lunes, 30 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- CASTELLANOS-

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
La puerta giró pausadamente sobre sus goznes. 
— ¿Pedro Torrigiano? — preguntó el familiar. 
— El mismo — respondió este. 
— Necesito hablar un instante con vos. 
— En ese caso subid. 
Garcés y D. Juan permanecían con la cabeza incli- 
nada sobre el pecho, temiendo que el escultor los 
reconociese á pesar del antifaz con que cubrían sus 
rostros. 
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Ocultáronse entre los alguaciles y siguieron al fa- 
miliar y á Torrigiano. 
Guando María vio entrar en el taller al represen- 
tante del Santo Oficio, no pudo menos de lanzar un 
amargo sollozo. 
Rodríguez dirigió una mirada alrededor de la es- 
tancia. 
Sus ojos se detuvieron en los fragmentos de la es- 
cultura que dos horas antes había roto el artista. 
— Ya no cabe duda de que vuestro sacrilegio es 
verdad. 
Alguaciles, prended á ese miserable. 
— ¡Qué decís! — exclamó Torrigiano, ¿de qué me 
acusan? 
— Se os acusa de haber hecho pedazos la sagrada 
imagen de la Concepción. 
¿Os atrevéis á negarlo? 
— Sí lo niega — interrumpió la veneciana con esa 
vivacidad de imaginación que sólo poseen las mu- 
jeres; — esa escultura no ha sido rota con intención 
deliberada. 
— ¿Es cierto lo que dice vuestra esposa? — preguntó 
el familiar clavando sus ojos en el artista. 
María dirigió á su marido una mirada suplicante. 
Torrigiano quedó pensativo. 
— Antes de responderos— dijo después de un ins- 
tante — quiero haceros una pregunta. 
¿Si el Santo Tribunal castiga severamente al escul- 
tor que rompe una de sus creaciones, qué castigo da 
al infame que penetra en una casa honrada con ob- 
1008 EL JURAMENTO 
jeto de esparcir en ella el corrosivo veneno de la des- 
honra? 
Y Torrigiano, al hacer esta pregunta, designó con 
el índice de la diestra á D. Juan Manrique, á quien 
acababa de conocer á pesar de su antifaz. 
— Esas son preguntas — contestó el familiar — á las 
que no necesito responderos. 
Yo he venido á esta casa por orden del inquisidor 
general, que ha recibido noticias del sacrilegio que 
aquí se ha verificado. 
— ¿Acaso se lo dijo el arzobispo de esta ciudad, ó 
alguno de su familia? — preguntó el escultor con acen- 
to sardónico. 
— En resumen ¿quién ha roto esa sagrada escul- 
tura? 
— Yo —respondió el florentino sin inmutarse. 
Apenas hubo pronunciado esta palabra, los algua- 
ciles, obedeciendo á una indicación del familiar, se 
arrojaron sobre el escultor, que hizo poderosos es- 
fuerzos para desasirse. 
María lanzó un grito de angustia. 
Los únicos que permanecieron inmóviles fueron 
don Juan y el paje Garcés. 
El infeliz Torrigiano no tardó mucho tiempo en 
verse maniatado con los finos cordeles que á preven- 
ción llevaban los alguaciles. 
Sangrientos espumarajos brotaban de su boca. 
Sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas. 
Estaba verdaderamente amenazador. 
Era como el león que se revuelca aprisionado so- 
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bre la abrasada arena del desierto, pero que hace 
temblar con sus rugidos, y aun sacude al viento su 
poblada melena. 
María, por el contrario, sentíase aplanada. 
Todas sus esperanzas de amor se desvanecían co- 
mo el humo. 
En aquel terrible período por que atravesaban, el 
tribunal sería inexorable. 
Uno de los alguaciles trataba de impedir que se 
aproximase á su esposo. 
La veneciana suplicaba á veces con las manos jun- 
tas, otras hacía poderosos esfuerzos para aproximar- 
se al artista. 
Fijábanse alternativamente sus ojos en los circuns- 
tantes, buscando un destello de piedad en aquellos 
rostros impasibles, y prorrumpía en amargos gemi- 
dos ó en frases amenazadoras. 
Pobre mujer, ¿qué podía, sin embargo, contra 
aquellos crueles sayones? 
De pronto fijóse en D. Juan. 
Su actitud y su corazón le advirtieron que aquel 
hombre era la causa de su infortunio, y desasiéndose 
de los brazos del alguacil se precipitó hacia el joven 
como la leona á quien tratan de arrebatar sus hijuelos. 
Con la rapidez del rayo cuando desciende á la tie- 
rra le arrancó el antifaz que le cubría. 
Manrique quedóse estupefacto y mudo. 
— ¡Ah, miserable! Descúbrete al menos, que vea- 
mos tu rostro enrojecido por la vergüenza que asoma 
siempre en las mejillas del delator. 
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— Gallad, María, callad. 
— No, ya no hay traba que me imponga silencio. 
Sé que mi esposo va á morir, pero no conseguirás 
tus ruines intentos. 
¡Yo te odio y yo te maldigo! 
El familiar, queriendo poner fin á aquella escena, 
dio orden á los alguaciles para que sacasen del taller 
á Torrigiano. 
— ¡Quiero ir con él! — exclamó la veneciana. 
— Pero, señora — respondió Rodríguez — ¿no com- 
prendéis que es imposible? 
— {Por qué? 
El es mi esposo y no quiero separarme. 
Su suerte será la mía. 
— No, eso nunca — interrumpió Manrique. 
— ¡Galla, miserable! ¿No sabes que al decretar su 
muerte han decretado también la mía? 
— Vamos, sosegaos, señora — dijo el familiar — os 
halláis perturbada por el dolor. 
Dejadnos libre el paso. 
— Nunca, nunca. 
Quiero seguiros. 
— ¿Pero no comprendéis que la Santa Inquisición 
no reclama más que al reprobo? 
  Yo lo soy mucho más que él. 
— ¿Qué decís? 
— Sí, sabed que he renegado de la religión católi- 
ca, que soy judaizante. 
Estas palabras fueron dichas con gran desespera- 
ción. 
DE DOS HÉROES 1011 
Dos de los alguaciles se apoderaron de la joven, 
que no hizo la menor resistencia. 
— ¡María — exclamó Torrigiano — te has perdido! 
El fuego se encargará de consumirnos á los dos. 
— ¡Quiero seguirte hasta la tumba! 
Ambos fueron conducidos á la Atarazana. 
La declaración de la esposa del escultor, aunque 
no era cierta, bastaba en aquellos tiempos para que 
produjese el resultado que ella apetecía. 
Don Juan Manrique quedó vivamente conmovido. 
Garcés le acompañó hasta su casa. 
— ¿Qué tenéis, D. Juan? — le preguntó. 
— No lo sé. 
— ¿Acaso no os inspiro confianza? 
— Creo que te he demostrado lo contrario. 
Imaginaba que por los infames medios que he em- 
pleado iba á alcanzar que la veneciana quedase libre 
de su esposo, y he conseguido la muerte de los dos. 
— ¿No habrá modo de evitarlo? 
 Imposible. ¡La Santa Inquisición no perdona 
nunca! 
Don Juan y Garcés se separaron transcurrido un 
instante. 



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