miércoles, 25 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 991

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ÉSPAÑA
1889 
Indescriptible fué la sorpresa que experimentó la 
veneciana al encontrarse en presencia de Manrique. 
Apeló á los recursos de la energía y de la súplica 
para que saliese de allí, pero todos sus esfuerzos fue- 
ron vanos. 
Don Juan, fiel á sus palabra, le dijo que disponía- 
se á llamar con objeto de ver al artista, pero que ha- 
biendo sentido rumor de pasos esperó. 
— Mi alegría no tuvo límites, cuando vi que era el 
paje Garcés. 
Aunque éste no había podido contemplar mi ros- 
tro por la dolencia que le afligía, conocióme por el 
el acento, y cuando supe que vuestro esposo no se ha- 
990 EL JURAMENTO 
liaba en la casa, me apresuré á entrar para haceros 
mi última súplica. 
— Vuestra insistencia es inútil. 
Sois un miserable y jamás cederé á las torpes pro- 
posiciones que osáis hacerme. 
— Tened en cuenta que estamos solos, y que sois 
una débil mujer. 
— Antes consentiría arrancarme la existencia. 
— ¿Pero tanto le amáis? 
— Con toda mi alma. 
Salid pues, yo os lo ruego. 
Torrigiario no puede tardar en volver. 
¿Qué diría si os encontrase aquí? 
Tal vez imaginase que le era perjura. 
— María, no me marcho. 
Ya comprenderéis que vengo decidido á que con- 
cluyan vuestros desdenes. 
—¡Pero si no es posible! 
Partid, partid, os lo suplico. 
Y la veneciana tomó la lámpara que ardía sobre 
la mesa, indicándole la salida. 
— Os repito que todo es inútil. 
— ¡Ah! ¿luego sois tan villano que queréis mi per- 
dición y tal vez la vuestra? 
— No, yo nada temo. 
— Parece imposible que os atreváis á blasonar de 
noble. 
— Compadeced al que os ama. 
— No, lo que sentís no merece ese sagrado nom- 
bre. 
DE DOS HÉROES. 991 
No confundáis el amor que respeta y purifica, con 
los bastardos deseos del vicio. 
Por última vez os ruego que salgáis de mi casa. 
Don Juan, por toda respuesta, se aproximó á la 
veneciana. 
Esta retrocedió. 
Los ojos del hidalgo centelleaban por el deseo. 
En aquel instante llegó á sus oídos el crujido de 
varias espadas al chocarse. 
Manrique se estremeció. 
María, sospechando que á su esposo le ocurriese 
alguna desgracia, cayó desplomada sobre el pavi- 
mento. 
El joven le dirigió una mirada codiciosa, pero 
comprendiendo que no era ocasión ni de auxiliarla, 
abrió rápidamente la vidriera de la ventana y des- 
cendió por ella ai jardín. 
El choque que producían los aceros había cesado. 
Manrique asióse á la tapia, y escalando por los 
desconchados de ella logró encontrarse en la calle. 
Esta se hallaba desierta. 
No sabiendo qué partido tomar ni darse una ex- 
plicación de lo que había pasado, aventuróse por 
una de las callejas vecinas. 
— Don Juan, le dijo Garcés, que permanecía oculto 
entre las sombras de la noche. 
— ¿Qué ocurre, muchacho? 
— Estaba inquieto por vos. 
Afortunadamente veo que habéis podido huir. 
— ¿Y mi escudero? 
992 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
— Vuestro escudero ha recibido una herida en la 
diestra, é ignoro por dónde habrá apelado á la fuga. 
— Dime, dime cuanto ha ocurrido. 
El paje manifestó al hidalgo la conveniencia de 
que dejasen aquellos lugares, temiendo que la ronda 
hubiese advertido la refriega. 
Un instante después ambos entraban en una hos- 
tería. 
CAPITULO CI 
La estatua rota. 
Un tanto serenado Garcés de las emociones que 
acababa de experimentar durante la lucha, se dispu- 
so á referir á D. Juan cuanto había ocurrido. 
— Fiel á lo que me mandasteis — comenzó — me in- 
corporé al escudero, á quien no tuve necesidad de 
manifestar vuestros propósitos, supuesto que ya se 
los habíais comunicado. 
Apenas había trascurrido un cuarto de hora cuando 
apareció en la calleja un encubierto. 
Le examiné y comprendí que era el escultor. 
Entonces vuestro escudero y yo desnudamos las 
espadas y Torrigiano hizo lo propio, pidiendo con 
acento varonil que le dejáramos el paso libre. 
Excuso deciros que nos hallábamos dispuestos á 
lo contrario.
 Entonces el artista, que se conoce que maneja el 
acero tan bien como los cinceles, cayó sobre nosotros 
como un rayo. 
Del primer cintarazo desarmó á vuestro escudero 
994 EL JURAMENTO 
infiriéndole una herida en la diestra, como os he di- 
cho. 
Luego arremetió conmigo, y os confieso ingenua- 
mente que si no apelo á la fuga á estas horas sería 
cadáver. 
Ese hombre es una fiera. 
Bien se advierte que antes de consagrarse á una 
existencia tranquila ha andado á cintarazos en su 
país con todo el que lo reclamaba. 
— Afortunadamente, cuando él haya entrado ya 
estaba yo fuera del hogar. 
— Pero eso no os excluye de graves digustos. 
— ¿Por qué? 
— ¿Imagináis que María no le referirá cuanto ha 
ocurrido? 
— Creo que no. 
Conoce el carácter impetuoso de Torrigiano, y no 
querrá proporcionarle compromisos que de seguro 
había de tener tratándose de mí. 
Dejemos por ahora á D. Juan y al paje, y veamos 
lo que había ocurrido en la casa de Torrigiano. 
Este, apenas consiguió ahuyentar á Garcés y al 
escudero del hidalgo, abriéndose paso hasta su casa, 
subió rápidamente las escaleras , temiendo que la 
ronda le sorprendiese, lo que hubiera sido muy gra- 
ve en las críticas circunstancias por que atravesaba 
la ciudad. 
Inmediatamente llamó á la puerta. 
Nadie le respondió. 
Palidecieron las mejillas de Torrigiano al advertir 
DE DOS HÉROES 995 
aquel silencio, y ya se disponía á apelar á la ayuda 
del escaso vecindario, cuando recordó que no era di- 
fícil penetrar por la ventana que caía sobre el jardín 
de los hebreos. 
En seguida puso en práctica su plan. 
 Un secreto presentimiento agobiaba su alma. 
El artista saltó la tapia, y aferrándose al marco de 
madera que guarnecía la ventana hizo una flexión 
y penetró en su casa. 
Un ronco gemido se escapó de su pecho al ver á 
su esposa tendida en el pavimento. 
Acercóse á ella creyéndola herida ó muerta y la 
sentó sobre sus rodillas. 
Después de un detenido examen comprendió que 
la joven estaba desmayada. 
Torrigiano no podía explicarse los motivos que 
habían producido aquel letargo. 
No dejaba de sorprenderle que coincidiese con el 
extraño suceso que le acababa de ocurrir en la calle. 
Pocos momentos después la veneciana recuperó 
el sentido, y desasiéndose bruscamente de los brazos 
de su esposo, exclamó: 
— Salid, D. Juan, yo os lo mando. 
— ¿Qué dices, esposa mía? — preguntó el escultor. 
La joven conoció su acento, y arrojándose á su 
cuello prorrumpió en sollozos. 
— Habla, dime lo que te ocurre. 
— Ni aun ese recurso me deja la desgracia. 
— ¿Qué dices? 
«¿Desde cuándo tienes secretos para mí? 
996 EL JURAMENTO 
— Desde que te amo. 
No me preguntes, Pedro mío, lo que me aflige. 
— Pues yo te exijo que me indiques las causas de 
tu sentimiento. 
La veneciana comprendió que de seguir callando 
no sólo se exponía al enojo de Torrigiano, sino que 
tampoco podría impedir las oportunas asechanzas 
de D. Juan. 
Decidióse, por lo tanto, á decirle la verdad, como 
había pensado hacerlo en otras ocasiones. 

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