lunes, 23 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES 984

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIANCASTELLANOS
ESPAÑA
1889
 CAPITULO C. 
Un golpe en vago. 
Pocos momentos después el paje salía de aquella 
casa. 
Veamos ahora cuáles eran los móviles que le in- 
ducían á negarse á las pretensiones de la hebrea. 
Garcés no podía dominar sus malos instintos. 
Hemos visto desde la presentación de este perso- 
naje, que era susceptible de cualquier infamia, y que 
únicamente la breve temporada que estuvo ciego fué 
cuando sus ideas malévolas se modificaron por el 
infortunio. 
Sin embargo, cuando la luz volvió á brillar en sus 
ojos, no parecía sino que las sombras que antes le 
rodeaban se habían concentrado en su alma de 
hielo. 
El paje, además de las malas cualidades que le do- 
minaban, era veleidoso. 
La posesión de Esther, lejos de aumentar su amor 
hacia ella empezaba á debilitarse, y en más de una 
ocasión había pensado que, si algún día lograba en- 
982 EL JURAMENTO 
riquecerse, admitiría á la joven como manceba, pero 
jamás como esposa. 
Lo que la hija de Jacob le exigía era verdadera- 
mente comprometido. 
Garcés no ignoraba que los hebreos eran objeto de, 
una espantosa persecución, y que todos aquellos que 
se contaminasen con sus ideas sufrirían los mismos 
castigos y las mismas vejaciones. 
Tal vez lo único que le causaba espanto era la In- 
quisición. 
— Esther — pensaba el joven — imagina que porque 
salgan de la ciudad amparados por la sombra de la 
noche, no van á ser sorprendidos por los cuadri- 
lleros. 
Yo creo, por el contrario, que se encuentra en un 
gravísimo error. 
Lo conveniente es que me separe de ellos, puesta 
que sólo pueden originarme compromisos. 
Si fray Tomás Torquemada supiese que yo asisto 
diariamente á la casa de unos hebreos, es posible que 
me llevase al Quemadero, ó me escomulgase como
ha hecho con otros. 
Procuraré convencer á mi amada, para que desis- 
ta de sus propósitos y se marche con sus padres al 
África septentrional. 
Tiempo me queda de buscarlos allí si algún día la 
suerte se presenta adversa. 
Mientras Garcés hacía estas consideraciones, había 
llegado á la hostería donde acostumbraba á ver á 
don Juan Manrique. 
Este se hallaba ya en el establecimiento. 
—Buenas tardes, D. Juan — le dijo el paje. 
— Mucho celebro que hayas venido. 
— ¿Me necesitáis para alguna cosa? 
—Sí. 
— Pues en ese caso hablad, pues ya sabéis que 
estoy á vuestras órdenes. 
— ¿Has vuelto á la casa de Torrigiano? 
— No, señor, desde la noche que me enviasteis no 
he vuelto. 
— Pues deseo que hoy lo verifiques. 
— ¿Con qué pretexto? 
— Para visitarlo no creo que necesitas ninguno; 
pero como lo esencial es que obligues al escultor á 
que salga, es necesario buscar alguno. 
— A eso se refería mi pregunta. 
En fin, dejadlo á mi encargo. 
Yo le haré salir. 
— ¿Esta misma noche? 
— Cuando gustéis. 
—Perfectamente. 
— Debo advertiros que ahora no debéis tener el 
menor reparo en penetrar por la ventana que cae 
sobre el jardín de los hebreos. 
— Es natural. 
Estos habrán emigrado. 
— Por lo menos no permanecen allí. 
— Y á propósito de esa familia, ¿estarás muy tris- 
te con las desgracias que afligen á Esther? 
El paje se encogió de hombros. 
984 EL JURAMENTO 
Manrique le miró atentamente. 
— Eres una gran adquisición para poner en prácti- 
ca cualquier empresa, por comprometida y criminal 
que sea. 
— Señor — respondió el paje — estoy convencido de 
que en este mundo no existe más que una verdad, y 
esa es el oro. 
— ¡Ah, perillán, me parece que esa frase la dices 
para recordarme que todavía no te he hablado de la 
recompensa que mereces por el servicio de esta 
noche. 
— No lo creáis, cuando tengo seguridad en que 
han de pagarme no me inquieto. 
— Sin embargo, toma un bolsillo con igual canti- 
dad al que te entregué, y aunque afirman que paga 
adelantada es paga viciosa, yo quiero demostrarte 
también la confianza que me inspiras. 
El paje guardó el bolsillo. 
— Respecto á la advertencia que me has hecho, 
debo decirte que no puedo utilizar en esta ocasión la 
ventana de la casa de Torrigiano aunque se encuen- 
tre desierta la casa de los judíos. 
— ¿Por qué? 
¿No comprendes que la esposa del escultor tendrá 
mucho cuidado en que permanezca cerrada durante 
las ausencias de su marido? 
— Tenéis más razón que un párroco cuando predi- 
ca, señor de Manrique. 
— Ahora apelaré á cualquier nuevo ardid. 
— Que con seguridad no os faltará. 
DB DOS HÉROES. 985 
— Es necesario que esta noche consiga la realiza- 
ción de mis deseos. 
Tal vez es María la única mujer que se ha resisti- 
tido á mis proposiciones, y esto contribuye á aumen- 
tar mi pasión. 
— No lo dudo — respondió el paje; — de seguro que 
si Esther hubiese observado conmigo igual conducta, 
no sería yo quien estuviese tan en el uso de mi razón. 
Nada nos estimula al deseo como las dificultades. 
Media hora después, Manrique y el paje se sepa- 
raban. 
Cuando llegó la de la cita, Garcés dirigióse á la 
morada del escultor. 

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