martes, 3 de enero de 2017

LA DUQUESA DE ANSO- ESPAÑA- 1921

 UN GRITO EN LA NOCHE
PEDRO MATA
MADRID,ESPAÑA 1921

LA PROTAGONISTA 
La duquesa de Ansó es una de las mujeres más 
simpáticas y más elegantes de Madrid. Cuando los re- 
visteros de salones suelen llamar én sus reseñas a una 
dama del gran mundo elegante y siftipática, el públi- 
co, que conoce muy bien el valor convencional de los 
adjetivos de periódico, piensa en el acto que la tal 
dama debe de ser horriblemente fea. Conviene, pues, 
advertir, antes de continuar adelante, que este libro 
no es precisamente una revista de salones y que el 
autor, aunque esté encanallado, como casi todo el 
mundo, con el lenguaje corriente de la vida, aún con- 
serva, cuando escribe, el debido respeto a la significa- 
ción de las palabras. Si dice que la duquesa de Ansó 
es simpática y elegante, no es para justificar con ama- 
bles eufemismos la ausencia de otros encantos de 
mayor cuantía, sino porque estas dos cualidades de 
simpatía y elegancia son las que mejor especifican y 
caracterizan su interesante personalidad. No es fea ni 
muchísimo menos la duquesa de Ansó. Tal vez no 
sea una mujer hermosa; para ello le falta, desde lue- 
go, estatura y acaso, acaso, esa impecable corrección 
de líneas que exige el arquetipo de ia belleza clásica; 
pero es fina, bonita, desenvuelta, graciosa, madrileña 
castiza como aquella otra gran duquesa de Alba que 
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PEDRO MATA 
inmortalizó, para pasmo de las gentes, el señor don 
Francisco de Goya. 
Acaba de cumplir treinta y ocho años y nadie diría 
que traspasó los veinticinco. Es preciso mirarla muy 
de cerca, muy detenidamente, para descubrir en e 
rasgado de la boca, junto al borde de las aletas de la 
nariz, en las comisuras de los párpados, la sospecha 
de un indicio de arrugas desvanecido bajo el velo de 
los polvos de arroz. Es necesario una mirada perspi 
caz y docta, una pupila profesional de pintor o de 
masajista, para advertir en la piel de su cara, satinada 
y tersa, esa pátina precursora de la marchitez que sin 
ser marchitez todavía pone un matiz de opacidad en 
las carnes fragantes de las mujeres y las flores mucho 
antes de que lleguen a la lozana plenitud. Flores y 
mujeres en ésto son análogas: magnolias hay que 
antes de abrir tienen ya marchitas las puntas de las 
hojas; gardenias cuyos pétalos después de desflorados 
siguen pareciendo pedacitos de porcelana desprendi- 
dos de una guirnalda artificial. Hay quien tiene la des- 
gracia de nacer magnolia. Hay quien tiene la suerte 
de morir gardenia. Como la riqueza, como la gloria, 
como la felicidad, como la muerte, son dones que la 
Fortuna otorga caprichosa. 
 A la duquesa de Ansó le tocó en el reparto el privi- 
legio de ser siempre bonita. Al menos para los que 
sólo la contemplan en las corrientes velaciones del 
mundo, su tez morena, de un moreno pálido, translú- 
cido, ambarino, conserva indemne toda la frescura de 
la mocedad. Sus ojos profundamente negros, muy ras- 
gados, muy dulces, miran con un candor que descon- 
cierta y una melancolía que emociona. Aunque no es 
alta, tiene tan gentil apostura, su empaque es tan alti- 
vo cuando va por la calle, sabe pisar con tanta ga- 
llardía, que sobre los tacones Luis XV, bajo las gran- 
des plumas del sombrero, envuelta entre la tibia ca- 
ricia de las pieles, casi parece altísima. En cambio 
cuando en las tardes de aburrimiento, sola en el san- 
tuario de su gabinete, desmadejada y desvaída se 
tiende en el sofá para leer un libro, abulta poco más 
que una gata de Angora. Pero de todos modos, altísi- 
ma o menuda, en la calle o en casa, siempre es la 
misma la impresión que da de lozanía y juventud. 
—¿Pero es posible? — preguntan asombrados cuantos 
la ven por primera vez—. ¡Si parece una niña!— Ver- 
dad; eso parece. 

No obstante esta apariencia engañadora de juven- 
tud, frivolidad y coquetería, la duquesa de Ansó es 
una mujer muy honrada, muy seria y muy formal. 
Siete años hace que se quedó viuda, y lleva su viudez 
con tan irreprochable corrección, es su vida tan trans- 
parente y tan diáfana, que sus mejores amigas o sus 
peores enemigas, para el caso es lo mismo, no han 
podido todavía hallar en ella el resquicio más insig- 
nificante por donde lanzarse a la dulce tarea de la 
murmuración escandalosa. Para tales efectos el hotel 
soberbio de la calle de Almagro es a un tiempo mis- 
mo baluarte inexpugnable y jaula de cristal. 

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