sábado, 7 de enero de 2017

LA HIJA DEL ADELANTADO- 26-30

 LA HIJA DEL ADELANTADO- 
JOSE MILLA
 
Dispuesto ya lodo, los heraldos publicaron el reto en nombre 
de los mantenedores ; presentáronse muchos caballeros, y 
habiendo hecho señal los clarines, comenzó el combate. Al 
principio, la cuadrilla que acaudillaba Jorge de Alvarado 
llevaba la mejor parte en la pelea. El valeroso hermano del 
Adelantado rompió seis lanzas y había desmontado ya cuatro 
paladines de los de Portocarrero. Muchos de los caballeros se 
lucieron en aquella justa por su destreza y fuerza de su 
brazo. Pedro González Nájera, el valiente capitán que años 
antes atravesó por en medio de un numeroso ejército enemigo 
para llevar un mensaje á don Pedro, hizo aquel día prodigios 
con la lanza, combatiendo al lado de don Jorge. Juan de Alva- 
rado, hermano de don Pedro, Gonzalo de Ovalle, Gaspar Arias 
Dávila, Antonio de Salazar, Hernando de Chávez, de quien 
26 DON JOSÉ MILLA. 
descendía el cronista Fuentes, Sancho de Baraona, Bartolomé 
Becerra, Gaspar de Polanco, Pedro de Cueto y otros muchos 
caballeros lidiaron en el torneo, ya con el uno, ya con el otro 
de los dos caudillos. Portocarrero, que no había tomado al 
principio una parte muy activa en el combate, viendo á los 
suyos casi vencidos ya y descorazonados, adelantóse en medio 
de la plaza, y después de haber cambiado una mirada con 
doña Leonor, que no pasó desapercibida del celoso hermano 
de doña Beatriz, empeñóse en reñido combate con los pala- 
dines del bando contrario. A poco rato, había roto seis lanzas 
y desmontado otros tantos campeones ; con lo que, ayudado 
de los suyos, que cobraron nuevo brío, quedó al fm dueño del 
campo. Iba á proclamársele vencedor por los jueces, cuando se 
presentó un heraldo retando á singular combate á don Pedro 
de Portocarrero, en nombre de un caballero de la cuadrilla de 
don Jorge, que reservaba el dar su nombre para después de 
la pelea* Aceptó en el acto el buen caballero, y la atención 
general quedó suspensa, esperando á ver quién fuese el teme- 
rario que desafiaba á tan temible campeón. Creció el pasmo 
de la concurrencia cuando se presentó en la arena un paladín 
de pequeña estatura, con la visera calada y encorvado bajo la 
armadura. 
— No sufrirá el primer bote de lanza de Portocarrero, decía 
uno. 
— Vamos á verlo volar como una pluma por el aire, decía 
otro. 
— Á no ser que tenga pacto con el diablo, agregaba un ter- 
cero, ese hombrecillo va á caer maltrecho en medio de la arena. 
Mientras tanto el desconocido paladín tomaba sus disposi- 
ciones y recibía de manos de sus escuderos la lanza y el escu- 
do sin empresa alguna. 
Los jueces midieron el campo, y dada la señal, partieron al 
mismo tiempo ambos jinetes, encontrándose á la mitad de la 
carrera. Don Pedro dirigió la punta de su lanza al peto de su 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 27 
rival, que vaciló sobre la silla y estuvo á punto de caer bajo 
tan formidable golpe. El desconocido enderezó el hierro al 
yelmo de don Pedro, y con el choque, hizo se desprendiese la 
visera, que cayó dejando descubierto el rostro del caballero. 
Entonces, con un movimiento rápido como el relámpago, el 
desconocido arrojó su lanza con fuerza, y la acerada punta 
hirió en la frente al noble Portocarrero, cuya sangre corrió á 
borbotones. Un grito de dolor resonó en el balcón de las Casas 
Consistoriales, y doña Leonor cayó desmayada en brazos de 
. su amiga doña Juana de Artiaga. Portocarrero, indignado, 
 soltó la brida á su caballo, y tomando con ambas manos su 
pesado lanzón, lo levantó en el aire, y cobrando nuevas fuer- 
zas del coraje, lo descargó sobre el casco del infame, que reci- 
bió tan tremendo golpe en la cabeza, que cayó en tierra sin 
sentido. 
— ¿Qué hacéis, don Pedro? gritó don Francisco de la 
Cueva ; no es ese el modo de combatir con un caballero. 
— Es el modo de castigar á un villano, contestó Portocarrero, 
y se retiró á su tienda ensangrentado. 
Los escuderos y pajes del desconocido acudieron en su 
auxilio, y habiendo desatado las correas del yelmo y descu- 
bierto la cabeza de éste, apareció, pálido y demudado, el rostro 
del veedor Gonzalo Ronquillo. 
— ¡ El Estafermo ! gritó el pueblo, y acompañó aquella 
exclamación con una ruidosa salva de carcajadas. 
Concluyó el torneo, y los jueces del campo se retiraron para 
deliberar. 

CAPITULO IV 

En la mañana del día siguiente, mientras el Adelantado se 
hallaba en su gabinete con su secretario Diego Robledo, tra- 
tando varios negocios graves, la servidumbre del gobernador, 
reunida en la antecámara, conversaba familiarmente, recayen- 
do la plática, como era natural, sobre las escenas de la víspera. 
Estaban allí el mayordomo y el camarero mayor, llamados 
Francisco y García de Alvarado ; el caballerizo García Ortiz, 
el despensero Pedro González, los pajes Alarcón, Biezma, 
Figueroa, Osorio, Gasano y Pérez, paje de cámara, cuyos 
nombres se han conservado en el testamento de don Pedro. 
— Brillante fué la función, decía el mayordomo ; y á no 
haber sido el desgraciada lance con que terminó, por una 
casualidad, la corona de vencedor se habría adjudicado al 
valiente Portocarrero. 
— ¿Casualidad, decís? contestó el criado anciano á quien 
hemos conocido ya en el capítulo primero de esta historia; 
decid más bien el maleficio que se hizo, al yelmo de Porto- 
carrero. 
Acostumbrados á escuchar con respeto el parecer de Rodrí- 
guez el viejo, los demás criados rodearon al que acababa de 
pronunciar aquellas palabras. El mayordomo continuó : 
— Parece, en efecto, señor Rodríguez, cosa de hechicería; 
pero, ¿quién puede haber jugado esa mala pasada al buen ca- 
ballero? ¿No es probable que el tornillo que dicen faltaba en 
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en el encaje de la visera, haya caído casualmente, ó se haya quc- 
bradoo con ol golpe que le dio con la lanza el veedor Ronquillo? 
— No puede ser, replicó Rodríguez; eso ha sido obra de 
encantamiento, creed a mi experiencia y acordaos de que suele 
decirse que más sabe el diablo por viejo que por diablo. 

— ¿Y que decís, preguntó el camarero García de Alvarado, 
del desaguisado que cometió el veedor, hiriendo en el rostro á 
Portocarrero, después que hahia, caído la visera ? Bien sabóis 
que eso está prohibido por las leyes de la caballería. 
— Así es, contestó el mayordomo; pero se asegura que 
aquello fué también casual, no habiendo sido la intención do 
don Gonzalo herir á su adversario. 
— Casual ó no, dijo el despensero González, el Estafermo 
la ha llevado buena. Dicen que hoy ha amanecido con calen- 
tura de cuenta del porrazo que le dio don Pedro con su lanzón. 
— Buen provecho le haga, dijo el paje de cámara Pérez. 
Ese veedor no me la hace buena. ¿ Y se sabe ya lo que hayan 
decidido los jueces del campo? Supongo condenarán al veedor, 
— Pues supones muy mal, replicó el viejo. Eso de condenAr 
a un hombre como Ronquillo, no se hace tan aínas. 
— Pero el licenciado de la Cueva, dijo el paje, y el tesorero 
real, son hombres de ciencia y de conciencia. 
— Lo primero concedo, contestó Rodríguez ; lo segundo dis- 
tingo, como decíamos en Salamanca. Si se trAta de un negocio 
en que no tenga interés, el licenciado hablará como un papa ; 
pero si hay gato encerrado, citará las Pandectas y el Fuero 
Juzgo y se saldrá con la suya. En cuanto a Castellanos, lo 
tengo. Dios me lo perdone, por gente non sánCTa, aun cuando 
sea más sabio que el marqués de Villena. 
— Pero siendo, como es, observó García Ortiz, conocido el 
afecto que el Adelantado, nuestro amo, profesa á Portocarrero, 
no se atreverán á sentenciar contra él. 
— ¿ Y si se atreven ? dijo Rodríguez. ¿ No se atrevió Sancho 
de Baraona á poner demanda al Adelantado mismo ante el 
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juez Maldonado, sobre el pueblo de Atitlán, que le quitó, y no 
lo condenó el susodicho juez á pagar al querellante no sé qué 
cantidad de pesos ? 
— Que por cierto hasta ahora no ha pagado, dijo el mayor- 
domo ; como tampoco me ha satisfecho á mí mis salarios. 
— Ni á mí los míos ; añadió el camarero mayor. 
— ¿Y qué dirá quien os oye? dijo el despensero ; de mí sé 
decir que no he recibido un maravedí desde que estoy al 
servicio de su señoría. 
— Por ahí nos vamos, hijo, añadió el caballerizo ; pues yo no 
sé todavía ni lo que gano. 
— Pues medrados estamos, dijo uno de los pajes. Si vos- 
otros no recibís vuestro salario, ¿ qué se hace del oro del Ade- 
lantado? En cuanto á mí y á mis compañeros aquí presentes, 
esperamos el ajuste de nuestras cuentas para el día del juicio. 
— Gente desleal y desagradecida, exclamó con impaciencia 
el viejo Rodríguez! ¿ de qué os quejáis ?¿ No tenéis en la 
casa cuanto habéis menester? Si no recibimos nuestros sala- 
rios puntualmente, se nos pagarán algún día; y sin eso, harto 
pagados estamos con servir á tan buen señor, amén de los 
gajes que á muchos de vosotros les proporcionan sus oficios. 
Además, el Adelantado es agradecido, y nos irá dando empleos 
lucrativos ; sino, ahí tenéis al señor Diego de Robledo, que de 
simple criado suyo, ha venido á ser todo un escribano de 
Cabildo, gracia que le alcanzó don Pedro con el secretario 
Samano en este último viaje á la corte. 
— ¡ Oh  Robledo, dijo el mayordomo, ese es de la tetilla del 
amo, es el archivo de sus secretos, y como sabe tantas cosas, 
conviene que tenga una buena tajada en la boca para que 
no hable. 
Iba á replicar el leal Rodríguez, cuando abriéndose de par 
en par las puertas del gabinete, salió un hombre alto, seco, de 
mirada torva, vestido de negro y que llevaba un rollo de per- 
gaminos debajo del brazo. Era el señor Diego de Robledo, 
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secretario privado del Gobernador y escribano de Cabildo. 
El corro de fámulos maldicientes tomó repentinamente una 
actitud respetuosa y humilde, mientreis el secretario avanzaba 
con el aire entre burlón y desdeñoso de un insolente favorito. 
— ¡Hola! Pérez, dijo, dirigiendo una sonrisa al paje de cámara. 
Parece que no te ha ido mal en el negocio de Reguera. Dícenme 
que te ha valido cincuenta pesos de oro. Aquí va ya despachada 
la concesión del repartimiento de indios. Cincuenta naborías. 
* j Cáspita ! pues no es mal bocado. Si quieres ser portador de 
" tan buena nueva, acude á mi casa por los títulos, y nos eníen- 
deremos, dijo, recalcando con intención en las últimas palabras. 
— Y tú, Francisco, anadió volviéndose el mayordomo, 
puedes contar ya con que tu ahijado Becerra obtendrá su 
solicitud en lo del solar; ¿ cuánto te ha dado? 
— Una bicoca, dijo el descarado mayordomo : diez vacas 
y seis caballos y una mala cadena de oro. 

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