lunes, 16 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -JULIAN CASTELLANOS

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES 
-JULIAN CASTELLANOS 
MADRID,ESPAÑA
1889
   CAPITULO XXV 
Donde continúa el asunto anterior. 
El de Meneses hizo una pequeña pausa, y después 
prosiguió diciendo: 
— Al llegar el verano, Aben-Abo anunció á su hija 
su deseo de partir á pasar la fuerza de los calores á 
un delicioso carmen, que con una hermosa casa po- 
seía en la orilla del Genil, á poca distancia de Gra- 
nada, indicándola que pensaba llevarse al jardinero, 
con el objeto de que ordenase y arreglara las flores y 
las macetas que existían en aquel hermoso sitio. 
La hermosa doncella recibió un gran placer con 
esta noticia, y algunos días más tarde encontrábase 
en el carmen, donde la vida del campo la permitía 
mucha más libertad que la que gozaba en Granada. 
. Los dos amantes creíanse entonces completamente 
felices; pero como la dicha es flor tan efímera que se 
deshoja al menor soplo del viento, la hermosa don- 
cella vio bien pronto aparecer una oscura nube en el 
esplendoroso cielo de su ventura. 
34 
266 EL JURAMENTO 
Su noble padre la anunció un día su pensamiento 
de unirla con uno de los caudillos más renombrados 
de la corte mora. 
El efecto que esta revelación produjo en el alma 
de la apasionada joven, fácil es presumirlo. 
Sintió que se desplomaba sobre su corazón un 
mundo de desdichas, y en cuanto le fué posible puso 
en conocimiento de su amante la desgracia que les 
amenazaba. 
Don Tello sintió su alma llena de la más espantosa 
desesperación, al conocer lo que su amada le decía, 
y dejándose llevar sólo de los arrebatos de su pasión, 
la dijo: 
— Aldana de mi alma, si es cierto que sientes por 
mí en tu corazón un amor tan grande, tan santo y 
tan inmenso como el que por ti alienta en el mío, 
existe un medio de impedir ese funesto enlace, que 
será la muerte de nuestras esperanzas y la desespe- 
ración eterna de nuestra vida. 
— Indícame ese medio, que por terrible y arries- 
gado que sea no dudaré en aceptarle, si crees que 
con él podemos conjurar el peligro en que nos ve- 
mos. 
Don Tello propuso entonces á la joven fugarse de 
la quinta, corriendo á acogerse al amparo del ejército 
cristiano que cercaba á Antequera, donde podrían 
enlazarse para siempre. 
La noble joven dudó unos momentos antes de re- 
solverse á tan violento extremo. 
Pero el caso apuraba, y las razones de su ama- 
DE DOS HÉROES. 267 
do y los impulsos de su inmensa pasión la deci- 
dieron. 
Guando se ama de veras, se salta por todo. 
Era una de las últimas noches de Agosto, cuando 
el fingido esclavo, armado de un agudo puñal que 
llevaba oculto, calzadas las espuelas y teniendo del 
diestro el caballo más fuerte y más ligero que poseía 
Aben-Abo, esperaba muerto de impaciencia, oculto 
en la ribera del Genil, en un bosquecillo cercano al 
camino de Archidona. 
Su inquietud no duró mucho. 
La hermosa Aldana, cubierta de joyas de inesti- 
mable valor y cuidadosamente rebujada en un albor- 
noz oscuro, apareció á su lado. 
El joven, lleno de ardor y de esperanza, la colocó 
sobre el caballo, y saltando á su vez con ligereza, se 
afianzó en los arzones, rodeó con su brazo izquier- 
do la flexible cintura de su amada, y hundiendo sus 
espuelas en los ¡jares del fogoso bruto, partió con la 
velocidad del rayo por el camino de Archidona. 
Don Tello procuraba alentar á su dulce compa- 
ñera, qué temblando de miedo, se estremecía á la 
vista de cualquier sombra, ó al rumor más leve que 
llegaba á sus oídos. 
Después de una carrera de algunas horas, el caba- 
llo empezó á dar señales de fatiga. 
Entonces D. Tello abondonó el camino y se inter- 
nó en la sierra, con el fin de buscar un refugio donde 
268 EL JURAMENTO 
hacer posada, con objeto de que el potro recobrase 
sus fuerzas con el descanso. 
Lo espeso de los jarales y lo accidentado del terre- 
no obligó á la amante pareja á echar pie á tierra. 
Don Tello, dando el brazo á su amada, y condu- 
ciendo de las riendas á su montura, prosiguió inter- 
nándose en el bosque con el pensamiento de seguir 
caminando hasta la aurora. 
Aldana, lejos de mostrar fatiga ni quejarse de la 
aspereza del terreno, seguía á su amado con una li- 
gereza y una intrepidez grande. 
Los primeros fulgores del alba empezaron á mos- 
trarse en el cielo. 
La luz, aumentando gradualmente, hizo más fácil 
su marcha á los dos amantes. 
Cuando la mañana lució por completo, el de Agui- 
lar hizo alto, diciendo á su compañera: 
— Estarás muy fatigada, vida de mi vida. 
— No lo creas; me siento aún con fuerzas para 
continuar. Sigamos huyendo hasta donde no nos pue- 
da alcanzar el furor de mi padre. Me estremezco de 
espanto ante la idea de caer en sus manos. Sería in- 
exorable para con nosotros. 
— No temas, Aldana mía, nadie sabe el camino que 
hemos tomado, y además, llevamos á la gente de tu 
padre una gran ventaja. 
— Sin embargo, sigamos huyendo hasta llegar á 
esa hueste cristiana que me has dicho. 
— Pero si es que no podemos proseguir nuestra 
marcha. 
DE DOS HÉROES. 269 
— ¿Por qué? 
— Porque sería exponernos á una perdición segura 
caminar de día. Nos encontramos aún en tierra de 
enemigos, y si alguien nos viese podía detenernos, y 
nuestra desgracia sería irremediable. 
— Es verdad: busquemos algún lugar seguro en 
estas asperezas, y en él nos ocultaremos hasta que la 
tarde espire. De ese modo, no sólo conjuramos todo 
riesgo, sino que nuestra fatigada montura recobrará 
el vigor con el descanso. 
Convencieron al amor estas razones, y pocos mo- 
mentos después la amante pareja se refugiaba en 
una gruta, abierta en un peñasco por la mano de la 
naturaleza. 
Los dos amantes permanecieron en la caverna 
hasta la caída de la tarde. 
Cuando llegó esta hora, volvieron á ponerse en 
marcha. 
La oscuridad, aumentada por la sombra de los ár- 
boles y los peñascos, les hacía más difícil su avance. 
Todo el afán de D. Tello era salir cuanto antes al 
camino trillado, para poder cabalgar y ganar antes 
que amaneciese el campamento de los cristianos. 
Después de muchas fatigas y afanes, el enamorado 
mancebo consiguió lo que deseaba. 
Por una garganta de la sierra salió al valle. 
Al orientarse reconoció que se hallaba al otro lado 
de Archidona, descubriendo á lo lejos como una 
enorme mancha negra que se destacaba sobre el 
270 EL JURAMENTO 
fondo oscuro del cielo, la mole colosal de la peña que 
dista poco más de una legua de Antequera. 
El animoso joven, como si hubiera arrojado de sí 
un peso grande, respiró con libertad. 
Sin dilación alguna colocó á la joven sobre el 
caballo, montó á su vez y, aplicándole las espue- 
las, emprendió de nuevo su carrera, diciendo á la 
hermosa: 
— Aldana, nuestra ansiedad toca ya á su término. 
Aquella masa oscura que se presenta á nuestra vista 
es una peña que dista sólo una legua de Antequera. 
Allí encontraremos tal vez algunas avanzadas cris- 
tianas y tendrán feliz término nuestros pesares. Por 
mucho que tu padre se apresure, no podrá ya, ni al- 
canzarnos, ni oponerse á nuestra felicidad. 
No había apenas acabado de pronunciar D. Tello 
estas palabras, cuando Aldana, que, como sabemos, 
se alarmaba de todo, se asió fuertemente al caballe- 
ro, y con la voz embargada por el terror le dijo: 
— Tello, ¿no notas cierto rumor lejano que semeja 
á un confuso tropel de caballos y voces? 
— Será el ruido de las aguas de un torrente que 
desde la sierra se precipita al valle cerca de estos lu- 
gares. 
— No; escucha, el ruido crece y se acerca... 
Por más que D. Tello disimulaba con objeto de 
no afligir á su hermosa compañera, se había aper- 
cibido perfectamente del ruido que ella le indicaba. 
Entonces apretó las espuelas al caballo, con el fin 
de hacerle precipitar su marcha. 
 DE DOS HÉROES. 271 
Pero el fogoso bruto encontrábase tan fatigado, 
que se resistía á correr. 
— ¡Maldición! — exclamó el joven — este caballo se 
encuentra muerto de fatiga, y esos jinetes que senti- 
mos nos darán alcance muy pronto. 
— ¡Oh! Entonces nuestra muerte es segura. 
— ¿Quién sabe si serán vasallos de tu padre ó sol- 
dados cristianos? — repuso D. Tello, haciendo, sin em- 
bargo, toda clase de esfuerzos para animar á su ca- 
ballo. 
Pero éste se plantó, sin que el castigo le hiciera mo- 
verse, empezando á contestar á los relinchos que oía. 
— Este animal nos pierde, y es preciso abandonarlo. 
Reúne todo tu valor, Aldana mía, y sigúeme á ver si 
conseguimos guarecernos en las asperezas de ese pro- 
montorio inmediato, desde donde podremos obser- 
var ocultos si son enemigos ó cristianos los jinetes 
cuya carrera sentimos. 
Sin perder un momento abandonaron su cabalga- 
dura, dirigiéndose al promontorio indicado por el 
joven. 
Momentos después trepaban por aquellas agrias 
pendientes que coronan un gigantesco grupo de 
rocas. 
El caballo, apenas se vio libre, volvió grupa par- 
tiendo á reunirse con los que sentía relinchar. 
La primer persona que distinguió y conoció al fo- 
goso bruto, fué el padre de Aldana, pues él era el 
que perseguía á los fugitivos, al frente de un grupo 
272 EL JURAMENTO 
de cincuenta jinetes de la taifa que mandaba el cau- 
dillo Aben-Cerraje, con quien quería enlazar á su 
hija. 
— Picad y seguidme, que los miserables deben en- 
contrarse cerca — exclamó el viejo alcaide con feroz 
alegría al ver el caballo, empezando saborear el 
placer de la venganza. 
El grupo de jinetes siguió avanzando con la impe- 
tuosidad de una avalancha. 
Al llegar enfrente de la gigantesca peña, Aben- Abo, 
sospechando si los fugitivos se habrían refugiado en 
aquella escabrosidad, ordenó á sus jinetes practicar 
un detenido reconocimiento. 
El alba empezaba, y á su incierta claridad, D. Te- 
llo y Aldana fueron descubiertos desde lejos por los 
jinetes moros. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario