miércoles, 18 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES 853-859

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
 Cualquiera que la hubiese visto hubiérala encon- 
trado más hermosa que nunca. 
Era el verdadero tipo de las hijas de Sión. 
DE DOS HÉROES. 853 
Negros y ondulantes cabellos poblaban su cabeza 
sujetos por la fifa, esa característica peineta de las 
de su raza. 
Sus ojos eran oscuros como la noche y brillantes 
como sus estrellas. 
Las largas pestañas que los velaban, daban á sus 
dilatadas pupilas un tornasolado azul que las hacía 
más encantadoras. 
Su rostro era ovalado como el de las creaciones 
artísticas del inmortal Miguel Ángel. 
Únase á estas gracias su nariz, de carácter griego, 
su boca, de labios finos y cárdenos, guarnecida de di- 
minutas perlas, y podrán tener nuestros lectores una 
idea de la incomparable hermosura de la hija del 
viejo Jacob. 
Su tez recordaba la vaguedad del crepúsculo, que 
participa de la blancura de la luz y de la lobreguez 
de la noche. 
Ni gruesa, ni delgada, ni de estatura que rayase en 
exageración, aquella hija de Israel era el ensueño 
de un poeta y el ideal de un pintor. 
Sin embargo, jamás se había cuidado de pregun- 
tarse si era bella. 
Le sucedía lo propio que á la candida mariposa 
que abandona su crisálida y sacude sus irisadas alas 
sobre una flor, sin haberse contemplado todavía en 
los puros cristales de los arroyos. 
Sus padres habían cuidado que viviera como la 
planta que no recibe los rayos del sol más que á tra- 
vés de los vidrios del invernadero. 
854 EL JURAMENTO 
Podría aplicarse á ella el retrato que hace La- 
martine de una de sus heroínas. 
«Cosa extraña, dice el autor francés; á pesar de sus 
diecisiete abriles, no sabía si sus ojos eran negros ó 
azules, si sus cabellos eran negros ó rubios...» 
Así era Esther. 
Sin embargo, ¿quién dudará que el más pequeño 
detalle pueda hacer que una joven despierte de su 
letargo? 
La hebrea había escuchado una sola palabra, y 
esto era suficiente para que se preguntase si era ver- 
daderamente hermosa. 
Basta un leve roce en el disco de cristal que apri- 
sionan las almohadillas de la máquina eléctrica, para 
que el fluido se esparza por sus conductores. 
Del propio modo una frase es suficiente para crear 
el fluido del amor. 
En los cristales de la ventana reflejábase la luna. 
Esther se contempló en ellos. 
Una sonrisa se dibujó en sus labios. 
Garcés nó la había engañado. 
Ella era hermosa. 
Comparando sus facciones con las de otras muchas 
jóvenes que había visto, advirtió que ninguna de 
ellas tenía unos ojos tan rasgados y negros como los 
suyos, ni una boca tan cárdena, ni unos cabellos tan 
ondulantes. 
. Esther lanzó un suspiro. 
Todas estas reflexiones las unía al recuerdo del 
paje. 
DE DOS HÉROES. 855 
¿Qué le importaba ser hermosa si él no. podía ad- 
mirar los encantos que le había concedido, la natu- 
raleza? 
Esther sentía despertar su amor, tan puro, tan in- 
maculado como los primeros albores de la mañana. 
Hallábase tan abstraída, que no reparó que desde 
una de las ventanas de la casa vecina que caían so- 
bre el jardín la observaba un joven de unos treinta 
y cinco años. 
Este era un escultor florentino llamado Pedro 
Torrigiano, que vivía en Sevilla con su esposa, ve- 
neciana que renunció á sus títulos nobiliarios por 
enlazarse al artista. 
Pedro se vio obligado á abandonar su ciudad por 
su carácter impetuoso, que en más de una ocasión le 
había puesto junto al precipicio de la muerte. 
Hijo de padres honrados, pero humildes, siguió en 
su primera juventud la noble carrera de las armas. 
Pero no pudiendo sufrir los rigores de la discipli- 
na militar, provocó á uno de sus jefes, viéndose obli- 
gado á dejar la carrera. 
Torrigiano siempre mostró sus inclinaciones por 
la escultura, modelando figuras de barro desde la 
niñez. 
Siendo paisano, creyó que era llegado el momento 
de consagrarse al arte de Fidias, y asistió al taller de 
Chirlandajo. 
Pero habiendo tenido una disputa con su compa- 
ñero Miguel Ángel, le arrojó el mazo con que traba- 
jaba, aplastándole la nariz. 
856 EL JURAMENTO 
Poco tiempo después conoció á María, la noble 
veneciana que había de hacerse reina de su corazón 
y dulcificar su carácter. 
María, prescindiendo de la oposición que sus pa- 
dres hicieron á que se verificase el matrimonio, en- 
lazóse con el artista. 
El desprestigio que por su carácter había alcanza- 
do el escultor obligóle á salir de Florencia, esperan- 
do que en España recompensasen su talento. 
Encaminóse, pues, hacia Sevilla, donde se instala 
en una modesta casa cuyas ventanas caían sobre el 
jardín del viejo Jacob, como ya hemos dicho á nues- 
tros lectores. 
Torrigiano quedóse absorto al contemplar la her- 
mosura de Esther. 
Su esposa, que velaba á pesar de lo avanzado de la 
hora, le preguntó por qué no se recogía. 
— Ven, María, le dijo; mira qué joven tan encanta- 
dora. 
Sería un gran modelo para cualquiera de las es- 
culturas que me han encargado. 
María se aproximó á la ventana, y quedóse tan 
sorprendida como su esposo de aquella hermosura 
verdaderamente escultural. 
— ¿Quién será esa joven? 
No la he visto hasta hoy, á pesar de que con fre- 
cuencia permanezco en la ventana. 
— Su traje y su tipo revelan bien claramente que 
es hebrea. 
— ¡Hebrea! — exclamó la esposa del artista, sin po- 
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der reprimir la repugnancia que le inspiraban todas 
las sectas que se apartasen del catolicismo. 
— Sí, aunque no descubro más que su busto, es lo 
suficiente para comprenderlo. 
Como la hora era avanzada, María rogó á su es- 
poso que se retirase. 
Este no la contradijo, pero pensó desde luego vi- 
sitar á Esther y rogarla que le permitiese trasladar 
su imagen al mármol. 
La hija de Jacob permaneció algún tiempo más 
¡en la ojiva admirando la belleza de la noche y pen- 
sando en Garcés. 
En vano trataba de conciliar el sueño. 
Nada predispone á la vigilia como el amor, so- 
t>re todo cuando es el primero que se siente en el 
.alma. 
Así pasó la noche. 
Apenas brillaron en el cielo los primeros albores 
-del día, se encaminó á la estancia del paje. 
Este tampoco había podido consagrarse á las dul- 
zuras del sueño, aunque por distintas causas. 
Las esperanzas que le había dado el doctor hebreo 
le impidieron dormir. 
— ¿Como estás? le preguntó la joven con la dulzu- 
ra que le era característica. 
— Muy bien, mi querida Esther; parece que la sóla 
ida de recuperar el sentido que me falta ha dado la 
luz á mi espíritu. 
 — ¿En ese caso, te encontrarás con ánimos para que 
hoy te conduzca á nuestro jardín? 
858 EL JURAMENTO 
— Desde luego; no sólo me encuentro con ánimos,, 
sino que lo deseo ardientemente. 
¿Quieres que vayamos ahora? 
— Es demasiado temprano; me parece oportuna 
que esperemos á que los rayos del sol calienten más 
la tierra. 
— Gomo quieras, Esther; supuesto que tan espon- 
táneamente te has ofrecido á ser mi guía, no tengo 
más remedio que acatar tus órdenes. 
Mi deseo de salir al aire libre era por despejarme 
un poco la cabeza. 
Apenas he podido dormir. 
— Ni yo tampoco — añadió Esther. 
— ¿Tú tampoco? 
¿Acaso tenías alguna preocupación? 
De otra manera no se concibe. 
Yo no he dormido, porque las palabras del doctor 
me impresionaron tan vivamente, que prefería me- 
ditar en el momento en que viese de nuevo la luz á. 
consagrarme al descanso. 
— Lo creo, Garcés. 
— ¿Pero y tú, qué tienes? 
¿Acaso estás enferma? 
— No lo sé. 
— ¡Gomo! ¿Qué es lo que sientes? 
— Me sería muy difícil explicártelo. 
— Habla, habla con franqueza. 
¿No me consideras digno de tu confianza? 
— Sí, Garcés; pero me encuentro en unas condi- 
ciones tan anormales... 
DE DOS HÉROES. 859 

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