jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES - 893

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889
 DE DOS HÉROES. 893 
— Te aflige nuestra posición, que no puede ser más 
humilde. 
¿No es verdad que algunas veces, sobre todo cuan- 
do te quedas sola, te acuerdas del palacio de tus 
padres, aquella encantadora mansión arrullada por 
las ondas del Adriático? 
¿No es cierto que echas de menos tus pasadas 
grandezas? 
— Calla, Pedro, yo te lo suplico. 
¿Pueden compararse esas grandezas con la del ge- 
nio que Dios concedió á tus cinceles? 
— ¿Entonces por qué has llorado? 
— Pues bien, te lo diré para que no hagas inter- 
pretaciones que me acusan el desconocimiento que 
tienes de mí. 
He estado hablando con Esther y el enfermo. 
Mañana levantan la venda que cubre los ojos del 
segundo. 
Las risueñas esperanzas, y su fe en recuperar la 
vista, me han hecho llorar, pero mis lágrimas han 
sido de alegría. 
Torrigiano abrazó á su esposa. 
— ¡Qué buena eres! — exclamó. 
Y luego acercóse á una pequeña mesa, sobre la 
que tenía los instrumentos de su arte, y le dijo: 
— Mañana me traerán la piedra, es preciso por lo 
tanto que madruguemos para empezar los trabajos. 
— ¿Insistes en labrar la Concepción? 
— Desde luego. 
— ¿Y que yo sea tu modelo? 
894 ÉL JURAMENTO 
—¿Acaso han germinado de nuevo en tu mente tus 
pasadas manías? 
— Sí, Torrigiano, si es que me amas, yo te ruego 
que me complazcas. 
Será un capricho, pero... 
— ¿Pero no comprendes que es un capricho que 
nos cuesta muy caro? Reflexiona que no podemos 
desperdiciar los encargos que me hacen. Nos pesaría 
después. 
— No lo creas. 
Dios no desampara nunca á los hombres, y si re- 
nuncias á hacer ese trabajo, otros más lucrativos se 
presentarán. 
— María, no puedo complacerte. 
He dado mi palabra, y fuerza es cumplirla si he 
de seguir pasando por honrado y formal. 
La veneciana inclinó la cabeza sobre el pecho con 
gran tristeza. 
Comprendió que no era oportuno insistir en una 
negativa que podía despertar en el artista sospechas 
de lo que en realidad había ocurrido. 
— ¡Santo Dios! — exclamó en voz baja — bien sabes 
tú lo que he tratado de evitar que ese hombre tuvie- 
se un pretexto para venir á esta casa. 
¡Ahora cúmplase tu voluntad divina! 
A la siguiente mañana, apenas brillaron los pri- 
meros albores del día, Pedro abandonó el lecho para 
empezar la escultura que D. Juan le había encargado. 
Nunca pudo encontrar el artista un modelo más 
sublime que su mujer. 
DE DOS HÉROES. 895 
Las facciones de la veneciana recordaban en aque- 
llos instantes las de la Madre de Cristo cuando le 
contemplaba sobre el sagrado leño. 
Torrigiano estaba alegre. 
Su alma noble no podía sospechar las causas 
que habían inducido á su joven esposa á pedirle que 
no reprodujese sus facciones en la escultura que el 
sobrino del arzobispo le había encargado. 
CAPITULO XCI. 
Un día feliz. 
Dejemos por ahora al escultor trabajando en su 
taller, y pasemos á la vivienda del viejo Jacob. 
Garcés no había podido conciliar el sueño en toda 
la noche. 
La impaciencia de que llegase la hora prefijada 
por el doctor rayaba en locura. 
Unas veces quedábase serio y meditabundo, te- 
miendo que se disipasen sus más queridas ilusiones. 
Parecíale otras que, á través del lienzo que cubría 
sus ojos, contemplaba vivas fosforescencias ó rutilan- 
tes destellos del sol. 
Habíale recomendado mucho el médico que aquel 
día le aguardase en el lecho. 
Garcés tuvo que desplegar toda su fuerza de volun- 
tad para cumplir esta prescripción. 
— ¡Ah!— exclamaba. — Los hombres de ciencia son 
inexorables y crueles con los enfermos. 
¡Es tan distinto marcar un régimen que ha de 
cumplir otro, á ponerlo en práctica para sí mismo! 
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898 EL JURAMENTO 
Estas consideraciones se hacía el paje, cuando es- 
cuchó el leve rumor que producían los pasos de 
Esther. 
La joven se aproximó al enfermo. 
— ¿Cómo estás? — le preguntó con su voz dulce co- 
mo las vibraciones de un arpa. 
— Desesperado — respondió el paje. 
— Pues cómo, ¿acaso vas á perder la paciencia 
cuando tan pocos instantes quedan para que llegues 
á la cumbre de tus deseos? 
— ¿Pero y si no llego á escalarla? 
— Qué desconfiado eres. 
¿No te ha dicho mi padre que el médico asegura 
que los resultados han de ser satisfactorios? 
—¿Y si el médico se equivocase? 
— No es posible; mis oraciones han sido tan fer- 
vientes, que de seguro han llegado á Dios. 
— Es verdad; tú eres un ángel, y las habrá oído. 
— Quizás tengo yo mayores motivos para estar 
triste. 
— ¡Tú, Esther! 
¿Qué motivos pueden apenarte? 
— Muchos — respondió la joven. 
— ¿Qieres explicármelos? 
— ¿Por qué no? 
¿Acaso no eres mi mejor amigo, y digno por lo 
tanto de toda mi confianza? 
— Habla, pues. 
— Me preocupa una idea. 
Yo no dudo un solo instante que la luz vuelva á 
DE DOS HÉROES. 899 
tus ojos, y temo que al fijarlos en mí no me encuen- 
tres tan hermosa como supone tu imaginación. 
— ¡Qué niña eres! 
— Tantas veces me has ponderado mi 
 mi belleza sin 
haberla visto jamás, que temo que luego te parezca 
un reflejo pálido de lo que suponías. 
— Calla, Esther; tengo la seguridad de que no es 
así. 
Pero ahora voy á hacerte á mi vez una pregunta. 
Cuantas quieras. 
— ¿Por qué sentirías que te hallase fea? 
La joven inclinó la cabeza y no supo qué res- 
ponder. 
Garcés insistió en la pregunta. 
— Lo sentiría — dijo la joven, — porque yo quisiese 
parecerte la más hermosa de las mujeres. 
— ¿A qué ese exclusivismo? 
— Lo ignoro. 
Quizás es que temo que entonces seas más amigo 
de otra que hoy lo eres mío. 
— Calla, pobre Esther, yo no puedo amar á nin- 
guna lo que á ti. 
Las condiciones en que me hallo, la enfermedad 
que me ha postrado en la más profunda tristeza, me 
han impedido demostrarlo; pero yo te juro que si 
recupero la vista, he de ser mucho más cariñoso 
contigo que lo fui hasta hoy. 
— ¿De veras? — preguntó la joven con alegría. 
— Desde luego. 
Entonces podré trabajar y hacerme digno de ti. 
900 EL JURAMENTO 
— ¡Ah, Garcés, no me digas eso! Tú siempre has 
sido digno de poseer un corazón que tanto te adora. 
El paje sentíase transportado á las regiones de la 
felicidad. 
Aquel era tal vez el día más grande de su exis- 
tencia. 
No sólo iba á recuperar la vista, sino que la luz 
del amor penetraba en su alma. 
Extendió sus brazos, y tomando entre ellos la linda 
cabeza de Esther, la oprimió contra su pecho. 
Luego acercó sus labios calenturientos á los de la 
joven, y escuchóse en la estancia el rumor de un 
beso. 
Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un pudo- 
roso carmín. 
— Te amo — balbucearon sus labios — y un leve es- 
tremecimiento agitó su ser. 
Una idea súbita, como el rayo que desciende desde 
la nube á las entrañas de la tierra, cruzó por la ima- 
ginación del paje. 
El doctor había dicho que aquel día era el defini- 
tivo para saber los resultados de su curación ó de su 
desgracia. 
¿Qué significaba una hora más ó menos para le- 
vantar el aposito? 
En cambio aquellos sesenta minutos eran un siglo 
para el que aguardaba con la impaciencia que él. 
Había sentido entre los suyos los labios de la he- 
brea, cuyo roce fué tan sutil como el de la brisa pri- 
maveral que apenas columpia las flores, la había es- 
DE DOS HÉROES. 901 
trechado entre sus brazos y no podía contemplarla. 
En una palabra, Garcés sentía la felicidad, pero 
sin verla. 
Rechazó levemente á la joven, y sin cuidarse de 
quitar el nudo del lienzo que cubría sus ojos, se lo 
arrancó con mano trémula. 
Esther lanzó un grito.
 Tan rápido había sido el movimiento, que no 
pudo evitarlo. 
El paje palideció. 
Torrentes de luz se esparcían á su alrededor ahu- 
yentando las densas tinieblas que durante tanto tiem- 
po le habían envuelto. 
Tan brusca fué la sensación, que tuvo necesidad 
de cerrar los ojos. 
— Esther, amada mía — le dijo—bendito sea Dios 
que me permite gozar de nuevo del don más hermo- 
so que poseemos los hombres. 
Un momento después abrió de nuevo los ojos y 
los clavó en la hebrea. 
— ¡Ah! — exclamó sonriéndose, no sé lo que me 
produce más daño, si los resplandores del sol ó los 
destellos de tu hermosura. 
Esther se arrojó en los brazos del paje. 
— ¿De verdad me encuentras bella? 
—Tanto como deben serlo los ángeles. 
No era posible otra cosa. 
Un alma como la tuya tenía que reflejarse en tu 
rostro. 
— Pero oye, amado mío— dijo la hebrea, cautiva 
902 EL JURAMENTO 
con la expresión que habían adquirido las pupilas del 
joven — convendría que te cubrieses de nuevo con esa 
venda. 
— ¿Para qué? 
— Temo que la luz te perjudique. 
— No, Esther, no me prives de la felicidad de 
verte. 
— ¿Y si el doctor se enojase? 
— No lo creas, el doctor es hombre de talento, y 
disculpará mi impaciencia. 
— Ahora voy á llamar á mis padres y á Ezequiel. 
¡Ah! Ya verás cuan inmensa va á ser su alegría! 
¡Han llegado á quererte como si fueses hijo suyo! 
— Dios los bendiga. 
Disponíase la hebrea á salir de la estancia con ob- 
jeto de ser la primera que comunicase la noticia, 
cuando el paje la detuvo. 
— Ven, no te marches. 
— ¿No quieres que haga lo que te he dicho? 
Mis padres van á volverse locos de alegría. 
— Antes déjame que te contemple á solas. 
Esther se aproximó. 
 Cuan felices se sentían! 
¡Ambos eran jóvenes y hermosos! 
Parecían haber nacido el uno para el otro. 
Un instante después escucháronse en la estancia 
contigua rumores de voces y de pasos. 

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