba á dirigírsela. 
— ¿Por qué deseas saberlo? — preguntó Garcés. 
— Por una curiosidad. 
— No, Esther, no es la curiosidad la que te impul- 
sa á hacerme semejante pregunta. 
— Pues bien, como yo no puedo mentir, y mucho 
menos tratándose de ti, voy á serte franca. 
— Eso es lo que deseo. 
— ¿Sabes la calumnia que sobre ti pesa? 
— La ignoro. 
— Afirman que D. Juan Manrique, aquel joven á 
quien conocimos en la casa del escultor, ha podido 
penetrar en ella cuantas veces lo deseó, porque tú... 
— Acaba. 
— Porque tú eras su cómplice. 
— ¿Y quién ha podido asegurar semejante cosa? — 
preguntó el paje sin perder su inalterable sangre 
fría. 
— El mismo D. Juan lo ha referido á algunos ami- 
gos, haciendo vergonzoso alarde de sus infamias. 
— ¡Ah! ¿luego D. Juan se entretiene en comentar 
esos hechos? 
DB DOS HÉROES. 1027 
— La persona que me lo ha asegurado es incapaz 
de mentir. 
— Pues bien, Esther, nada me sería tan fácil como 
destruir todos esos argumentos; pues me consta que 
con una pequeña negativa volverías á recuperar la 
confianza, pero no quiero hacerlo. 
— ¿Por qué? 
— Porque, en mi opinión, cuando un hombre co- 
mete un crimen, por grande que sea, debe tener el 
valor de confesarlo. 
— No te comprendo, Garcés: ó por mejor decir, no 
quiero comprenderte. 
¿Luego confiesas que has sido cómplice de ese mi- 
serable? 
— ¿Por qué no he de hacerlo, si de lo contrario fal- 
taría á la verdad? 
— ¡Ah, calla, calla por Dios! 
¿No ves que tus palabras me dan la muerte? 
— ¿Luego vas á olvidar mi amor por semejante 
cosa? 
La joven titubeó un instante. 
Después, arrojándose en los brazos de Garcés: 
— ¡Eso nunca! — exclamó deshecha en uu mar de 
lágrimas, yo te amo, y mientras posea un átomo de 
vida te amaré siempre. 
El paje la estrechó contra su pecho. 
— Oye, Esther— le dijo después de un instante — 
comprendo que he cometido una infamia sin nom- 
bre, pero voy á decirte las causas que me indujeron 
á ello. 
1028 EL JURAMENTO 
Cuando las cosas se miran completamente descar- 
nadas, adquieren caracteres más horribles. 
La joven clavó sus negras pupilas en Garcés. 
Deseaba oirle. 
Deseaba una justificación que volviera á ennoble- 
cerle. 
— Ya recordarás — prosiguió el paje — las adverten- 
cias que me hiciste para que abandonase tu casa el 
propio día en que obtuve mi curación.
 Tu padre, tanto por conocer mi aptitud para el 
trabajo, como para poner á salvo tu honra, dispuso 
que me alejase de tu lado. 
Yo no sabía qué partido elegir. 
Deseaba probarle que no era inepto para ganar 
algunas monedas de oro, y esto es más difícil de lo 
que parece. 
Ni siquiera había querido aceptar el dinero que 
tan generosamente me ofreció. 
Vagaba por las calles de Sevilla sin saber adonde 
dirigirme, cuando me dio la idea de entrar en una 
hostería. 
En las hosterías se juega, y aunque yo no era po- 
seedor ni de una dobla, pensé tirar los dados. 
Si ganaba, ya poseía algo para proseguir la par- 
tida. 
Si la suerte me era adversa, todo se reducía á no 
pagar y disputarse el corazón con el contrario. 
— ¡Qué locura! — murmuró Esther. 
— No te negaré que lo era, pero con esto queda 
demostrado que me hallaba dispuesto á todo. 
DE DOS HÉROES. 1029 
En esta actitud penetré en la hostería. 
Mis esperanzas quedaron disipadas. 
No había jugadores. 
Sin embargo, como estaba fatigado, tomé asiento 
un instante. 
Disponíame á salir de nuevo, cuando la puerta del 
establecimiento se abrió, dando paso á un gallardo 
joven que se colocó junto á mí. 
Sus ojos se fijaron en los míos, y pude observar 
que hizo un movimiento de sorpresa. 
Aquel hidalgo era D. Juan Manrique, el sobrino 
del arzobispo de esta ciudad, á quien conociste en la 
casa del escultor. 
