miércoles, 18 de enero de 2017

ESTHER- EL JURAMENTO DE DOS HEROES-ESPAÑA

  EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CCASTELLANOS
MADRID
-ESPAÑA
1889
 
El anciano que acaba de salir de aquí es uno de 
los hombres más notables que han cultivado las cien- 
cias médicas. 
DE DOS HÉROES. 847 
Se refieren de él curas milagrosas. 
¿Qué tiene de extraño que vuelva la luz á tus ojos? 
— ¿Pero qué os ha dicho? 
— Que se prometía curarte siempre que fueses su- 
miso para respetar sus prescripciones. 
El enfermo se sonrió. 
Ya no podía dudar que las palabras de Jacob eran 
ciertas. 
El viejo hebreo no sabía mentir. 
— ¡ Ah, señor, quiera el cielo colmaros de beneficios: 
sólo á vos y á vuestra noble familia deberé la in- 
mensa dicha de recobrar la luz! 
— ¡Vaya, no te aflijas! 
También he conseguido del doctor que salgas al- 
gunos ratos á nuestro pequeño jardín. 
— ¿Hay jardín en esta casa? 
— No puede dársele semejante nombre, porque es 
muy pequeño, pero confío que pronto puedas con- 
templar por tus propios ojos las lindas macetas que 
rodean la fuente. 
— Dios os escuche, mi buen Jacob. 
— Sí, sí le escuchará — añadió Sara — aunque no 
sea más que por las oraciones que hemos de dirigir- 
le, tanto yo como ese ángel que está á tu lado. 
Y la anciana, al decir esto, dirigió una dulce mira- 
da á la hermosa Esther. 
Esta correspondió á su madre con una sonrisa an- 
gelical. 
Aquel día se solemnizó en la morada de los he- 
breos la satisfactoria noticia que había dado el doctor. 
848 EL JURAMENTO 
Sara cuidóse de hacer una espléndida cena. 
Ezequiel obtuvo autorización para ir á paseo, que 
era lo que más le halagaba, como á todo joven. 
El viejo Jacob tomó asiento junto al hogar. 
La única que no permitió separarse un instante del 
enfermo fué Esther. 
Garcés escuchaba sus palabras de consuelo, que 
refrescaban su corazón oprimido por el infortunio. 
— Oye, Garcés — decíale la joven con un acento 
dulce como la melodía de los pájaros; — voy á hacerte 
una pregunta, para que me respondas con entera 
sinceridad. 
— Cuantas quieras. 
— Cuando recuperes la vista, ¿qué harás? 
— Lo primero que desearé es contemplar tu rostro, 
que debe ser tan bello como tu alma. 
Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un vivo 
carmín. 
— ¡Ah, no lo creas, yo no soy hermosa! 
— No es posible; Dios tiene que haber derramado 
en ti todas sus perfecciones. 
— Si he de decirte la verdad, nunca me he ocupado 
de pensar en semejante Cosa. 
Pero volvamos á mi pregunta. 
No he querido saber la materialidad de tu primer 
impulso al descubrir los rayos de la luz, sino lo que 
harás después. 
El paje vaciló un momento antes de dar una res- 
puesta á la pregunta que se le hacía. 
Luego dijo: 
DE DOS HÉROES. 849 
— Pues entonces será necesario que busque un 
modo de vivir, puesto que nada poseo. 
— ¿A qué te has dedicado? 
— He sido paje de un noble de Córdoba. 
—¿De manera, que es posible que le busques de 
nuevo para que te admita otra vez á su servicio? 
— No, Esther, eso nunca. 
—Parece que lo dices de una manera extraña. 
¿Acaso te trataba mal? 
— Mi señor tenía un carácter endemoniado. 
— ¿Aun contigo, que tan bueno eres? 
— Aun conmigo. 
— ¿De manera, que es posible que al recuperar la 
vista salgas de esta ciudad? 
—No quisiera hacerlo, porque entonces me vería 
privado de visitar á mis protectores; ¿pero cómo 
evitarlo si la necesidad liega á exigírmelo? 
— Garcés, te he hecho todas estas preguntas por- 
que tengo un proyecto. 
— ¿Un proyecto? 
—Sí, yo sé hasta dónde llega la bondad de mis 
padres y mi hermano. 
¿Por qué no te quedas junto á nosotros? 
— ¿Y para qué había de serviros? 
—¿Acaso no podías dedicarte al comercio como lo 
hacen ellos? 
—Ciertamente, si poseyese un pequeño capital. 
— No te hace falta. 
Mi padre te entregará algunos objetos para que los 
vendas. 
107 
850 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
De este modo puedes formar con economía el ca- 
pital que ambicionas. 
— Y además de mi curación, os deberé cuanto po- 
sea. 
En aquel instante entró en la estancia Sara, mani- 
festando al enfermo y á su hija que la cena aguardaba. 
Esther condujo de la mano á Garcés. 
CAPITULO LXXXVI. 
CREPÚSCULO DE AMOR
Cuando terminó la cena habíase ocultado el sol, y 
multitud de estrellas tachonaban el resplandeciente 
firmamento. 
Los ancianos esposos, que todavía no se habían 
indemnizado del cansancio producido por el viaje, 
sintieron la necesidad del descanso, y después de ha- 
cer oración se retiraron á su estancia. 
Ezequiel habíase brindado espontáneamente á dor- 
mir en la habitación del enfermo para cuidarle du- 
rante la noche, y le condujo de la mano hasta el 
lecho. 
Esther dirigióse á su habitación. 
No tenía sueño. 
Por el contrario, extrañas ideas la predisponían á 
la vigilia. 
La estancia de Esther era pequeña, pero acusaba 
una pulcritud poco frecuente en las de su raza. 
Su lecho era blanco como una paloma. 
Sobre la cabecera veíase clavado en el muro un 
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lienzo representando á Moisés en el momento de es- 
cribir las Tablas de la Ley. 
Una pequeña arca, un diván y una mesa de pino 
constituían el mobiliario. 
Aquella estancia tenía una ventana que caía al pa- 
tio que el viejo Jacob llamaba su jardín, no sin fun- 
damento para ello. 
Hallábase rodeado de naranjos, cuyos blancos ra- 
cimos de flores embalsamaban el ambiente con ese 
aroma incomparable, que es uno de los que más de- 
leitan el olfato. 
En el centro había una pequeña fuente cuyos ca- 
prichosos surtidores producían melancólicas armo- 
nías al caer en el pilón, entre cuyas aguas coleaban 
multitud de pececillos cuyas escamas tomaban los 
más ardientes visos al sentirse heridas por los rayos 
del astro nocturno. 
 Alrededor de la fuente había un sinnúmero de 
macetas, entre las que predominaban los claveles de 
distintos matices. 
Una añeja parra trepaba por los pies derechos que 
con este objeto se habían colocado, elevando hasta 
las ventanas de la casa sus verdes y alegres pám- 
panos. 
Las anchas hojas servían de celosía á la ojiva de 
la estancia de Esther. 
La joven se asomó á la ventana. 
Cualquiera que la hubiese visto hubiérala encon- 
trado más hermosa que nunca. 
Era el verdadero tipo de las hijas de Sión. 
DE DOS HÉROES. 853 
Negros y ondulantes cabellos poblaban su cabeza 
sujetos por la fifa, esa característica peineta de las 
de su raza. 
Sus ojos eran oscuros como la noche y brillantes 
como sus estrellas. 
Las largas pestañas que los velaban, daban á sus 
dilatadas pupilas un tornasolado azul que las hacía 
más encantadoras. 
Su rostro era ovalado como el de las creaciones 
artísticas del inmortal Miguel Ángel. 
Únase á estas gracias su nariz, de carácter griego, 
su boca, de labios finos y cárdenos, guarnecida de di- 
minutas perlas, y podrán tener nuestros lectores una 
idea de la incomparable hermosura de la hija del 
viejo Jacob. 
Su tez recordaba la vaguedad del crepúsculo, que 
participa de la blancura de la luz y de la lobreguez 
de la noche. 
Ni gruesa, ni delgada, ni de estatura que rayase en 
exageración, aquella hija de Israel era el ensueño 
de un poeta y el ideal de un pintor. 
Sin embargo, jamás se había cuidado de pregun- 
tarse si era bella. 
Le sucedía lo propio que á la candida mariposa 
que abandona su crisálida y sacude sus irisadas alas 
sobre una flor, sin haberse contemplado todavía en 
los puros cristales de los arroyos. 
Sus padres habían cuidado que viviera como la 
planta que no recibe los rayos del sol más que á tra- 
vés de los vidrios del invernadero. 
854 EL JURAMENTO 
Podría aplicarse á ella el retrato que hace La- 
martine de una de sus heroínas. 
«Cosa extraña, dice el autor francés; á pesar de sus 
diecisiete abriles, no sabía si sus ojos eran negros ó 
azules, si sus cabellos eran negros ó rubios...» 
Así era Esther. 

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