jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -878

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
 ESPAÑA 
 EDICION DEL AÑO DE 1889
 Pocos momentos después de salir D. Juan del ta- 
ller del artista, la hija de Jacob y el paje Garcés se 
dirigían á la suya. 
El escultor deseaba empezar la nueva obra. 
Jacob los esperaba con impaciencia. 
— Hijos míos — les dijo— tengo que comunicaros 
una buena noticia. 
Me han encargado mucho que la guarde en secre- 
to, pero no puedo reprimirme. 
— ¿Qué sucede, padre mío? preguntó Esther albo- 
rozada antes de saber de lo que se trataba. 
— El doctor me ha dicho que pasado mañana le- 
vantará el aposito que cubre tus ojos. 
— ¡Santo Dios, será cierto!— exclamó el paje. 
— El médico me ha prohibido que os lo comuni- 
que, como ya os he dicho, porque quiere propor- 
cionaros una sorpresa; ¿pero á qué dilatar la ven- 
tura? 
— Es verdad, padre mío, á qué dilatarla. 
DE DOS HÉROES. 875 
En el semblante de Garcés brilló la alegría. 
Sin embargo, sus facciones adquirieron súbita- 
mente una expresión amarga. 
— ¿Qué te sucede? — preguntó Esther, que advertía 
hasta sus menores movimientos. 
— ¡Ay, amiga mía; deseo que llegue ese instante y 
al propio tiempo me inspira pavor. 
— ¿Por qué? 
— Si ai apartar esta venda advirtiera de nuevo las 
sombras que ahora me rodean... 
— ¡Quién piensa en semejante cosa! — añadió Ja- 
cob: — el médico me ha asegurado que recuperarás la 
vista, y no es hombre que se equivoca tan fácilmente. 
— ¡Qué contenta estoy, padre! decía Esther dan- 
do saltos como puede hacerlo un niño cuando le re- 
galan el juguete que más excita su deseo. 
— ¡Y ahora que se preparan en Sevilla tantas fies- 
tas! — continuó Jacob, estregándose las manos con ale- 
gría. 
— ¿Va á haber fiestas en la ciudad? 
— Ya lo creo. 
— ¿Con qué motivo? 
— ¿Acaso ignoras que la magnánima reina Isabel 
y su esposo deben instalarse en Sevilla por una tem- 
porada? 
— Lo ignoraba. 
— Pues la reina quiere que su alumbramiento ten- 
ga lugar aquí. 
Con este motivo habrá iluminaciones y torneos, y 
todo lo podrá ver el enfermo. 
876 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Y el hebreo estrechó entre sus brazos al paje, que 
se hallaba radiante de gozo. 
— ¿Conque os ha dicho que pasado mañana? 
—Sí. 
— ¡Ah, santo Dios! — pensó Garcés — cuan grande 
eres; yo te juro que si me concedes de nuevo gozar 
del beneficio de la vista, he de hacerme el más vir- 
tuoso de los hombres, no teniendo más objeto que 
procurar una recompensa para esta bendita familia. 
— Mira por dónde vas á conseguir que tus ojos 
vean la escultura que está haciendo D. Pedro. 
— Es verdad, y sobre todo lo que tantas veces te 
he dicho, ver el original, que eres tú. 
Aquel día el goce se esparció por todos los corazo- 
nes de los individuos de aquella casa. 
Ninguno dudaba que se cumpliesen las profecías 
del doctor hebreo. 
CAPITULO LXXX1X. 
Donde Manrique empieza a descubrir 
sus aviesos propósitos. 
Al siguiente día de recibir Garcés tan halagüeñas 
esperanzas, dirigióse, como de costumbre, acompa- 
ñado de Esther, á la casa de Torrigiano. 
Éste había salido con objeto de adquirir el már- 
mol para la obra que le había encargado el sobrino 
del arzobispo. 
Así se lo manifestó á los jóvenes la virtuosa María, 
rogándoles que le esperasen, pues su ausencia sería 
muy breve. 
Esther y el enfermo sentáronse junto á ella. 
— Parece que hoy tienen vuestras facciones más 
animación — dijo contemplando á Garcés. 
— ¿Y cómo no, si brilla en ellas la esperanza? — res- 
pondió la hebrea. 
Mañana es el día definitivo. 
El doctor levantará el aposito que cubre sus ojos. 
— ¡Ah! Ya comprendo entonces su alegría. 
¿Y qué se promete el doctor? 
-878 EL JURAMENTO 
— Augura los mejores resultados. 
— Mucho lo celebro. 
Aunque hace muy poco que os he tratado, os pro- 
feso una verdadera amistad. 
Esther se sonrió cambiando un beso con la esposa 
del artista. 
— ¿Dónde ha ido D. Pedro? — preguntó el paje. 
— Ya recordarás que la pasada tarde, cuando esta- 
bais aquí, se presentó un caballero encargando á mi 
esposo que hiciese una reproducción de la Virgen que 
ha hecho para los frailes franciscos. 
— Con efecto, lo recuerdo. 
— Pues ha ido á comprar el mármol. 
— Ya me extrañaba que no estuviese á vuestro lado. 
— Únicamente un motivo como ese podía alejarle 
de aquí. 
— ¡Bien pocas veces sale del taller! 
— ¿Y dónde mejor puede pasar la vida? — dijo el pa- 
je. — Aquí encuentra las caricias de un ángel y se 
aproxima á la cumbre de la gloria. 
— ¡Ah! No lo sabes bien — añadió la joven hebrea: — 
cuando puedas apreciar por tus ojos la hermosura de 
nuestra amiga, será cuando comprenderás que no 
exageraste al compararla con los serafines del cielo. 
— ¿En ese caso, con qué te comparas tú? — preguntó 
la esposa del artista. 
— Yo, señora, no valgo nada. 
— Eso yo lo juzgaré dentro de algunas horas, si 
Dios quiere devolver la luz á mis ojos. 
En aquel instante llamaron á la puerta. 
DB DOS HÉROES. 879 
— ¿Llaman?— preguntó el ciego. 
—Sí— respondió María, — sin duda alguna es Pedro 
que vuelve. 
La veneciana se levantó, saliendo de la estancia. 
Abrió la puerta, y pudo convencerse de que se ha- 
bía engañado. 
Era D. Juan Manrique. 
— ¿Está Torrigiano? preguntó á la joven, clavando 
en ella sus negros y expresivos ojos. 
— No, señor, precisamente ha salido hace poco 
para adquirir los materiales que necesita para em- 
pezar vuestra obra. 
— Muy bien ¿Sabéis si su ausencia será larga? 
— Creo que no. 
— En ese caso voy á pediros un favor, si no hay 
inconveniente en que mis pretensiones se realicen. 
— ¿Qué deseáis? 
— Esperarle. 
De este modo podré ver el mármol en que va á 
labrar la escultura. 
— No hay inconveniente, pasad. 
El hidalgo obedeció. 
Un instante después entraba en la estancia donde 
se hallaban Esther y el paje. 
María suplicó al joven que tomase asiento. 
Éste, antes de aceptar, estuvo contemplando las 
pequeñas esculturas que en el taller había. 
— No puede negarse que es un artista, exclamó. 
Y luego dijo en voz baja, para que no fuese escu- 
chado más que por la veneciana. 
880 EL JURAMENTO 
—Verdad es que si yo poseyese un modelo como 
el suyo, creo que también me elevaría en alas de la 
inspiración. 
La veneciana creyó que aquellas frases aludían á 
Esther. 
— Con efecto — dijo — es una joven encantadora; 
pero debo advertiros que no se ha prestado á servir 
de modelo más que durante la obra que ahora le 
ocupa. 
— No os comprendo — respondió Manrique. 
— ¿Acaso no os referís á esa niña? 
— No; me refiero á vos, que sois mucho más en- 
cantadora. 
María bajó los ojos y sus mejillas se ruborizaron.  ¿Hace mucho que tiene la fortuna de llamaros 
su esposa? 
— No, señor. 
— ¿De manera que todavía os halláis en ese perío- 
do en que vuestros corazones se comprenden? 
— Caballero — repuso la interpelada con acento dig- 
no — yo creo que ese período no acaba nunca cuando 
una mujer honrada se une por los sagrados lazos del 
altar con un hombre tan bueno como mi marido. 
— Eso debiera ser, pero desgraciadamente ocurre 
lo contrario con alguna frecuencia. 
María no quiso entablar discusiones con el hidal- 
go, y procuró que la conversación se hiciese general. 
Sin embargo, Manrique hizo por evitarlo. 
— ¿Te infunde confianza ese hidalgo? — preguntó el 
paje á su compañera. 
DE DOS HÉROES. 881 
 — ¿Por qué? 
— Te hago esta pregunta por mera curiosidad. 
— Es tan difícil juzgar á una persona en tan breves 
instantes... 
Sin embargo, si he de ser explícita, te diré que le 
encuentro jactancioso, y que existe en él algo inex- 
plicable que le hace repulsivo. 
— Yo no he podido apreciarle como tú, pues no he 
visto su rostro, y aseguran que este es el espejo del 
alma, pero... 
— ¿Opinas como yo? 
— Exactamente. 
Es más, me atrevería á asegurarte que el objeto 
que á esta casa le ha conducido no es la admiración 
que por la escultura siente. 
— ¿Cuál entonces? 
— Tal vez un deseo más mundano que el que ins- 
piran las artes. 
Esther contempló al ciego. 
Luego encogióse de hombros, significando con es- 
te movimiento que no comprendía las palabras de 
su compañero. 
Era su alma demasiado pura para adivinar los 
torpes propósitos del hidalgo. 
— ¿Sale con frecuencia de casa vuestro esposo? — 
preguntaba entretanto Manrique. 
— No, señor, es muy rara la vez que la aban- 
dona. 
— ¿Siempre trabajando? 
— ¡Qué remedio! 
111 
882 EL JURAMENTO 
Los que no poseemos bienes de fortuna no tene- 
mos más solución que hacerlo así. 
— ¿Y cómo vos tan hermosa y tan joven habéis 
unido vuesta existencia con la de un artista tan hu- 
milde? 
— ¿Qué os extraña? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario