jueves, 5 de enero de 2017

EL TESORO DE LA VIUDA ESPAÑOLA- JOSE MILLA

 EL VISITADOR
JOSE MILLA 
 
El Presidente y Capitán general de Guatemala, Gar- 
cía de Valverde, hizo en aquella ocasión esfuerzos no 
menos extraordinarios que los que hubo de emplear pa 
ra la defensa del Reino en la anterior expedición de Dra 
ke. Seiscientos españoles y mas de ochocientos entre in- 
dios y mulatos marcharon bajo las órdenes del Capitán y 
Maese de campo general de la ciudad de Guatemala y su 
distrito, Don Francisco de Santiago, y fueron á situarse 
á Sonsonate, pues desde Acajutla se hablan avistado va- 
rias veces las embarcaciones de los piratas. Como solda- 
do de una compañía de mulatos de Guatemala, iba un 
joven de veintidós años, llamado Andrés Molinos, herrero 
de profesión, que casado recientemente, tuvo que dejar á 
su muger, sin mas recursos que los que su trabajo perso- 
nal pudiese proporcionarle y contando con los auxilios 
qué le facilitaría el convento de los padres de la Mer- 
ced, en el que habia entrado como lego un hermano del 
herrero, llamado Pablo. El tercer hermano, Basilio, habia 
adoptado el oficio de barbero; pero apenas empezaba á 
acreditarse; y asi, poco podía esperar de él su cuñada. 
Los tres hermanos contaban, es verdad, con un poderoso 
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protector, ei R. P. Fr. Bonifacio de los Angeles, religio- 
so de campanillas en el convento de la Merced; y aun- 
que todavia joven, llamado, según decian sus amigos, á 
ocupar puestos muy elevados. Fr. Bonifacio aprobó la 
santa y patriótica resolución del herrero, de ir á pelear 
en defensa de Dios y del Rey contra los excomulgados que 
amenazaban por la banda del Sur, y le dio su bendición, 
muchos escapularios, medallas y reliquias, y algunos bue- 
nos consejos, mitad en latin y mitad en castellano. Re- 
comendóle sobre todo no tomar jamas lo ageno contra la 
voluntad de su dueño, advirtiendole que aquella prohibi- 
ción no se referia á los bienes de los hereges, que de 
bian considerarse como res nullius, El herrero, que sen 
tia en su interior esa cosquilla que se llama ambición 
y deseo de mejorar de fortuna, se propuso seguir las pre- 
venciones del bueno del religioso, dando la mayor elasti- 
cidad posible á la excepción; á cuyo efecto se reservó el 
derecho de declarar hereges á todos aquellos á quienes le 
conviniera aplicar aquel dictado. Con tan caritativas dis- 
posiciones, hecho un hatillo' de su chamarra y con el mos- 
quete al hombro, el novel recluta partió alegre á la guer- 
ra, y al despedirse de su muger, la consoló diciendole que 
no llorara, pues le daba en el corazón que habia de vol- 
ver, no como salia, con solo el alma en el cuerpo. 
La facción del Rei, como se decia entonces, recorrió 
las costas en un largo espacio, y jamas llegó la ocasión 
de que ejercitase sus brios, midiéndose con las fuerzas 
del Contra- Almirante. Hablábase de pequeñas embarca- 
ciones misteriosas que solian aparecer en ciertos puntos 
y de desembarcos furtivos de gentes sospechosas, que 
después .de haber penetrado un poco en el interior, vol- 
vian á reembarcarse. Acudían partidas de tropas del go- 
bierno, registraban las rancherías y las haciendas, y no 
encontraban á nadie que tuviera trazas de ingles ni de 
pirata. Se buscaba con especial empeño á cierta viuda es- 
pañola, propietaria de una hacienda situada á dos ó tres
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leguas del mar, y que, según el rumor público, recibia 
las visitas nocturnas del gefe de los enemigos. Hacia aquel 
punto se habia visto dirigirse á los que desembarcaban 
en algunas nocces obscuras y tempestuosas. Sabiendo la 
activa persecución de que era objeto, la viuda abandonó 
la hacienda y fué á ocultarse en los montes, temiendo 
caer én manos de las tropas del Rey. 

Un dia el General tuvo denuncia de que la fugitiva 
estaba refugiada en una choza de pescadores, y envió á 
un alférez con diez hombres para que la capturasen. El 
soldado Andrés Molinos acertó á ser uno de los de la 
partida. Salieron del real á la madrugada y anduvieron 
todo el dia buscando la choza, sin dar con ella. Se habia 
puesto el sol, y el alférez, viendo la inutilidad de la pes- 
quisa, dispuso regresar al campo. La noche estaba obscu- 
rísima, perdieron el camino y se extraviaron en una mon- 
taña. Rendidos de fatiga, determinaron aguardar á que 
amaneciese y colocando un centinela con orden de dar 
la voz de alarma al primer ruido que oyera, oficial y sol- 
dados se acostaron á dormir tranquilamente. Habria pa- 
sado una hora, cuando el vigilante creyó oir pasos de ca- 
ballos que iban acercándose; dio el quien vive^ y no ha- 
biéndosele contestado, disparó su mosquete hacia el pun- 
to donde se oia el rumor. Los de la partida despertaron 
sobresaltados, y oyendo al soldado que exclamaba ¡el ene- 
migo!, sin aguardar otra razón, dieron á huir, como gente 
bisoña y asustadiza que era toda ella. Oficial y soldados 
se echaron por los montes, dejando aquel abandonado su 
caballo. Mas previsor y algo menos cobarde que los otros, 
el herrero Molinos tuvo bastante sangre fría para apode- 
rarse de la cabalgadura de su gefe, y montando con pres- 
teza, se internó en la montaña, sin dirección determinada, 
dejando á sus compañeros que fuesen por donde Dios les 
diese á entender. Caminó Andrés á la ventura por espa- 
cio de dos horas, sin encontrar amigo ni enemigo, y can- 
sado de apuella caminata sin objeto, comenzaba á resol- 
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'verse á nó dar un paso mas y aguardar á que amaneciese 
, cuando oyó á lo lejos el ladrido de un perro. Dedu- 
jo que habia de encontrarse próximo á alguna ranchería, 
y fué caminando poco á poco, guiándose por la voz del 
animal. Pronto divisó una débil luz, lo cual lo confirmó 
en la idea de que habia por ahi alguna casa,  y siguien- 
do la dirección de la claridad y del ladrido que se es- 
cuchaba ya mucho mas distinto, se encontró al fin delan- 
te de una casuca que tenia el aspeóte de una pobre cho- 
za de labradores. La; puerta estaba abierta, entró y ¡cuál 
seria su sorpresa al encontrarse, tendida en un tapexco
una muger todavía joven, que luchaba con las ansias de 
la muerte. Ün hermoso niño como de diez años de edad, 
muy blanco y muy rubio era el único ser humano que 
acompañaba á aquella desventurada en trance tan amar- 
go. El pobre niño parecía profundamente afligido, com- 
prendiendo que su madre iba á abandonarlo para siem- 
pre. Cuando entró Andrés Molinos, la moribunda abrió los 
los ojos y haciendo un esfuerzo extraordinario, con voz de bil 
y balbuciente dijo estas palabras, dirijiendose al que 
acababa de llegar: 
— Por el amor de Dios, hermano, quien quiera que 
seáis, amparad á esa pobre criatura, á quien dejo sola y 
abandonada en este mundo En un cofrecillo que en- 
contrareis bajo el tapexco, queda lo suficiente para que 
ese niño reciba la crianza que corresponde á la calidad 
de sus padres y para recompensaros á vos el servicio 
que le prestareis como cristiano . . . , Favoreced  y ocul- 
tad siempre el secreto de su origen.... De esto depende 
la conservación del tesoro que pongo en vuestras manos, 
y lo qué es mas, la vida misma de mi pobre hija, que. . . . 
La madre no pudo concluir. El esfuerzo que había 
hecho para pronunciar aquellas palabras agotó las últi- 
mas fuerzas que le quedaban Hizo seña al niño para que 
se acercase y estrechándolo entre sus brazos, entró en ago 
nía. Diez minutos después todo estada cncluido y An- 
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dres Molinos se encontraba entre el cadáver dé la madre 
y el niño que la Providencia confiaba á su cuidado. Re- 
flexionó un momento, y ya sea que Dios hubiese tocado su 
alma é inspirádole un sentimiento de compasión hacia el 
huérfano, ya la esperanza de la recompensa que habia 
indicado la madre^formó la resolución de amparar á 
aquel desgraciado. 
— ¿Como te llamas?, le preguntó el herrero. 
— Francisco^ respondió el huérfano. 

— ¿Como es que tu madre, que parecia persona de 
calidad, se encontraba sola y abandonada en este misera- 
ble rancho, perdido entre los montesl 
— Hemos salido de la hacienda, contestó el niño, por 
temor á las gentes del Rey, que nos buscaban para ma- 
tarnos- Después de haber andado por los montes varios 
dias, con un esclavo y una esclava que nos acompañaban, 
mi madre, que estaba muy enferma, no pudo ya seguir 
huyendo y dispuso que nos quedáramos en este rancho, 
donde nos dieron posada, mientras el esclavo iba á la ori- 
lla del mar, á ver si podia avisar á las gentes de mi pa- 
dre, para que viniesen á salvarnos. El negro no volvió, 
las gentes de la casa tuvieron miedo de que viniese el in- 
gles y se huyeron ayer con la negra, dejándonos solos. 
Asombrado quedó el herrero al oir lo que decia el 
niño. Una idea, que le sugerian los rumores de las rela- 
ciones del gefe de los piratas con una viuda española, bro- 
tó en su imaginación; y después de un momento de silen- 
cio, dijo:
— ¿Como se llama tu padre? 
El niño no respondió una sola palabra. Molinos repi- 
tió la pregunta en tono imperioso y el huérfano contestó: 
— 'Mi madre me ha dicho muchas veces que no des- 
cubriera á nadie el nombre de mi padre, si quería con- 
servar mi vida.
El herrero estuvo pensativo durante un breve rato. 
Calculó que «era  inútil interrogar en aquel momento al ni 
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ño, y dejó para mas tarde el averiguar el fundamento que
pudiera tener la vehementísima sospecha que lo habia asal- 
tado. Levantó la colcha que caia sobre el tapexco en que 
yacía el cadáver, y vio el cofrecillo que contenía la ri- 
queza de la pobre señora. Tiró con fuerza de una de las 
asas, y habiéndolo sacado, vio que la llave estaba en 
la cerradura. Tomó una astilla del ocote del fogón, y á 
favor de la luz que despedía, se puso á examinar el con- 
tenido del baúl. ¡Cual no seria su admiración y júbilo al en- 
contrarse con una gran cantidad de piedras preciosas y de 
monedas de oro! El miserable no habia visto jamas tan- 
ta riqueza junta. 
Era un espectáculo que tenia algo de horroroso y si- 
niestro el de aquel soldado ávido y codicioso que re- 
volvía los diamantes, las perlas y el oro, á la vista de 
aquel niño que contemplaba, sin derramar una lagrima, 
pero profundamente afligido, el cadáver de su madre.  
 — ¡Oro! perlas! diamantes! exclamaba el herrero ena- 
genado; ya soy rico; soy poderoso; mi muger se vestirá 
como la mas pintada; tendré coche, si quiero; y criados 
y lacayos con librea, y compraré casa;^ seré un señor co- 
mo los nobles. ¿Qué dirá Basilio, él, que siempre me 
decía que no pasaría yo de pobre? Já, já, já; y prorum- 
pió en una carcajada cínica, que hizo estremecer de hor- 
ror al pobre niño. 

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