lunes, 16 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- JULIAN CASTELLANOS- ESPAÑA

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
- JULIAN CASTELLANOS-
MADRID
 ESPAÑA
1889
 Un instante después un suspiro prolongado volvió 
á salir de su pecho, y sus ojos, abriéndose pausada- 
mente, se quedaron fijos durante un instante, empe- 
zando luego á pestañear con una celeridad suma. 
224 EL JURAMENTO 
— ¿Dónde estoy? — preguntó con voz débil. 
— Estáis entre personas que os aprecian— repuso 
el anciano con acento cariñoso. 
Garcés volvió maquinalmente la cabeza hacia el 
sitio donde el mercader se encontraba, y con pausa- 
da voz repuso: 
— ¿Decís que me encuentro al lado de personas que 
me aprecian? 
—Sí. 
Hubo un momento de pausa, durante el cual Gar- 
cés, con los ojos desmesuradamente abiertos, pero 
con la mirada vaga, afanábase por reunir sus re- 
cuerdos. 
Estos fueron acudiendo á su mente, que acabó de 
recobrar por completo toda su actividad. 
Entonces el paje, refregándose los ojos con insis- 
tencia, preguntó de nuevo: 
— Pero, si sois personas que me apreciáis, ¿por qué 
me tenéis en este sitio tan oscuro? 
Los israelitas, al oir esta pregunta, miráronse 
asombrados. 
La hoguera que ardía junto á ellos iluminaba de 
una manera poderosa la estancia. 
Garcés prosiguió entonces diciendo: 
— ¿No me respondéis? ¿Os han mandado sin duda 
los bandidos que me tengáis encerrado en esta pri- 
sión tan oscura como la noche? 
Una sospecha cruzó entonces por la mente de la 
mujer del comerciante, que sin vacilar exclamó: 
— Pero ¿acaso creéis que nos encontramos á oscuras? 
DE DOS HÉROES. 225 
— ¿No he de creerlo si por más que me afano en 
abrir los ojos no descubro ni el más pequeño rayo de 
luz? 
— ¡Cielos! {Si estará ciego este desdichado? — aña- 
dió, sin ser dueño de contenerse, Ezequiel. 
— ¡Ciego! — exclamó de un modo indecible Garcés, 
alarmado con aquellas palabras. 
Y de una manera impetuosa preguntó: 
— ¿Acaso no nos encontramos á oscuras? 
Un grito de extrañeza salió entonces de todos los 
labios, y las miradas de todos se clavaron en el paje 
que, con los ojos abiertos y el semblante contraído 
por una expresión de espanto, repetía: 
— Pero ¿hay aquí luz? {Hay aquí luz? 
— Sí — repuso el anciano, deseando poner término 
á aquella penosa escena. 
— {Que hay luz decís? 
— Sí, una hoguera cuyas rojas llamas alumbran 
este recinto y cuyo calor debéis sentir forzosamente. 
— ¡Ah! {Luego estoy ciego? Ahora lo comprendo 
todo. La luz intensa del relámpago abrasó mis ojos. 
¡Maldición! ¡Maldición! 
Y Garcés, pronunciando estas palabras de una ma- 
nera desgarradora, dio dos pasos, y, vacilando, vol- 
vió á caer sin sentido. 
Efectivamente el pobre mozo se encontraba ciego. 
La vivísima lumbre del rayo que hendió el tronco 
adonde se encontraba atado distendió sus pupilas, 
produciéndole la ceguera de que en aquellos momen- 
tos era víctima. 
29 
CAPITULO XXII 
Donde se ve que un destello de esperanza 
es bastante para qixe apreciemos la vida. 

Los caritativos salvadores de Garcés acudieron de 
nuevo á su socorro. 
— Pobre joven — exclamó el anciano sosteniéndole. 
— Comprendo su desesperación — repuso Ezequiel. 
— Verse ciego cuando apenas se encuentra en la 
primavera de la vida — añadió Sahara. 
— ¿Qué puede haber hecho este pobre chico para 
que el cielo le castigue de tan cruel manera? 
— Calla, hijo mió, y no pretendas juzgar de ese 
modo los decretos de la Providencia. ¿Sabemos aca- 
so quién es este mancebo, ni lo que puede haber he- 
cho durante su vida? 
— Es tan joven, padre mió, que por mucho malo 
que haya querido hacer, ni tiempo habrá tenido para 
ello. 
— Sólo Dios sabe lo oculto. 
