martes, 17 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -314

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
 
Isabel estaba hermosísima. 
La agitación del pasado día había aumentado el 
carmín de sus mejillas. 
Muley-Hacén la obsequió mucho. 
Terminada la comida, éste manifestó á D. Pedro 
de Solís que, á pesar de los muchos negocios que re- 
clamaban su presencia en Granada, había decidido 
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314 EL JURAMENTO 
continuar allí hasta la mitad del siguiente día, lo que 
celebraron mucho doña Isabel y su padre. 
Abul acercóse á Solís. 
— Nuestros planes han producido el mejor efecto — 
le dijo en voz baja. 
— ¿Hablaste con el rey respecto á Isabel? 
— He conferenciado con él largo rato, y tanto le ha 
sorprendido ia belleza de tu hija, que se halla dis- 
puesto á pedírtela en casamiento. 
Don Pedro recibió aquella noticia con regocijo. 
Nunca había podido pensar en una boda para su 
Isabel, que llenase tan en absoluto sus aspiraciones. 
— Sin duda por esta razón querrá el rey dilatar su 
marcha. 
— Indudablemente. 
— En ese caso puedes decirle que estoy á sus ór- 
denes. 
Pasóse la velada. 
Don Beltrán, haciendo de trovador, refirió algunas 
consejas. 
Cuando llegaron las diez de la noche, Isabel, á 
quien el cansancio empezaba á rendir, obtuvo per- 
miso de su padre para retirarse. 
Don Beltrán, media hora después, retiróse tam- 
bién. 
Quedaron, pues, solos D. Pedro, Muley y su favo- 
rito. 
— Solís— comenzó el rey— ya te habrá dicho Abul 
cuáles son mis aspiraciones respecto á tu hija. 
— Señor — respondió el anciano — faltaría á la ver- 
DE DOS HÉROES. 315 
dad si os dijese otra cosa; me ha asegurado que me 
habíais concedido la honra de pensar en mi hija. 
— ¿Y qué crees respecto á mi proposición? 
— Ya comprenderéis que colma mis deseos. Los 
padres no queremos más que la felicidad de nuestros 
hijos, y creo que vos podéis otorgársela. 
— ¿De modo, que no te opones á mi felicidad? 
— Antes de responderos tengo que haceros una ad- 
vertencia, que indudablemente no habéis de ex- 
trañar. 
— Te escucho. 
— Yo no soy de esos hombres que creen que por 
haber dado vida á una criatura tienen un perfecto 
derecho para tiranizarla. 
— Desde luego creo que estáis en lo cierto. 
— Si ese casamiento dependiera solamente de mi 
voluntad, os contestaría desde ahora que podíais 
fijar la época de vuestro enlace; pero antes de nada 
necesito consultar con mi hija. Yo no sería dichoso 
si, obedeciendo á miras ambiciosas, la sacrificase. 
— Tenéis razón, así piensa todo hombre honrado. 
Vuestra respuesta me halaga. Tanto más, cuanto que 
no consentiría en imponerle mi amor como un deber. 
Habladla, pues, y yo esperaré vuestra contestación. 
Mañana mismo la sabréis. Mi hija no dirá segu- 
ramente que no. Es la personificación de la inocencia. 
He procurado que viva en el aislamiento más abso- 
luto, y quizás por eso es dichosa. 
— He tenido lugar de comprenderlo así en los 
breves instantes que la he visto. 
316 EL JURAMENTO DE DOS HÉROLS. 
Don Pedro reiteró al monarca su ofrecimiento. 
Pocos momentos después reinaba en el interior del 
castillo el más absoluto silencio. 
Todos dormían, menos el rey. 
Su imaginación vagaba libremente, ora figurándo- 
se que veía á Isabel á través de las caladas ojivas 
de la Alhambra, ora corriendo alborozada por los 
cármenes granadinos. 
— ¡ Ah! — exclamaba — no se puede negar que es en- 
cantadora. Comprendo que esa mujer imperará en 
absoluto en mi corazón, y que en un breve plazo sería 
capaz de renunciar por ella á todos los tesoros que 
encierra mi adorado reino. 
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 — Pues bien, hija, has de saber que el ilustre Muley- 
Hacén ayer me dijo que le había causado tu hermo- 
sura tanta impresión, que estaba dispuesto á enlazar- 
se contigo si accedías á ser su esposa. 
Isabel dirigió á su padre una mirada de sorpresa. 
— ¿Luego quiere que yo sea su esposa? 
—Sí. 
— ¿Y por lo tanto reina de Granada? 
— Es natural. 
— ¿Y qué le contestasteis, padre mío? 
— Yo le contesté que no podía darle una respuesta 
definitiva mientras no consultara contigo. 
— ¡Ah, padre mío, cuan bueno sois! 
— Este era mi deber. 

— Sin embargo, demasiado sabéis que había de 
someterme á lo que dispusierais. 
— No lo ignoro, pero yo no soy de esos padres ti- 
ranos que abusan de sus derechos. El lazo matrimo- 
nial dura toda la vida, y si mañana, aunque no lo 
creo, no fueras dichosa al lado del rey, tendrías so- 
brada razón para acriminar mi conducta. En cam- 
bio, dejándote á tu libre albedrío, nunca te quedará 
ese derecho. 
— No, padre, no; me extraña que supongáis eso en 
mí. Si yo llegase á casarme con el rey y éste me hi- 
24 EL JURAMENTO 
ciese desgraciada, disimularía mis dolores en vuestra 
presencia para evitaros que padeciereis también. 
— Ahora lo preciso es que me digas tu resolución. 
— Pues bien, ya os he contestado que haré lo que 
queráis. 
— Yo á mi vez te daré un consejo, hija mía. 
— Ese es mi único deseo. 
— Muley- Hacen, tanto por su elevada posición como 
porque se halla en esa edad en que el hombre no es 
susceptible de veleidades, creo que te conviene. Es 
el altivo soberano del reino de Granada, quizás el 
más poderoso y ameno de Andalucía. Se ha hecho 
respetar de todos por su valor y su probidad. Tú 
has sido una hija tierna y cariñosa, lo mismo serás 
una buena esposa. La que no supo respetar á sus 
padres mal puede hacerlo con el hombre á quien 
jura fidelidad y amor ante el ara. Únete, pues, á él, 
y procura labrar la dicha de tu dueño y de tus sub- 
ditos. 
— Padre mío, seguiré estrictamente vuestros con- 
sejos con una sola condición. 
Solís consultó á la joven con una mirada. 
— Tú dirás qué condición es esa. 
— Que no habéis de separaros de mí. Que Grana- 
da será vuestra residencia, y que bajo su azulado 
cielo viviremos los dos. 
— ¡Hija de mi alma! — exclamó el anciano estre- 
chándola entre sus brazos. 
— Hacedme esta promesa y me considero comple- 
tamente dichosa. 
DE BOS HÉROES. 325 
— Pues bien, yo partiré á Granada. Después de 
todo, es el único medio que existe para prolongar mi 
existencia. Si el ave necesita el aire para volar y el 
pez el agua, mi elemento es tu cariño, sin el cual su- 
cumbiría de seguro. 
— En ese caso puedes manifestar al rey que accedo 
á ser su esposa. 
En aquel instante D. Pedro y la joven volvieron 
la cabeza al oir los pasos de una persona que se acer- 
caba. 
Era Abul-Cazín Venegas. 
Enterado por el rey de la conferencia que con Solís 
había tenido la noche anterior, había buscado á éste 
en las habitaciones del castillo, y no encontrando ni 
á él ni á su hija, había salido á buscarlos. 
— Mucho celebro que llegues en esta ocasión — le 
dijo D. Pedro. 
Precisamente estaba hablando con tu sobrina del 
asunto que, sin género de duda, te trae aquí. 
— ¿Le has dicho las aspiraciones de mi rey y señor? 
— Se las he dicho. 
— ¿Y qué te ha contestado? 
— Que accede. 
Cazín Venegas celebró de todas veras la actitud de 
la joven . 
— Únicamente existe una nube que altera mi feli- 
cidad — dijo Isabel, que momentos antes había que- 
dado pensativa. 
— ¿Y qué nube puede empañar la dicha de mi futu- 
ra soberana?— preguntó Abul sonriéndose, al creer 
326 EL JURAMENTO 
que la joven iba á hablar de alguna de las nimiedad es 
que solían ocurrírsele. 
— Sino me equivoco, Muley-Hacén tenía otra esposa. 
— Con efecto, se halla casado con Aixa, que recibe 
el sobrenombre de la Honesta. Supongo que esto no 
te extrañará, pues ya sabes que la religión de Maho- 
ma consiente hasta cuatro esposas. 
— Lo sé perfectamente, pero desconozco el carác- 
ter de esa mujer. 
— Comprendo tus temores, pero voy á hacerte una 
sola advertencia, que los desvanecerá en seguida. 
Aixa es mucho menos hermosa que tú, y, por lo tan- 
to, no tardarás en sobreponerte á su soberanía. 
— ¡Pero cuánto sufrirá el corazón de esa pobre 
mujer si ama á su esposo verdaderamente! 
— No lo creas, en nuestros pueblos esa es una cosa 
normal. 
— ¿Pero pueden prescindir de tener corazón? 
— ¡Ah! Para eso no basta la respetabilidad que las 
leyes nos inspiran. Ante las exigencias del amor pro- 
pio todo es impotente y pequeño. 
Aquellas reflexiones duraron poco en el ánimo de 
Isabel. 
Era demasiado niña y demasiado inocente para 
que meditase largo rato. 
La risueña perspectiva de un casamiento, cosa que 
casi siempre halaga á las mujeres, unido á que el 
prometido era el rey de la encantadora Granada, hi- 
cieron desaparecer aquellos efímeros rasgos de abne- 
gación. 
DE DOS HÉROES. 327 
Después de todo, ella iba á luchar con las armas de 
su hermosura. 
Aixa la Honesta había dado á su esposo un hijo. 
También tenía una belleza poco común. 
Iba á entablarse, por lo tanto, una guerra, en la 
cual se ignoraba por qué bando se decidiría la vic- 
toria. 
Doña Isabel sólo pensó en sus futuras grandiosi- 
dades. 
Díjole, pues, á D. Pedro que podía manifestar al 
rey que estaba dispuesta á ser su esposa. 

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