Yo no le hubiera conocido seguramente á no de- 
cirme su nombre. 
La terrible enfermedad que padecía cuando te 
acompañaba al taller, me incapacitaba de poder 
apreciar sus facciones. 
Me preguntó por ti, y le dije que ya no estaba en 
tu casa. 
En una palabra, le referí mis cuitas. 
El hidalgo, por toda respuesta arrojó sobre la me- 
sa un bolsillo lleno de oro, diciéndome que aquella 
cantidad me pertenecería si me obligaba á prestarle 
un favor. 
Esther, tú no comprendes el poderoso ascendien- 
te del oro sobre el corazón humano. 
Nunca has tenido necesidades, porque siempre las 
has visto satisfechas, y porque tu alma es demasiado 
pura para dejarse arrastrar por lo mezquino. 
1030  JURAMENTO 
Mi situación era desesperada, como puedes imagi- 
narte. 
Empezaba á sentir las exigencias imperiosas del 
hambre. 
Vi en perspectiva la base de mi fortuna, y por lo 
tanto la satisfacción de mi amor propio. 
Hasta me pareció aquello una recompensa provi- 
dencial por no haber querido aceptar la oferta que 
tu padre me había hecho. 
Le pregunté lo que solicitaba de mí, y me respon- 
dió que sus deseos eran que me presentase en la mo- 
rada de Torrigiano llevándole conmigo ai palacio de 
un caballero que deseaba encargarle una escultura. 
Aunque desde luego comprendí que su deseo era 
alejar de su casa al artista, me pareció pequeña la 
exigencia, y me obligué á complacerle. 
— Hiciste mal, Garcés. 
— No lo ignoro ni trato de disculpar mi conducta,, 
pero yo pensaba en ti. 
Tal vez aquella cantidad era, como te he dicho, la> 
base de mi fortuna, y por lo tanto la que me hacía 
tu dueño. 
Desde entonces visité á D. Juan con alguna fre- 
cuencia y tuve ocasión de prestarle nuevos servicios,, 
que siempre me recompensó con esplendidez. 
En cuanto á lo que dices que me atribuyen de ha- 
ber tenido una intervención directa en la denuncia, 
contra Torrigiano, eso no es cierto. 
 Verdad es que fui portador de la carta en que el. 
hidalgo reclamaba del inquisidor general el asunto 
DE DOS HÉROES. 1031 
de Pedro Torrigiano, pero ignoraba su contenido y 
los propósitos del que la había trazado. 
Esta es la verdad de los hechos. 
El paje guardó silencio. 
Esther inclinó la cabeza sobre el pecho. 
No sabía qué responder. 
Sin embargo, ¿quien puede dudar que el verdadero 
amor nos dispone á la transigencia? 
Garcés había referido el suceso dulcificándolo. 
Podía pasar por ambicioso, pero no por criminal. 
Ella le amaba con esa intensidad del primer amor, 
tal vez el que más profundas huellas deja en nuestra 
alma. 
Creía que sus ambiciosas aspiraciones habían sido 
despertadas por el deseo de llegar á ella. 
¿Cómo no perdonarle? 
Las mujeres lo perdonan todo menos los despre- 
cios que se infieren á su amor propio. 
— ¡Ah! Dios mío — exclamó, grave ha sido tu falta ? 
pero todavía estás en condiciones de repararla. 
— Dime cómo y pondré los medios. 
— ¿Me lo prometes? 
— Te lo juro. 
— Nadie mejor que tú sabe cuáles fueron los infa- 
mes propósitos de D. Juan. 
— Es verdad. 
— Torrigiano y su esposa no han muerto todavía. 
Preséntate mañana al Santo Oficio, declara ante 
el tribunal los móviles bastardos que impulsaron al 
joven á obrar de la manera que lo hizo, arráncale la 
1032 EL JURAMENTO 
máscara con que cubre sus liviandades, y libra de 
una muerte ignominiosa á esos desgraciados. 
— Eso no es posible — respondió el paje. 
— ¿Por qué? 
- — Por varias razones. 
En primer lugar has de saber, que el Santo Oficio 
ha condenado al artista por haber hecho pedazos la 
imagen sagrada de la Concepción. 
Este es un hecho que ni él se ha atrevido á negar. 
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri- 
giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que 
era judaizante. 
¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa- 
tíbulo? 
Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la 
salvación de sus víctimas. 
Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique 
está emparentado con la nobleza de Sevilla. 
¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo? 
Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios 
tormentos más horribles en una mazmorra inquisi- 
torial. 


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