miércoles, 18 de enero de 2017

ESPERANZAS DE CURACION- JURAMENTO DE DOS HEROES

 JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889
 
CAPITULO LXXXV. 
Esperanzas de curación.. 
Arrastrados por los sucesos de la guerra granadi- 
na, hemos dejado á Garcés, el paje de D. Beltrán de 
Meneses, cuando se dirigía á Sevilla con la honrada 
familia de mercaderes hebreos, que le libró de la 
muerte en el sombrío bosque donde le ataron los 
bandidos. 
Volvamos, pues, á este personaje cuyos ojos se 
veían privados de la luz por los efectos del rayo que 
cayó junto á él. 
El honrado Jacob, que este era el nombre del pa- 
dre de aquella familia patriarcal, le prodigó durante 
el camino las más solícitas atenciones, lo propio que 
Sara y sus hijos Esther y Ezequiel. 
Nada predispone tanto á la simpatía como la des- 
gracia. 
Por eso Garcés, si bien es verdad que había perdi- 
do el tesoro más envidiable que poseen los hombres, 
encontró en cambio corazones tiernos que se esforza- 
ban por consolarle é infundirle esperanzas. 
105 
842 EL JURAMENTO 
Llegados á Sevilla, se instalaron en una casa situa- 
da en los barrios menos céntricos, y el viejo Jacob 
pensó desde luego apelar á los recursos de la ciencia 
con objeto de conseguir la curación del paje. 
A este objeto, envió á su hijo Ezequiel para que 
buscase á un doctor, recomendándole que fuese 
hebreo. 
Jacob tenía dos poderosas razones para desearlo 
así. 
Era entusiasta de los de su raza, y no le faltaban 
motivos para ello; pues la verdad es que los hebreos 
hallábanse á una extraordinaria altura en ciencias y 
artes, sobresaliendo en las primeras como excelentes 
astrólogos y acreditados médicos. 
Ellos eran también los mantenedores de la indus- 
tria, y si bien es verdad que no podían prescindir de 
sus instintos de usura, posible es que los reyes de 
Castilla no hubieran contado con recursos para el 
mantenimiento de sus huestes en la guerra muslímica 
sin la poderosa cooperación financiera que hicieron. 
Garcés supo por Esther que el viejo Jacob había da- 
do órdenes á su hijo para que buscase un médico. 
— ¿Cuándo podré pagaros lo mucho que os debo? — 
preguntaba el joven, cuyos malos instintos se habían 
dulcificado con la desgracia. 
— ¿Quién piensa en semejante cosa? — contestó la 
hebrea. — Lo necesario es que te cures, y entonces ya 
nos ayudarás á vender nuestras mercancías. 
— Ah, sí, Esther; ¡pero si tú supieras cuánta des- 
confianza tengo de curarme! 
DE DOS HÉROES. 843 
— ¿Por qué? 
¿Acaso no lo han logrado otros muchos? 
— Ciertamente que sí; pero yo nada espero. 
Y el paje apoyaba su desconfianza en que Dios no 
le perdonaría sus infamias, y que su desgracia más 
había sido promovida por la mano de la Providen- 
cia que por el rayo que le hizo cegar. 
Pocos instantes después Ezequiel entraba en la 
casa acompañado de un sabio doctor. 
Este era un respetable anciano que había pasado 
consagrando al estudio su larga existencia. 
Jacob y Sara se apresuraron á seguirle á la es- 
tancia que ocupaba el paciente. 
El Galeno levantó con cuidado los párpados de 
Garcés y estuvo examinando sus pupilas. 
— No hay medios de curación, ¿no es verdad? — 
preguntó el paje: — mi sino es verme privado de la luz. 
El doctor prosiguió haciendo sus observaciones 
sin responder una sola palabra. 
Cuando las hubo terminado: 
— Es necesario, dijo, que sigáis el régimen que voy 
á trazar. 
— ¿Luego vais á someterme á un régimen? 
¿Luego no es imposible que algún día cure? 
— Hoy por hoy — respondió el hebreo — me limito 
á manifestaros que no he perdido en absoluto la es- 
peranza de vuestra curación, siempre que respetéis 
estrictamente el plan que os trace. 
— ¡Ah doctor! ¿Acaso podéis dudarlo? 
¿No es para mi bien? 
844 EL JURAMENTO 
Por duro que sea el tratamiento, yo lo soportaré 
con paciencia. 
— Ante todo os recomiendo que no os impacientéis, 
es preciso que tengáis quietud. 
— Perfectamente, la tendré. 
Tuve la fortuna de que me amparasen estos cari- 
tativos señores, que son el símbolo de la mansedum- 
bre y de la bondad. 
A su lado no es posible que nadie sufra ni se in- 
quiete. 
En los labios de Sara y Esther se dibujó una son- 
risa al oír aquel encomio dictado por el agradeci- 
miento. 
— Yo cuidaré de que al enfermo no le falte nada, 
dijo la segunda, estrechando entre sus manos las del 
paje. 
— ¡Bendita seas! — exclamó éste, llevándoselas á su 
boca. 
— ¿Acaso no cumplimos como los deberes dictan? 
— ¡Ah Esther! los deberes, por lo mismo que lo 
son, suelen parecemos enojosos. 
El médico había sacado de su botiquín unas hilas 
que impregnó cuidadosamente en un colirio de su 
invención. 
Luego aplicó el benéfico bálsamo á los ojos del en- 
fermo, anudando las extremidades de la venda. 
— Ahora, dijo, es preciso aguardar algunos días. 
Ya os he dicho que tengo esperanzas de curaros, 
pero no con la rapidez que desearéis. 
— Gracias, gracias, doctor. 
DE DOS HÉROES. 845 
El anciano hebreo salió de la estancia despidién- 
dose hasta el siguiente día. 
Sara, Jacob y Ezequiel le acompañaron hasta la 
puerta. 
— Y bien, doctor — preguntó el primero — ¿es verdad 
lo que habéis prometido al enfermo, ó le disteis espe- 
ranzas de curación sólo porque no se agravara su
dolencia? 
— No, amigo Jacob, ese joven se curará, pero es 
necesario tiempo y constancia. 
— ¡Ah, Dios de Israel! — exclamó Sara — todo pue- 
de darse por bien empleado cuando se consigue lle- 
gar al fín que uno se propone. 
En cuanto á constancia para cuidarle, no ha de fal- 
tar seguramente. 
Todos nos hemos interesado por ese infeliz, y mi 
hija, que posee un alma de oro, es la representación 
de la mansedumbre. 
Ella le cuidará. 
— ¿Convendría al enfermo tomar el aire libre? 
— Por ahora no. 
— Os hacía esta pregunta, porque tenemos á es- 
paldas de la casa un pequeño patio que casi merece 
el nombre de jardín. 
En él hay macetas cuajadas de flores, y ya que el 
enfermo se encuentra privado de verlas, aspiraría 
por lo menos sus aromas. 
— Siendo así, no hay inconveniente en que reciba 
en ese sitio el aire libre, supuesto que para llegar á él 
no es necesario que se fatigue. 
846 EL JURAMENTO 
— Muy bien, pero aun nos falta saber lo más esen- 
cial. 
— ¿Qué deseáis saber? 
— Qué régimen ha de observar en los alimentos. 
— Ninguno. 
La enfermedad suya es puramente local, y no la 
afectarían más que los picantes y el abuso de las be- 
bidas. 
— En ese caso, no existe ningún peligro en esta casa. 
El doctor despidióse de aquella familia, y salió 
con objeto de visitar á los muchos enfermos que le 
aguardaban. 
Jacob, su esposa y su hijo volvieron á la estancia, 
donde se hallaban el paje y Esther. 
Garcés, que se encontraba dotado de ese oído su- 
til que poseen todos los ciegos, advirtió el rumor de 
sus pasos mucho antes de que entrasen en la habi- 
tación. 
— ¿Qué os ha dicho el médico? — preguntó con voz 
temerosa. 
— ¿Que qué nos ha dicho? — respondió Jacob estre- 
gándose las manos con alegría; — ¿pues acaso no lo 
sabes? 
— Temo que me haya dado esperanzas con el úni- 
co propósito de no desconsolarme. 
— La propia idea tuve yo, pero ambos nos hemos 
equivocado por fortuna. 
El anciano que acaba de salir de aquí es uno de 
los hombres más notables que han cultivado las cien- 
cias médicas. 

 

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