domingo, 15 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- JULIAN CASTELLANOS- 1880

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 
JULIAN CASTELLANOS- 
MADRID 
ESPAÑA 
1880 
La tempestad empezó á ceder desde aquel mo- 
mento, como si toda la fuerza de su ira se hubiese 
agotado en aquella última sacudida. 
El agua ceso, y el viento, empujando á las nubes, 
las fué alejando de manera, que por momentos se 
sentían á mayor distancia los ecos del trueno. 
Asi que el temporal cedió, descubriéronse en el 
bosque los resplandores de tres antorchas, conduci- 
218 EL JURAMENTO 
das por tres hombres, que vagaban de un punto para 
otro, como buscando algo. 
Estas tres personas eran, un anciano de luenga y 
blanca barba, pero de aventajada estatura y vigorosa 
constitución, y dos jóvenes, uno que no pasaría de 
los veinte años, y otro de alguna más edad. 
Estos tres personajes eran comerciantes hebreos, á 
quienes, acompañados de sus familias, sorprendió la 
tormenta en las inmediaciones del bosque, y habían 
buscado un refugio contra aquel deshecho temporal 
al abrigo de los paredones de la ermita arruinada,, 
donde pensaron en un principio guarecerse los ban- 
doleros. 
Desde aquel albergue habían oido los gritos de 
Garcés pidiendo socorro. 
Movidos de un sentimiento de caridad, se dispu- 
sieron á salir en su auxilio; pero el aire y la lluvia 
apagaban las luces que llevaban para no exponerse á 
caer en algunas de las grietas de aquel terreno, com- 
pletamente desconocido para ellos. 
En vista de esta dificultad, se decidieron á esperar 
que la tormenta cesase para poner en práctica su ca- 
ritativo propósito. 
Mientras esto sucedía, hicieron con ramas secas y 
paja tres especies de antorchas, y así que el tempo- 
ral se lo permitió, se lanzaron al bosque, empezando» 
á registrarle de la manera que hemos dicho. 
Después de algún tiempo de inútiles pesquisas, el 
más joven de los tres descubrió al paje, que conti- 
nuaba con el conocimiento perdido. 
Entonces, volviéndose á sus dos compañeros, ex- 
:lamó: 
— Padre mío; aquí hay un hombre atado á un 
árbol. 
El anciano se acercó á Garcés, levantando en alto 
la antorcha para examinarle mejor. 
— ¡Desdichado! Y es casi un niño — repuso el viejo 
hebreo. — Indudablemente de sus labios salieron aque- 
llos lastimosos gritos pidiendo socorro. No permita 
el Dios de Israel que hayamos llegado tarde. 
Y el anciano, acercándose al paje, le puso la mana 
derecha sobre el corazón. 
Un destello de alegría brilló entonces en los ojos 
del israelita. 
Su hijo, que le observaba, se apercibió de aquella 
mpresion y exclamó: 
— ¿Late acaso su corazón, padre mió? 
—Muy débilmente, pero late. 
— Entonces, apresurémonos á socorrerle. Quizá 
con los auxilios que le prestemos logremos volverle 
a la vida. Jehovah te escuche, querido Ezequiel. 
El joven hebreo puso mano entonces á un afilado 
cuchillo que llevaba pendiente de su cinturon de 
cuero, y con una prontitud grande cortó las cuerdas 
jue sujetaban á Garcés. 
Este hubiera caido desplomado si el anciano, pre- 
peyendo el caso, no le hubiera recibido en sus brazos. 
— Ayudadme, y le llevaremos á nuestro refugio. 
Allí, al calor de la lumbre, le haremos volver á la 
rida. 
— No es necesario para eso que os molestéis, señor. 
Yo sólo me basto para conducirle — añadió el otro 
hebreo, que era un criado del anciano. 
Y diciendo y haciendo, se apoderó de Garcés y se 
lo cargó sobre su hombro izquierdo, con una facili- 
dad grande. 
En seguida se pusieron en marcha, y algunos mi- 
nutos más tarde penetraban en las ruinas de la er- 
mita. 
En una estancia cuyos muros veíanse agrietados, 
pero cuya bóveda se conservaba casi intacta, encon- 
trábanse al rededor de una gran hoguera dos muje- 
res y un hombre. 
Las dos mujeres eran de una espléndida hermo- 
sura y de un parecido grande. 
La de mayor edad era la mujer del anciano co- 
merciante, y la más joven su hija. 
El hombre que las acompañaba era criado de su 
casa, lo mismo que el que conducía á Garcés. 
Al sentir llegar á los tres expedicionarios salieron 
á su encuentro, y al apercibirse que conducían al jo- 
ven, la esposa del mercader exclamó: 
— ¡Ah! Vuestra salida no ha sido inútil, á lo que 
veo. 
— El Dios de nuestros padres te oiga, querida Sa- 
hara — repuso el anciano. 
— ¿Acaso es un cadáver lo que conducís? 
— No, pero es un desdichado á quien el frío y los 
DE DOS HÉROES. 221 
sufrimientos tienen casi á las puertas de la muerte, y 
á quien es preciso procurar volver á la vida á toda 
costa. El pobre encontrábase bárbaramente atado de 
pies y manos al tronco de un árbol. 
— ¡Qué horror! ¿Y el pobrecito habrá tenido que 
sufrir de ese modo todo el furor de la tormenta? — ex- 
clamó, estremeciéndose de espanto, la más joven de 
las mujeres.  Sí, Ester, hija mia; por eso el pobre pedía so- 
corro de una manera tan desgarradora. 
— Y es casi un niño — repuso Sahara, examinando 
á Garcés, á quien su conductor depositó en el suelo, 
todo lo más cerca posible de la lumbre. 
— Sí que es muy joven, madre mía — añadió Ester 
fijándose en el rostro imberbe y simpático del man- 
cebo. 
— Y á juzgar por las ropas que viste, parece una 
persona de distinción — añadió Ezequiel. 
— Lo que más parece es un paje de una casa prin- 
cipal—repuso su padre. 
— Y á lo que presumo, debía viajar á caballo, pues 
aun conserva calzadas las espuelas. 
— Efectivamente. 
— Este pobre mozo debe haber caido en manos de 
algunos bandoleros. 
— Es posible, padre. 
— Pero todo cuanto hablemos referente á este asun- 
to no puede pasar de mera suposición. Hasta que 
recobre los sentidos y hable, es inútil todo lo que nos 
afanemos por conocer lo que le ha sucedido. 
222 EL JURAMENTO 
— Es verdad. 
— Por lo tanto, veamos la manera de hacer que 
vuelva en sí lo antes posible. Despojadle de sus ropas 
exteriores y envolvedle en una manta. De este modo, 
su traje se secará con más facilidad. Entre tanto, Sa- 
hara, sería bueno que pusieras al fuego un poco de 
vino bien azucarado, y en cuanto se encuentre bien 
caliente, veremos la manera de hacérselo tomar. Eso 
ie sentará bien y reanimará sus fuerzas; pues una 
gran parte de su mal, debe ser producido por el frío 
de la mojadura que ha tomado. 
— Bien puede ser así. 
Las órdenes del mercader fueron en seguida pues- 
tas en ejecución. 
Sus criados despojaron á Garcés de sus ropas ex- 
teriores, y las pusieron á secar. 
El cuerpo yerto del joven lo envolvieron en una 
buena manta. 
Mientras tanto Sahara, con una solicitud grande, 
puso al fuego una vasija llena de vino con azúcar. 
Guando este líquido se encontró casi en estado de 
ebullición, el anciano y su hijo incorporaron al man- 
cebo, con el fin de hacerle tragar algunos sorbos de 
aquella bebida. 
Pero esto les fué imposible. 
Los dientes del paje encontrábanse tan hermética- 
mente cerrados, que no permitían que los caritativos 
hebreos realizasen su pensamiento. 
—Si pudiéramos abrirle la boca, aunque fuera á la 
fuerza— exclamó Ezequiel. 
DE DOS HÉROES. 223 
— Lo intentaremos — respondió su padre; y ponien- 
do mano á su cuchillo consiguió, aunque con gran 
trabajo, lo que pretendía. 
— Entonces el joven hebreo empezó á verter poco 
á poco el vino caliente en la boca de Garcés. 
Cuando el anciano lo creyó oportuno, exclamó: 
— No le des más, hijo mió. 
— Se ha vertido una gran parte, señor. 
— Es cierto, pero algo habrá llegado á su estóma- 
go, y le producirá el efecto que apetecemos. 
Ahora vamos á darle en las sienes y en los pies 
unos buenos frotes con ese mismo líquido. 
Los criados descalzaron al joven, y mientras el 
mercader y su hijo le frotaban las sienes, ellos, va- 
liéndose de las puntas de la manta, le propinaron 
unas vigorosas friegas en las piernas. 
El cuerpo de Garcés empezó á entrar en reacción  
y de sus labios brotó un leve suspiro. 
— ¡Ya tenemos hombre! — exclamó el anciano lleno 
de gozo. — Dentro de muy poco estoy seguro que re- 
cobrará el conocimiento. ¿Están secas sus ropas? 
— Sí, señor — repuso uno de los criados. 
— Pues ponérselas en seguida, á fin de que su calor 
aumente. 
Los criados obedecieron. 
Garcés se encontró nuevamente vestido. 
Un instante después un suspiro prolongado volvió 
á salir de su pecho, y sus ojos, abriéndose pausada- 
mente, se quedaron fijos durante un instante, empe- 
zando luego á pestañear con una celeridad suma. 
224 EL JURAMENTO 
— ¿Dónde estoy? — preguntó con voz débil. 
— Estáis entre personas que os aprecian— repuso 
el anciano con acento cariñoso. 
Garcés volvió maquinalmente la cabeza hacia el 
sitio donde el mercader se encontraba, y con pausa- 
da voz repuso: 
— ¿Decís que me encuentro al lado de personas que 
me aprecian? 

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