lunes, 23 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -979

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889 
El amigo de mi padre no puede, sin embargo, mi- 
rar con calma la ingratitud que con nosotros tienen 
los cristianos. 
¿Acaso no fuimos los que desinteresadamente faci- 
litamos recursos para el mantenimiento de las tropas 
que tratan de apoderarse del territorio sarraceno? 
¿No fuimos los que engrandecimos la agricultura 
y el comercio? 
En una palabra, ¿no hemos sido el manantial de 
la riqueza á cambio de que nos dejasen permanecer 
en este país? 
El viejo Samuel, indignado por la conducta de los 
ingratos, opina, como mis padres, que debemos emi- 
grar. 
También nos acompaña el médico que te restitu- 
yó la vista. 
El debe pretextar un viaje temporal, y será porta- 
dor de nuestras riquezas. 
En cuanto á nosotros, saldremos difrazados, apro- 
vechando las sombras de la noche. 
Todavía ignoro hacia qué parte del mundo nos 
dirigiremos, aunque mis padres demuestran inclina- 
ción hacia la parte septentrional de África. 
¿Vendrás con nosotros? 
Hace algún tiempo que el autor de mis días re- 
clamaba de ti lo que hoy no puede exigirte. 
Entonces nos hallábamos en un período de tran- 
quilidad, y nuestra situación era próspera. 
Hoy somos unos pobres desterrados, en quien se 
cumple la profecía. 
978 EL JURAMENTO 
Raza nómada, pueblo infeliz que vivirá errante 
por los siglos de los siglos. 
La pobre hebrea que tanto te ama, te suplica que 
vengas con nosotros. 
Garcés quedó pensativo. 
— ¿Qué piensas? — preguntó Esther. — ¿Acaso vaci- 
las en aceptar mis proposiciones? 
— Sí, vacilo, ¿por qué he de negártelo? 
— -¿Tan poco me amas? — preguntó la joven, mien- 
tras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. 
— No es eso. 
Yo te amo con toda mi alma, pero existen podero- 
sas razones para que me niegue á hacer lo que me 
pides. 
— Dímelas. 
— Tu padre deseaba que yo no volviese á vivir 
bajo vuestro mismo techo hasta que hubiera adqui- 
rido medios de fortuna que me hicieran acreedor A
poseer tu mano. 
Hoy la desgracia os obliga á salir de esta ciudad, 
pero como acabas de decirme, no pobres, no arrui- 
nados, sino tan poderosos como pudierais serlo antes. 
Ese viejo Samuel se encarga de salvar vuestra for-^ 
tuna. 
Sólo necesitáis desprenderos de la casa donde tan 
dichosos vivimos una breve temporada. 
Si conseguís llegar á África, allí seréis bien recibi- 
dos, y podéis entrar de nuevo en posesión de vuestra 
industria y vuestros trabajos. 
Esto es, volvéis á ser, no la raza que despiertan 
 DOS HÉROES. 979 
odio, sino los honrados mercaderes á quien todos 
respetan. 
¿Qué hago yo entonces? 
Hallaríame en un país desconocido, donde había 
de tener necesariamente menos medios, no ya de al- 
canzar riquezas, sino de procurarme un pedazo de 
pan. 
—No, Garcés, yo te aseguro que mi padre no se 
negará á que nos unamos; serás mi esposo y corre- 
rás nuestra misma suerte. 
— Nunca: yo le he prometido que volveré á su casa 
cuando haya mejorado mi posición, y quiero cum- 
plirle mi ofrecimiento. 
— ¿De modo que prefieres separarte de mí? 
— Esa idea me desgarra el alma, pero no hay más 
remedio. 
— En ese caso, tú serás responsable de las desven- 
turas que puedan sobrevenirme. 
— ¿Por qué? 
— Porque sin ti no consentiré en alejarme de Se- 
villa. 
— Eso es una locura. 
— Será lo que quieras, pero me quedo á tu lado. 
Entre las torturas de la ausencia, ó las que puedan 
darme los inquisidores, opto por las segundas. 
¡Ah! E los no pueden más que destrozar mi carne 
y arrojar mi cuerpo á la hoguera! 
¡Ellos me arrancarían la vida; pero tú, ingrato, me 
arrancabas el alma, dejándome la existencia para 
llorar y para sufrir! 
980 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
— Cálmate, Esther, lo que me propones merece 
que se recapacite con calma. 
— Yo la tendría si me prometieses darme una res- 
puesta definitiva. 
— Te lo prometo. 
En los labios de la hebrea se dibujo una sonrisa. 
Creía haber triunfado de la obstinación de Garcés. 



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