martes, 17 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -279-280

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES 
julian castellanos
españa
1889
 
El alba empezaba, y á su incierta claridad, D. Te- 
11o y Aldana fueron descubiertos desde lejos por los 
jinetes moros. 
— Aquí están los fugitivos — gritó uno de los solda- 
dos, y una exclamación de júbilo brotó de los labios 
de todos los sarracenos. 
El de Aguilar y su amada, sintiendo acrecentarse 
su valor con la proximidad del peligro, continuaron 
trepando seguros de encontrar su salvación si conse- 
guían ganar la cumbre. 
La esperanza de D. Tello consistía en creer que 
desde aquella altura podía descubrir tropas cristia- 
nas y hacerlas venir en su socorro. 
Aben-Abo, ciego de cólera, se dirigió al sitio que 
sus soldados le indicaban; pero viendo la imposibi- 
lidad de poder seguir la persecución á caballo, orde- 
nó á su gente que se apease y que, ballesta en mano, 
DE DOS HÉROES. 273 
asaltasen las cumbres, presentándole muertos ó vivos 
á los dos amantes. 
Los desgraciados fugitivos habían ganado entretan- 
to el pico más alto de la peña. 
Desde allí se descubría el campamento de la hues- 
te cristiana que cercaba á Antequera. 
Don Tello deshizo el blanco turbante de su amada, 
y empezó á agitarle á guisa de bandera, haciendo se- 
ñas á los cristianos en demanda de socorro. 
Pero comprendiendo que aunque le vieran no te- 
nían ya tiempo de llegar á salvarle, se decidió á ven- 
der cara su vida. 
Entonces, dirigiéndose á su amada, le dijo: 
— Ángel mío, el cielo no ha querido oir mis súpli- 
cas, y nuestros esfuerzos han sido inútiles. Soñába- 
mos con la felicidad, y despertamos en brazos de la 
muerte. Tú aun puedes salvarte. Tu padre, por cruel 
y vengativo que sea, perdonará tu falta, y andando 
el tiempo podrás tal vez ser dichosa. Pero yo, que no 
tengo esperanza ninguna, no quiero darle el placer 
de que me coja vivo. Don Tello de Aguilar morirá 
peleando como debe morir todo caballero; y el joven, 
situándose en la pequeña meseta de una roca, á cuya 
espalda se abría un inmenso precipicio, empezó á 
asir grandes piedras y á lanzarlas con tal acierto con- 
tra sus perseguidores, que varios de ellos fueron 
muertos ó magullados. 
Pero, ¿qué podía hacer un hombre solo, por ani- 
moso que fuera, contra un número tan superior de 
enemigos? Nada. 
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274 EL JURAMENTO 
A pesar de sus esfuerzos, los soldados de Abén- 
Abo avanzaban por todas partes, encerrándole en un 
cinturón de acero que se estrechaba más á cada mo- 
mento. 
El valiente joven iba á caer de un momento á otro 
en mano de sus enemigos. 
Entonces Aldana, poseída de una exaltación terri- 
ble, se lanzó hacia su amante, y, estrechándola fuer- 
temente entre sus brazos, le dijo: 
— Telio de mi alma, ya que la desdicha no nos 
permite vivir juntos, moriremos al menos sin sepa- 
rarnos — y al acabar estas frases hizo un esfuerzo tan 
poderoso, que el joven no pudo resistir, y se precipi- 
tó con él por la cortadura de la peña, rodando uni- 
dos hasta lo profundo del valle, donde llegaron ho- 
rriblemente mutilados. 
De esta manera terminaron su vida aquellos dos 
fieles amantes, y desde entonces aquel promontorio 
de rocas tomó el nombre de Peña de los Enamorados. 
Cuando D. Beltrán terminó su narración, doña 
Isabel, á quien había conmovido profundamente la 
historia de los desdichados amantes, enjugaba con su 
blanco lenzuelo las lágrimas que humedecían sus 
hermosas ojos. 
— ¿No os dije, amiga mía, que mi relato había de 
conmoveros? 
— Y así ha sido, en verdad; pero, ¿qué corazón, 
por duro que sea, no ha de sentirse emocionado al 
DE DOS HÉROES. 275 
conocer el desastroso fin de esos dos amantes, tan 
dignos por todos conceptos de haber sido felices? 
— Tenéis razón. 
En aquel momento D. Pedro de Solís apareció en 
la estancia. 
El noble caballero no había podido pasar la vela- 
da al lado de su amigo y de su hija, por habérselo 
privado un asunto de gran interés. 
En las primeras horas de la mañana de aquel día, 
había llegado al castillo un jinete con un pliego para 
el caballero, de parte de uno de sus parientes, que 
gozaba gran favor al lado del rey moro de Granada, 
en cuya corte desempeñaba un alto cargo. 
En aquel pliego participábase al de Solís un deseo 
del soberano granadino, que debía tener una tras- 
cendencia inmensa para el porvenir de su hija. 
Por esta razón, así que terminaron la cena, don 
Pedro encerróse en su cámara, con el fin de pensar 
con detenimiento lo que debía responder á aquel 
mensaje. 
En los capítulos siguientes conocerán nuestros 
lectores el contenido del pliego del rey moro y la 
respuesta del caballero cristiano. 
CAPITULO XXVI 
L.» partida» de caza. 
Doña Isabel, así que vio aparecer á su padre en la 
estancia, le dijo: 
— Padre mío, os habéis perdido un rato delicioso. 
— ¿Sí, hija mía? 
— Sí; D. Beltrán nos ha narrado una historia tan 
interesante y tan dramática, que ha conseguido ha- 
cer que las lágrimas acudan á nuestros ojos. 
Ya tendrá la bondad de referirla otra noche para 
que yo la oiga. 
— Con mucho gusto, por más que abrigo la creencia 
de que os será de sobra conocida — repuso D. Beltrán. 
— Si me indicáis cuál es, os diré si la conozco. 
— Les he referido el origen de que llamen al pro- 
montorio cercano á Antequera la Peña de los Enamo- 
rados. 
— Sí, conozco el trágico fin del noble mancebo don 
Tello de Aguilar y la hermosa Aldana. 
— Ya veis cómo presumía con fundamento que no 
ignorabais esa historia. 
278 EL JURAMENTO 
— Ahora pasemos á otra cosa. 
— Como en las batidas que hemos dado hasta aquí 
no hemos hecho más que acosar las reses y alimañas 
que pueblan los montes de estos alrededores, os pro- 
pongo llevar á cabo una expedición que se salga por 
completo de los límites en que hasta ahora hemos 
encerrado los nuestros.  
 — Pues entonces mañana nos dedicaremos á hacer 
los preparativos necesarios, y así que despunte la 
aurora del siguiente día nos pondremos en marcha. 
— ¿Y hacia qué parte vamos á dirigir nuestro rumbo? 
— Hacia las tierras más avanzadas al reino grana- 
dino. 
— ¿Será necesario ir dispuestos á medirnos con los 
moros fronterizos? 
— De ninguna manera, D. Beltrán. 
— Desde hace algunos años las relaciones que sos- 
tenemos con los granadinos son tan amistosas y tan 
cordiales, que, sin recelo alguno, lo mismo acuden 
ellos á presenciar y divertirse en las fiestas que tienen 
lugar en Córdoba que vamos nosotros á solazarnos 
en las que ellos celebran en Granada. 
DE DOS HÉROES. 2"H> 
— El antiguo odio de raza parece extinguido; y yo 
creo que como un incidente grave no quebrante esa 
amistad, acabará por desaparecer ese odio mortal 
que tantas víctimas y tanta sangre ha costado á ,uno 
y á otro pueblo. 
— Si llegamos en nuestra batida á tierra de moros, 
ya veréis cómo se confirman estas indicaciones mías. 
La velada se dio por terminada, y los habitantes 
del castillo se retiraron á descansar. 
Don Pedro, al despedir á su hija y besarla en ía 
frente, como tenía de costumbre, se dijo: 
— ¡Qué bien sentará la corona sobre esa frente blan- 
ca como la azucena y esos cabellos rubios como el 
oro! Y halagado por este pensamiento, el caballero 
penetró en su estancia. 
Uno de sus servidores se apresuró á desnudarle, y 
momentos después el de Solís se metía en su lecho 
Una hora más tarde los moradores del castillo dor- 
mían, excepción hecha de dos personas. 
Estas eran D. Pedro y D. Beltrán. 
Cada uno de ellos tenía poderosas razones para 
desvelarse. 
El de Meneses había ido sintiendo acrecentarse por 
instantes en su pecho la inmensa simpatía que le ins- 
piraba la hermosa doña Isabel de Solís. 
Pero el caballero, no pudiendo olvidar los sucesos 
pasados, luchaba, comoya sabemos, entre el temor y 
el cariño. Pero esta lucha concluyó al fin, resultando 
victorioso el amor. 
La desconfianza que atarazaba el corazón del de 
280 EL JURAMENTO 
Meneses disipóse por grados ante la convicción de 
que la hermosa doña Isabel era un ángel de inocen- 
cia, incapaz de abrigar en su alma los vicios y los de- 
fectos de las demás mujeres. 
El amor, al enseñorearse por completo del corazón 
y de la mente de D. Beltrán, idealizaba á la persona 
objeto de su cariño. 
Aquella noche, durante la velada, el de Meneses 
tenía el propósito de confiar á la noble hija de su 
amigo el verdadero estado de su alma. 
Pero la ocasión no se presentó de un modo tan 
oportuno como él quería, y como abrigaba una com- 
pleta seguridad de ser correspondido, dejó para otro 
día el hacer á la hermosa joven la confesión de sus 
sentimientos. 
Cuando oyó al de Solís proponer la partida de caza, 
formó el propósito de declararse á la joven en aque- 
lla expedición. 
Estos eran los pensamientos que, llenando su men- 
te, le desvelaron por algunas horas, hasta que al fin 
el sueño le sorprendió meciéndose en un mundo de 
hermosas ilusiones. 

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