— Su aspecto no revela ni doblez ni maldad, y ya 
sabéis, padre, que el rostro es el espejo del alma. 
228 EL JURAMENTO 
-Así se cree generalmente ; pero por desgracia, 
esa regla tiene, como casi todas, sus excepciones. Nin- 
gún ángel existía en el cielo más hermoso que Luz- 
bel, y, sin embargo, fué rebelde á los mandatos de su 
Dios y Señor. 
— Es verdad. 
—Nada más trasparente ni más diáfano que la su- 
perficie de ciertos lagos, y á pesar de eso, bajo aque- 
lla limpidez y aquella trasparencia, ocultan su fondo 
de negro y mefítico cieno. No quiero decir con esto 
que en este desdichado concurran estas fatales cir- 
cunstancias; pero necesario es, si no hemos de expo- 
nernos á equivocaciones, juzgar con conocimiento de 
causa. Cumplamos como buenos y honrados los de- 
beres que la caridad nos impone, y compadeciéndo- 
nos de la desgracia, hagamos por aliviarla todo cuan- 
to nos sea posible. 
— Es verdad, padre mió; la irreflexión de mis po- 
cos años me ha hecho hablar con ligereza, impresio- 
nado por la terrible desventura en que veo envuelto 
á este pobre joven. 
— Digno es de lástima por todos conceptos — repu- 
so Sahara, enjugando las lágrimas que la presencia 
de aquella gran desgracia hacía asomar á sus ojos. 
Su hermosa hija Ester lloraba igualmente, sin ser 
dueña de apartar sus miradas del pálido rostro del 
desdichado mancebo. 
Este no tardó mucho en dar señales de que reco- 
braba los sentidos. 
Cuando esto sucedió, sentóse en el suelo sobre una 
DE DOS HÉROES. 229 
manta, donde le habían echado, y ocultando su rostro 
entre sus manos, permaneció silencioso durante un 
rato. 
Un mundo de desesperación abrumaba su alma. 
— Tened conformidad, pobre joven, y esperad en 
la Providencia, que no abandona nunca por comple- 
to á los buenos — exclamó el anciano israelita, tra- 
tando de llevar el consuelo al desolado corazón de 
aquel infeliz. 
-—¡Conformidad, y que espere en la Providencia! — 
repuso Garcés con una sonrisa sarcástica.. ¡Oh! Con 
qué facilidad se dan los consejos. No sé quién sois, y 
de consiguiente, ignoro si me conocéis. 
— No os conocemos, pero hemos acudido en vues- 
tro socorro al oiros gritar, y desatándoos del tronco 
donde os hallabais, os hemos traído á este sitio, don- 
de nos refugiamos al ser sorprendidos por la tormen- 
ta en las inmediaciones de este bosque. 
— ¿De manera que sois unos viajeros? 
— Sí, somos mercaderes establecidos en Sevilla, que 
venimos de la feria de Badajoz. 
— A ese punto me dirigía cuando fui asaltado por 
esos miserables bandoleros, autores de todas mis 
desgracias. 
— Y ¿de dónde veníais? 
— De Huelva. 
— ¿Tenéis allí familia? 
— Soy huérfano y solo en el mundo. 
— Pero, ¿viviríais en aquella ciudad? 
— Sí; allí he vivido: 'pero habiendo muerto mi se- 
230 EL JURAMENTO 
ñor, iba por encargo suyo á entregar unas alhajas á 
Badajoz, cuando he sido asaltado y robado. ¡Los ban- 
didos empezaron la obra de mi desgracia robándome 
mis riquezas, y el cielo la ha coronado robándome la 
luz de mis ojos! — exclamó Garcés con una exaltación 
terrible. 
— ¡Oh! Por Dios, no digáis eso — repuso el anciano, 
intentando calmar al paje. 
Pero éste, cada vez más exasperado, añadió: 
— ¿No lo he de decir, si es verdad? ¿No he de que- 
jarme, si al paso que estarán gozando los infames 
que me despojaron, me veo privado de la luz y con- 
denado á un tormento mucho más grande y más 
terrible que la muerte? ¡Oh! Si de este modo ejerce 
su justicia la Providencia, reniego de ella. 
— ¡Desgraciado! No blasfeméis de Dios de esa ma- 
nera. 
Entonces Garcés, loco de desesperación, alzó su 
rostro iracundo al cielo, y con los puños cerrados de 
una manera nerviosa, exclamó: 
— ¡Providencia injusta! ¿Por qué al arrancármela 
luz de mis ojos no me has arrancado la vida? ¿Crees 
acaso que te he de agradecer que me conserves la 
existencia condenándome á perpetua desdicha? 
— ¡Silencio, silencio! — repuso con severidad el mer- 
cader, aterrado ante las palabras del paje. 
— Éste, con el despecho de un poseído, prosiguió 
diciendo: 
— No, no quiero callar. ¿Qué me importa á mí de 
la Providencia? Si mis palabras la ofenden, que me 
DE DOS HÉROES. 231 
lance un rayo que me pulverice. Eso sería menos 
cruel que lo que ha hecho conmigo. 
— ¿Y qué sabéis, desdichado joven, lo que el cielo 
os reserva aún? 
— Una existencia de privaciones y de tinieblas que 
estoy dispuesto á no arrastrar, aunque el cielo y el 
infierno juntos se empeñen en ello. 
— Me aterra oíros hablar de la manera que lo ha- 
céis, y sólo teniendo en cuenta la exaltación de vues- 
tra mente, por la desgracia que sufrís, puede discul- 
parse tan incalificable conducta. Pero, el tiempo pa- 
sará, vuestra razón recobrará su calma, y entonces 
os mostrareis más resignado con los decretos del cielo. 
— Jamás me resignaré con la desgracia que me 
acosa. Si me falta la vista, me sobra corazón para ar- 
rancarme la vida en este momento. 
Garcés, desesperado, conociendo por el calor el 
sitio donde se encontraba la hoguera, se arrojó en 
medio de las llamas. 
Sus salvadores lanzaron un grito de espanto, pero 
Ezequiel y los dos criados asieron al paje y lo arran- 
caron de las llamas, sin que afortunadamente sufrie- 
ra más que algunas ligeras quemaduras. 
— ¡Dejadme morir! — gritaba como un loco furioso, 
luchando con sus salvadores. 
— Nunca, y aunque nos veamos obligados á em- 
plear la fuerza, os salvaremos á pesar vuestro. 
Entonces Garcés, desesperado y rugiente, empezó á 
maldecir á aquellos hombres, acabando por decirles 
en el paroxismo de la rabia: 
232 EL JURAMENTO 
— Pero, ¿quiénes sois vosotros para impedirme que 
yo disponga á mi antojo de lo que es mió? 
— Vuestra vida es de Dios, que os la ha dado. 
— Es mia, y quiero arrancármela. 
— Vuestra razón desvaría en este momento. 
* — No, es que prefiero morir á verme condenado á 
perpetuas tinieblas. 
— No sois el único ciego que existe en el mundo. 
—¿Y qué me importa que existan más? Si ellos es- 
tán conformes con su suerte, yo reniego y maldigo 
de la mia. 
Y Garcés hizo un esfuerzo tan supremo, que estu- 
vo en poco de desasirse de las manos de los que le 
sujetaban. 
Entonces el anciano mercader dispuso que le en- 
volvieran en una manta, sujetándole de modo que no 
pudiera moverse. 
Garcés rugía como una fiera, pero bien pronto 
quedó dominado y vencido. 
— Os sujetamos de esta manera por vuestro bien, 
y guiados sólo por los impulsos de nuestra caridad. 
— Si tuvierais esa caridad que decantáis, me ahorra- 
ríais estos padecimientos, arrancándome la vida. 
— ¡Qué horror, Dios de Israel? exclamó Sahara 
horrorizada ante aquellas palabras. 
Garcés prosiguió diciendo: 
— Yo os bendeciré con toda mi alma si accedéis á 
mis deseos. 
— Deliráis, desdichado; jamás se mancharon ni se 
mancharán mis manos en la sangre de un semejante, 
DE DOS HÉROES. 233 
aunque viese en peligro mi vida. Con que si esta es 
mi resolución para un caso tan extremo, imaginaros 
podéis si me iría á prestar á verter la sangre de una 
persona de quien ningún agravio he recibido. Si yo 
arrancase la vida á un hombre; es más, si yo le oca- 
sionase un gran perjuicio, los remordimientos me 
matarían— replicó el mercader. 
— Bien; pues para ahorraros esos remordimientos 
dejad libres mis brazos y prestadme un arma, que no 
ha de faltarme valor para arrancarme la vida con 
mis propias manos. 
Los hebreos se miraban los unos á los otros y el an- 
ciano, llevándose el índice de su mano derecha á los 
labios, les indicó á todos que guardasen silencio. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario