martes, 17 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES-ESPAÑA -281-283

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
 
Cuando oyó al de Solís proponer la partida de caza, 
formó el propósito de declararse á la joven en aque- 
lla expedición. 
Estos eran los pensamientos que, llenando su men- 
te, le desvelaron por algunas horas, hasta que al fin 
el sueño le sorprendió meciéndose en un mundo de 
hermosas ilusiones. 
Cuando se ama y se abriga la convicción de ser 
correspondido, todo lo que nos rodea se tiñe de color 
de rosa. 
El amor es un prisma que tiene la propiedad de 
presentarnos todos los objetos que vemos por él re- 
vestidos de las formas y de los colores más hermosos 
y deslumbrantes. 
Don Beltrán dormía, mostrando en sus labios una 
DB DOS FTÉROES 281 
sonrisa que revelaba de una manera clara la placidez 
de su sueño. 
Dejémosle y pasemos á la cámara de D. Pedro 
Solís, á quien, á pesar de lo avanzado de la noche, 
le había sido imposible entregarse al reposo. 
El noble caballero encontrábase incorporado en su 
lecho, repasando un pergamino á la luz de una lám- 
para de hierro, colocada en una mesilla de roble. 
Aquella era de seguro la centésima vez que el de 
Solís leía aquel escrito, que era el mismo que en la 
mañana de aquel día había puesto en sus manos un 
emisario de Granada. 
Aquel pergamino decía así: 
«Querido primo: Hace dos días que, conversando 
con el rey en uno de los jardines de los alijares so- 
bre las bellezas de las damas granadinas, alabé como 
se merecen las gracias y la hermosura de tu Isabel. 
»El soberano se entusiasmó de tal modo con mis 
palabras, que me manifestó los más ardientes deseos 
de conocer á tu hija. 
»Ofrecí complacerle, contando siempre con que tú 
no desatenderías mi ruego. 
El rey siente cierta aversión hacia su esposa, y 
pudiera muy bien ocurrir que, al ver á tu hija, te 
propusiera el compartir con ella el trono de sus po- 
derosos dominios. 
»¿No te parece que sentaría muy bien una corona 
de reina sobre la frente blanca como la nieve y los 
cabellos rubios como el oro de mi hermosa sobrina? 
»Tú que no tienes, como buen padre, más idea fija 
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que procurar el bienestar de tu Isabel, puedes muy 
fácilmente encontrar en esta ocasión su engrandeci- 
miento y su ventura. 
»Además de esto, un enlace de semejante natura- 
leza te daría en la fastuosa corte de Granada la im- 
portancia y el influjo que el odio y la saña de tus ene- 
migos te han arrancado en la corte castellana. . 
»Buena prueba de esta verdad tienes en mi persona. 
»Si comprendiendo el interés que me guía en esta 
ocasión accedes á lo que te propongo, dispon una 
partida de caza en los terrenos fronterizos á este rei- 
no, y avísame el día que elijas, para que, acompa- 
ñando al rey, acuda al mismo sitio con idéntico pre- 
texto, y aparezca nuestro encuentro casual á los ojos 
de todos. — Tu primo, Roduán Venegas.» 
Don Pedro terminó de leer el pergamino, y colocán- 
dole sobre la mesa, tomó de ésta otro y se puso tam- 
bién á examinarlo. 
Este pergamino era la contestación al anterior. 
El de Solís habíase llevado toda la velada, como 
dijimos, solo en su cámara, pensando los términos en 
que debía contestar á la proposición de su pariente. 
Después de haber meditado mucho sobre el asun- 
to, trazó la respuesta, accediendo á lo que se le indi- 
caba. 
Pero á pesar de haber examinado con toda deten- 
ción las ventajas y las contras del asunto, decidió es- 
perar hasta la mañana siguiente para resolverse de 
una manera definitiva. 
El momento de decidir de plano aquella cuestión 
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había llegado, y el noble caballero, después de exami- 
nar de nuevo los dos pergaminos, quedóse profun- 
damente reflexivo. 
Parecíale muy duro entregar su hija á un hombre 
de distintas creencias religiosas, por más que este 
hombre fuera un rey. 
Pero acudieron á su memoria hechos de parecida 
índole consignados en la historia de nuestra patria, y 
entonces se convenció de que ya tenían precedentes 
alianzas de aquella naturaleza. 
Recordó la unión de la hija del rey moro de Sevi- 
lla, la hermosa Zaida de los romances, con el rey don 
Alonso VI, y el casamiento también de una infanta 
de Castilla con un régulo de Toledo. 
Estos dos ejemplos, unidos á la natural ambición 
de padre, acabaron de decidirle de una manera com- 
pleta. 
— Mi Isabel será reina de Granada, y mis temores 
acerca de su porvenir terminarán al verla elevada 
hasta el trono. 
Con esta decisión, apenas empezó á amanecer, ató 
el pergamino con un cordón verde y estampó en él 
su sello en cera. 
En seguida salió de su cámara y dijo á uno de sus 
servidores: 
— Avisa al mensajero que llegó ayer, y dile que 
necesito verle. 
El criado partió de la estancia, y poco después 
el mensajero de Roduán se presentó ante el caba- 
llero. 
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Éste, entregándole el pergamino que había escrito, 
le dijo: 
— Monta á caballo sin pérdida de tiempo, y lleva 
de mi parte á tu señor este escrito. 
— Así lo haré. 
— Que el cielo te proteja y te guíe; — y el de Solís 
hizo una indicación al mensajero para que partiese. 
Éste se inclinó con respeto ante D. Pedro y aban- 
donó la estancia. 
Media hora después salía del castillo jinete en un 
potro negro como la noche, y tomó una estrecha ve- 
reda, en uno de cuyos recodos se perdió de vista. 
Aquel día fué dedicado, según la noche anterior 
había dicho el de Solís, á los preparativos de la ex- 
pedición que debía emprenderse á la mañana si- 
guiente. 
A D. Beltrán no dejó de extrañarle el empeño que 
su noble amigo mostraba en disponerlo todo con una 
gran minuciosidad y hasta con un gran lujo. 
Pero no pudo el de Meneses presumir siquiera el 
fin á que obedecía la solicitud del de Solís. 
Isabel encontrábase altamente satisfecha. 
Su padre la había prevenido que vistiera para 
aquella batida su más rico traje de caza, y que lleva- 
ra sus mejores y más valiosas armas. 
Cuando amaneció el día siguiente, el asombro de 
don Beltrán rayó en admiración. 
La plaza de armas del castillo y la explanada que 
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se extendía ante la puerta principal, encontrábanse 
llenas de peones y jinetes. 
La gente allí reunida era tanta, que más parecía 
hueste dispuesta para la guerra que partida de caza. 
Los ojeadores y monteros pasaban de ciento cin- 
cuenta, armados todos de ballestas y venablos. 
Los picadores formaban un numeroso y lucido es- 
cuadrón, y los que conducían las jaurías y los criados 
para los demás servicios eran también muchos. 
Cuando los primeros albores del día dejáronse ver 
en el cielo, la puerta principal del castillo fué comple- 
tamente abierta, y á los ecos de una alegre fanfarria 
que entonaban las bocinas y las trompas de los pica- 
dores y monteros, salieron cabalgando en arrogan- 
tes corceles, D. Pedro de Solís y el de Meneses, lle- 
vando en medio á Doña Isabel, que regía admirable- 
mente una hermosa yegua blanca que montaba. 
La comitiva se puso en marcha en dirección á la 
frontera del reino granadino, distante sólo algunas 
leguas de aquel punto. 


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