jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 870

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
 CAPÍTULO LXXXVIII 
Esperanzas halagüeñas 
Así transcurrieron algunos días. 
Nadie tan impaciente como un enfermo. 
Garcés empezaba á desesperarse, porque el doctor 
no había tratado ni una sola vez de separar de sus 
ojos el lienzo que los cubría. 
En cuanto á la joven hebrea, no se apartaba de él 
un instante, y esto era lo único que contribuía á que 
el paje sufriese su desgracia con alguna resignación. 
Ambos jóvenes solicitaron del viejo Jacob permiso 
para que Esther sirviera de modelo al Torrigiano, 
el cual fué obtenido inmediatamente. 
Verdad es que esto halagaba su natural amor 
propio de padre, y que por otra parte supo por los 
vecinos que Torrigiano era un honrado artista, que 
vivía consagrado á su trabajo y al amor que le ins- 
piraba su esposa. 
Todas las mañanas, después de la visita del mé- 
dico, dirigíanse Esther y el paje al taller del es- 
cultor. 
870 EL JURAMENTO 
La primera quedábase extasiada contemplando las 
esculturas del florentino. 
Este había empezado á labrar la santa Cecilia en 
mármol de Carrara. 
Garcés figurábase contemplar la escultura a cada 
golpe de cincel, y no cesaba de hacer preguntas al 
escultor con esa curiosidad característica de todos los 
ciegos. 
Una de las mañanas en que la hebrea se hallaba 
en el taller, acompañada del paje, y en que Torrigia- 
no se disponía á seguir su obra, resonó el golpe que 
la aldaba produjo en la puerta. 
El artista se apresuró á abrir. 
En el dintel apareció un bizarro mancebo, conocido 
entre la nobleza sevillana, no sólo por su donosura, 
sino por ser sobrino del arzobispo de aquella cindad, 
don Iñigo Manrique. 
Llamábase D. Juan, y ni la misma creación de 
Zorrilla superaba al joven en audacia y amoríos. 
— Mucho siento interrumpir vuestros trabajos — di- 
jo al artista — pero me conduce á esta casa un objeto, 
que únicamente vos podéis realizar. 
Torrigiano ofreció á Manrique un asiento, rogán- 
dole que dijera en qué podía considerarle útil. 
— Una mañana — prosiguió el joven— retirábame á 
mi palacio, cuando advertí que entraba la gente con 
profusión en la iglesia de San Pablo. 
La curiosidad, más que la fe, me obligó á hacer 
lo propio y dirigirme hacia uno de los altares, que 
era el que parecía llamar la atención de la multitud. 
DE DOS HÉROES. 871 
Os confieso que entonces pude comprender el ori- 
gen de tanta concurrencia. 
Sobre un pedestal veíase la imagen de una Con- 
cepción, cuya belleza me dejó absorto. 
Aquella escultura supe que era vuestra. 
— Con efecto, es mi última obra — respondió el ar- 
tista, con ese noble orgullo de ios hombres de genio. 
— Me aseguraron que la habíais esculpido por en- 
cargo de los franciscanos, y comprendiendo que ya 
no era posible su adquisición, formé el propósito de 
venir á vuestro taller, para rogaros que hicieseis una 
exactamente igual. 
Quiero que la escultura sea labrada en el mármol 
más hermoso que se conozca, la destino á mi tío el 
reverendo arzobispo D. Iñigo Manrique. 
Pedro Torrigiano se inclinó con respeto al escu- 
char este nombre. 
— Perfectamente: ¿y reclama mucha urgencia vues- 
tro encargo? 
— No, yo le concedo á vuestra arte la importancia 
que en realidad tiene, y no quiero, por lo tanto, po- 
neros trabas. 
Lo único que desearía es que me concedáis que 
venga á vuestro taller con alguna frecuencia, para 
ver la obra desde que la empecéis. 
— Lo que me pedís, en vez de ser un favor es una 
honra para mi persona. 
— ¿Necesitáis que os anticipe el valor de la escultura? 
— De ningún modo—respondió dignamente el ar- 
tista. 
872 EL JURAMENTO 
Lo único que podemos hacer es estipular su precio. 
— No es necesario. 
Afortunadamente mis arcas están llenas de oro, y 
con seguridad que no hemos de discutir por estos 
pormenores. 
— Sea como gustéis. 
Manrique examinó con detenimiento las estatuas 
que había en el taller, y luego fijó 
 sus ojos en la jo- 
ven hebrea. 
— ¡Precioso modelo! — exclamó. 
Sin embargo, esta joven no ha sido la que os ha 
servido para la Madona de San Pablo. 
Seguramente que no. 
Es demasiado niña. 
— ¿A quién copiasteis para la escultura que os he 
encargado? 
Debo advertiros que deseo que os sirva el propio 
modelo. 
— No os inquietéis. 
Os prometo que será una perfecta reproducción. 
El modelo está en casa. Es -mi esposa. 
— Perfectamente. 
Don Juan Manrique se despidió de Torrigiano, é 
inclinándose delante de la hebrea, salió del taller 
acompañado del primero. 
Junto á la puerta aguardaba su silla de manos. 
El bizarro doncel penetró en ella, dando orden á 
sus criados para que le condujeran á su casa. 
Veamos ahora cuáles era a sus propósitos al encar- 
gar al artista la escultura. 
DE DOS HÉROES. 873 
Manrique había entrado, con efecto, en la iglesia 
en unión de un amigo suyo, que era quien siempre 
le acompañaba á todas partes. 
Este amigo, por medio de la adulación y el servi- 
lismo, había llegado, no solamente á vivir á expen- 
sas de su capital, sino á hacerse acreedor á su con- 
fianza. 
Manrique contempló la escultura, y obedeciendo á 
sus inclinaciones mundanas, exclamó: 
— ¡Hermosa mujer!  
 Por admirar la belleza de la que sirvió de modelo, 
daría con gusto lo que haya podido pedir el artista 
por su trabajo. 
— No tendréis mucho empeño en conseguirlo — re- 
plicó el amigo de D. Juan. 
— ¿Por qué me lo dices? 
— Porque en ese caso, encargaríais que os hicieran 
ana escultura igual los buriles que esculpieron ésta, 
y como tendríais un perfecto derecho á penetrar en 
el taller cuando os acomodase, conoceríais á la bel- 
dad que os encanta. 
Manrique quedó pensativo. 
Luego prosiguió: 
— No te falta razón; pero lo primero de todo es 
averiguar quién es el artista que la ha labrado. 
— Eso corre de mi cuenta si persistís en vuestros 
propósitos. 
Accedió D. Juan, y al siguiente día supo que la 
estatua era debida al cincel de Pedro Torrigiano. 
Dos veces, pasando por debajo de las ventanas del 
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taller, consiguió ver á María y quedóse prendado de 
su hermosura. 
Si le agradó su efigie trasportada á la piedra, ¿có- 
mo no había de enloquecerle mucho más al ver á la 
gentil veneciana, cuyas facciones eran todo vida y 
movimiento? ' 
He aquí las razones por qué el sobrino del ar- 
zobispo, que no respetó nunca la santidad del hogar 
ajeno, había visitado á Pedro Torrigiano. 
Más tarde verán nuestros lectores los fatales resul- 
tados de haberse introducido en aquella casa. 

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