sábado, 7 de enero de 2017

LA HIJA DEL ADELANTADO -JOSE MILLA- 22-25

 LA HIJA DEL ADELANTADO 
-JOSE MILLA
— Don Francisco, respondió Ronquillo, no ignoráis el odio 
que tengo á ese Portocarrero, hombre que ha suscitado el 
espíritu de las tinieblas para tormento mío. La aparente gene- 
rosidad con que me salvó la vida en lo de Quezaltenango, no 
ha hecho más que acrecentar mi encono contra ese miserable. 
He meditado una venganza tan satisfactoria para mí, como 
22 DON JOSÉ MILLA. 
humillante para mi enemigo : pretendo justar con él mañana 
en el torneo, y requiero vuestra ayuda. 
— Justo es vuestro enojo, don Gonzalo, replicó el tesorero, 
y estoy pronto á ayudaros en lo que deseareis ; pero advertid 
que Portocarrero es hombre á quien no es fácil vencer en la 
lucha. Medid vuestros pasos, no sea que proporcionéis una nueva 
ventaja a nuestro común enemigo. El lance de la otra tarde... 
— i Vive Dios ! don Francisco, interrumpió irritado el veedor, 
que no me recordéis lo del condenado estafermo, porque soy 
capaz de perder el juicio. Aquello fué originado únicamente por 
la torpeza de mi caballo; os juro que el proyecto que he medi- 
tado acabará, si me ayudáis, con la soberbia de ese hombre. 
— Decid, pues, y contad conmigo. 
— ¿ No están esta misma noche las armas de los combatientes 
depositadas en la catedral? dijo el veedor bajando la voz. 
— Sí, ¿y qué os importa eso? 
— Más de lo que imagináis. ¿No me habéis dicho -otra vez 
que el sacristán Reynosa os debe grandes obligaciones ? 
— Ciertamente, como que por mi influencia fué nombrado para 
el cargo, con el salario de sesenta pesos de oro de minas.¿Yqué? 
— Siendo así, Reynosa no podrá negaros el favor de permi- 
tirnos que visitemos esta noche las armas, dijo Ronquillo. 
— Probablemente no, contestó Castellanos. 
— Pues entonces, vamos allá, sin pérdida de tiempo, y luego 
sabréis todo mi plan. 
Tomaron ambos hidalgos capas y sombreros, y encami- 
nándose por calles excusadas á la parte de atrás de la catedral, 
donde estaba situada la habitación del sacristán Reynosa, 
llamaron á la puerta. SaUó éste é hizo entrar á los dos caba- 
lleros, que le manifestaron el deseo de ver las armas por pura 
curiosidad. Pareció sencilla la solicitud al sacristán, y permi- 
tióles la entrada á la capilla de la Veracruz, en donde estaban 
suspendidas armaduras, espadas y lanzas de los que habían de 
justar al siguiente día. Ronquillo se detuvo delante de una 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 23 
armadura pintada de azul, cuyo escudo tenía por empresa un 
sol iluminando una rosa á medio abrir, sobre la cual revolo- 
teaba una abeja, é hizo disimuladamente una seña á Castella- 
nos. Éste llevó aparte á Reynosa, entreteniéndolo con la con- 
versación, en tanto que el veedor tomó el yelmo perteneciente 
á aquella armadura, y con un instrumento de hierro que llevaba 
oculto, hizo cierta operación en aquella pieza^ volviendo á 
colocarla en el sitio en que estaba. En seguida retiráronse los 
dos amigos, y al despedirse de Reynosa en la puerta de la calle, 
le recomendaron no hablase de aquella visita, pues las leyes 
de caballería prohibían el que se acercase persona alguna á las 
armas de los combatientes, para evitar hechicerías y maleficios. 
Después, separáronse los dos hidalgos, diciendo Ronquillo á 
Castellanos, tomándole afectuosamente la mano : 
— Adiós, don Francisco, y acordaos de que si se suscita 
mañana alguna contienda en el torneo, decidiréis en mi favor, 
como juez del campo. 
— Contad con ello, por lo que a mí toca, dijo el tesorero y 
se retiró á su casa. 
Ronquillo entró en la suya, saboreando ya de antemano la 
rastrera venganza que meditaba. 
Enteramente ocupados en el asunto que traían entre manos, 
los hidalgos no advirtieron que desde su salida de la casa de 
Ronquillo, los había seguido con cautela un hombre embozado, 
que los vio entrar á la iglesia, y que oculto á la sombra de leis 
elevadas paredes, pudo verlos salir y escuchó la recomendación 
de guardar el secreto de aquella visita que, al despedirse, 
hicieron á Reynosa. Ese embozado misterioso era Pedro Rodrí- 
guez, quien después de haber sorprendido aquella escena, 
visto que se separaron Ronquillo y Castellanos, y oído sus 
últimas palabras, se retiró á su casa pensativo. 
El 4 de octubre de 1539 tuvo efecto el torneo, cuyo recuerdo 
se conservó aun algunos años después de la destrucción de la 
primitiva ciudad de Guatemala. La plaza, vistosamente ador- 
24 DON JOSÉ MILLA. 
nada, estaba llena de espectadores. Las familias principales 
ocupaban sitios preferentes bajo toldos de lienzo, adornados 
con colgduras de damasco; y el pueblo, al aire libre, se 
apiñaba en confuso tropel para presenciar un ejercicio tan pro- 
pio de aquellos tiempos, en que el valor y la destreza en el 
manejo de las armas eran el orgullo de los nobles y la admira- 
ción de las otras clases sociales. 
Bajo el dosel de la galería del Cabildo, tomaron asiento el 
Adelantado y su familia, ocupando un sitio preferente doña 
Leonor, que vestía un traje de tela de plata, con manto de ter- 
ciopelo encarnado, todo sembrado de pequeños carcajes de 
oro ; ceñida la frente con una diadema de brillantes. Colocaron 
á sus pies un taburete con cojín de terciopelo, sobre el cual 
estaba la corona de oro, figurguido dos ramas de laurel, desti- 
nada al vencedor. Al presentarse la hija del Adelantado, un 
murmullo de admiración se levantó en torno del palenque, 
sincero y expresivo homenaje rendido ala belleza de la reina 
del torneo. Los jueces, armados de punta en blanco, recorrie- 
ron el campo y dictaron sus últimas disposiciones. Los mante- 
nedores aguardaban firmes en sus respectivos puestos. Desco- 
llaba la elevada estatura de Portocarrero, sobre cuya cimera 
ondeaba un penacho encarnado y blanco, y cuyo brazo izquierdo 
ceñía una banda de seda de iguales colores, que eran los 
mismos del traje de doña Leonor, y los de la casa de Jicoten- 
cal, según el cronista Bernal Díaz. Guando el escudero pre- 
sentó el broquel á don Pedro, pudo verse la empresa, que con- 
sistía en una rosa mejicana medio abierta, bañada por los rayos 
del sol en su cénit, y una abeja revoloteando, como tímida y 
respetuosa, en torno de la flor. Leíanse en derredor de aquella 
alegoría, estos cuatro versos : 
Yo soy la abeja, 
Vos sois la flor, 
Rosa temprana 
Que se abre al sol. 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 25 
La profunda pasión de Porlocarrero era un secreto para 
todos; así es que la generalidad no comprendió el verdadero 
significado de la empresa. Solamente la penetrante intuición 
del odio alcanzó, entre sombras, el sentido oculto de aquella 
pintura. Así fué que momentos después de haberse presentado 
en liza Porlocarrero, acercóse Gonzalo Ronquillo á don Fran- 
cisco de la Cueva, y le dijo al oído: 
—Alto pica la abeja de Portocarrero. 
— No, contestó don Francisco,procura libar una humilde 
rosa del campo, don Gonzalo. 
-— Rosa que brotó, replicó el maligno veedor, en los jardines 
del rey de Tlaxcala, bajo los poderosos rayos de Tonatiuh. 
Aquellas palabras fueron una revelación para don Fran- 
cisco, que mudó de color al escucharlas. La alegoría del sol, 
sobrenombre dado a su hermano político, y la de la rosa mejicana, 
le parecieron tan claras y atrevidas, como antes las había 
creído sencillas é inocentes. Mantúvose un breve rato pensa- 
tivo, y después, dominando su emoción cuanto le fué posible, 
sé ocupó en los arreglos que tenía que hacer, siendo, como 
hemos dicho, uno de los jueces del campo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario