jueves, 5 de enero de 2017

LA HIJA DEL ADELANTADO JOSE MILLA

LA HIJA 
DEL ADELANTADO  
JOSE MILLA

 
 CAPÍTULO PRIMERO 
Inusitada animación y extraordinario movimiento se adver- 
tían, al caer la tarde del día 15 de Septiembre del año de 
gracia 1539, en la ciudad de Santiago de los Caballeros de 
Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y 
venían por calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpá- 
banse, en mayor número, delante de un edificio grande, de 
dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el extremo 
de la población más inmediato á la falda del volcán de agua^ á 
cuyo pie estaba situada la primitiva capital del Reino, en el 
mismo sitio en que hoy vemos el pobre y miserable villorrio 
llamado Ciudad Vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se conser- 
vaban aún á fines del siglo XVII, según leemos en la obra 
inédita del cronista Fuentes y Guzmán, era el palacio del 
adelantado, gobernador, capitán general de estas provincias y 
fundador de la ciudad, don Pedro de Alvarado. Abríanse las 
puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices, 
alfombras y muebles; mayordomos, maestresalas y pajes 
daban apresuradamente la última mano al arreglo de aquella 
espléndida morada, que por algunos años había permanecido al 
cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía 
con interés y curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban 
plenamente el rumor, esparcido pocos días antes, de la pró- 
xima llegada del Adelantado. 
Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al Ayunta- 
miento su arribo á Puerto-Caballos, en carta de 4 de abril de 
aquel año, participando además á los magníficos señores del 
Concejo su nuevo matrimonio. « Sabréis, dice, como vengo 
casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas, 
muy gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos 
linajes. Bien creo que es mercadería que no me quedará en la 
tienda nada, pagándomelo bien, que de otra manera excusado 
es hablar de ello. » El Adelantado había venido de España con 
una escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en 
tres navios grandes de su propiedad. Con todo aquel aparato 
de damas de honor, caballeros y soldados, se encaminaba á la 
ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al 
oro y la plata arrancados á los naturales, aparecía ya por aquel 
tiempo, si no muy abundante en población, aventajada en el 
lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente adquirida. 
En sesión celebrada por el Concejo en 25 de mayo, se había 
leído otra carta del Adelantado, en la que proponía fuesen á 
avistarse con él un alcalde y dos regidores, para haber de mos- 
trarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar 
algunos puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El 
Cabildo, dividido en dos bandos, favorable el uno y contrario 
el otro á don Pedro, decidió no acceder a aquella indicación, 
contestando al Adelantado no estar en obligación- de salir al reci- 
bimiento ; pero que manifestándose las reales provisiones, se 
conformaría con todo aquello que su majestad mandase. Los 
principales promotores de esa discordia eran el veedor Gonzalo 
Ronquillo, el tesorero Francisco de Castellanos, el comendador 
Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Gvalle y otros caballeros, 
que, á fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación 
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y mnla voluntad contra don Pedro, infundiendo en el ánimo 
pacífico y naturalmente bueno del juez de residencia, Alonso 
 de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas. 
 Los partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por 
su denuedo, munificencia y porte noble y caballeresco, recibic- 
f ron con júbilo la noticia inesperada de su aproximación á la 
I capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado. 
Preparábase, pues, á recibirlo con el honor y aplauso que 
merecía quien había sido recientemente colmado por el Rey, 
por su secretario Cobos y otros personajes de la corte, de favo- 
res y de distinciones, justa recompensa de sus grandes y seña- 
lados servicios. 
Pregoneros de los favores disensados á su señor, de la gen- 
tileza de su esposa, del garbo de las damas que la acompaña- 
ban y del aparato con que se acercaba el Adelantado, habían 
sido ciertos mensajeros que don Pedro envió desde Puerto- 
Caballos, conductores de las cartas que escribía al Cabildo. 
Excitada así la pública curiosidad, no menos que la envidia de 
los émulos, poníanse en juego las intrigas para lograr que no 
se diese posesión del gobierno á Alvarado, cohonestando la 
desobediencia con la ambigüedad de la real cédula de nombra- 
miento, que había circulado en copia. Los amigos del Adelan- 
tado, sin hacer cuenta de aquellos manejos, y como quien 
tuviese seguridad de que todo saldría á medida de su deseo, 
apresuraban, según hemos dicho, los preparativos del recibi- 
miento. El pueblo adornaba espontáneamente las calles de la 
entrada, y reunido en corrillos, discurría sobre el grave aconte- 
cimiento que iba á verificarse. En un grupo que formaban 
varios caballeros delante de la puerta del palacio, un criado de 
Alvarado, llamado Pedro Rodríguez, el viejo, uno de los que 
había despachado el Gobernador desde la costa de Honduras 
con sus mensajes, respondía á diversas preguntas que le diri- 
gían los curiosos. 
— Sí, señores, decía; doña Beatriz excede en gentileza, inge- 
nio y garbo á su hermana doña Francisca, que santa gloria 
haya, la primera esposa de nuestro valiente Adelantado.  ¿Y cómo ha podido casarse, dijo uno de los del grupo, 
con su cuñada? Ese parentesco no lo dispensa nuestra santa 
madre Iglesia con facilidad. 
— Ciertamente que no, replicó Rodríguez, y en el presente 
caso, no lo habría dispensado su Santidad, á no haberse inter- 
puesto nada menos que nuestro invictísimo Emperador, así por 
hacer merced al Adelantado, como por mostrar buena voluntad 
al señor duque de Alburquerque, tío carnal de ambas señoras, 
doña Francisca y doña Beatriz. 
— Alto ha trepado don Pedro, dijo otro. 
— No tanto como él merece, contestó el viejo ; que los ser- 
vicios hechos á su majestad por nuestro capitán, lo hacían 
acreedor á la mano de tan principal señora, no menos 
que al 
título de almirante de la mar del sur y á la cruz de comendador 
de Santiago con que lo ha recompesado el César.¡Comendador de Santiago! dijo entonces un viejecillo 
jorobado, de cara entre osada y burlona, que estaba en el 
corrillo. ¡Comendador de Santiago! Ya no se lo llamarán de 
burlas, como en Méjico, cuando vestía por las pascuas un sayo 
viejo de terciopelo de su padre, el comendador de Lobón, en 
el cual había quedado estampada la señal de la Cruz. ¡Ja, ja, 
ja, ja! Y rompió á reir con una risa casi diabólica. 

Nadie contestó á aquella burla impertinente, no obstante la 
expresión de disgusto que se pintó en los semblantes de todos 
los demás caballeros. 
 — Habláis, continuó el burlón, de los méritos y servicios de 
don Pedro, y á f e que lleváis razón en vuestros encomios. El 
Adelantado es denodado cual ninguno en el campo de batalla ; 
y cualquiera lo sería como él, si poseyese un amuleto que lo 
preserva contra todo riesgo. 
— ¿De qué amuleto habláis ? preguntó uno de los caballeros. 
— ¡ Toma de ese joyel que lleva siempre al cuello pendiente 
de una cadenilla de oro, y en que están trazados ciertos signos, 
caracteres arábigos, ó no sé lo que son, que nadie hasta ahora 
ha podido descifrar. 
— Y que algo hubierais dado vos por poseer en la batalla de 
Quezaltenango, señor veedor Gonzalo Ronquillo, dijo a la sazón 
un caballero de noble porte y elevada estatura, embozado en 
una capa de paño oscuro, cubierta la cabeza con una gorra con 
pluma blanca, y que sin ser percibido de los del corrillo, se 
había acercado y puesto la mano derecha en el hombro del con- 
trahecho viejecillo. 
Al escuchar aquellas palabras, el burlón mudó de color, y 
visiblemente azorado, notando la satisfacción con que el nuevo 
interlocutor había sido escuchado, dijo : 
— Os agradezco el recuerdo, señor don Pedro de Portoca- 
rrero; no podía ser más oportuno. No he olvidado que en 
aquella sangrienta refriega debí la vida á vuestro valor, y que 
sin el oportuno golpe de lanza con que atravesasteis por los 
pechos a aquel perro cacique Ros Vatit, yo no estaría hoy aquí, 
como lo estoy, pronto á serviros. 
— No lo digo por tanto, don Gonzalo, replicó Portocarrero. 
Cualquiera habría hecho lo que yo hice en aquella jornada ; 
únicamente he querido advertiros que el que ha huido cobarde- 
mente delante del enemigo, no es el mejor juez de los hechos 
militares de un capitán como Alvarado. 
— No olvidaré la lección, don Pedro, contestó Ronquillo, y 
será un favor más que pondré en la cuenta que os llevo desde 
lo de Quezaltenango. 
Y dio la vuelta lanzando una mirada amenazadora al caba- 
llero, que permaneció imperturbable y sereno. 
— ¡Miserable envidioso! dijo uno de los presentes; y diri- 
giéndose á Portocarrero, agregó : guardaos, don Pedro, de su 
saña. Ese hombre es implacable ; su odio ha causado ya graves 
disgustos al Adelantado, por las relaciones que mantiene con 
Gonzalo Mejía, sujeto poderoso en la corte. 
— El que ni teme ni espera, contestó Portocarrero con 
cierta firmeza en la. que había algo de profundamente melan- 
cólico, no tiene por qué guardarse. Cumplo mi deber, como 
cristiano y como caballero, defendiendo al compañero de armas 
y al amigo ausente ; sigo el recto sendero y no curo de las ser- 
pientes que pueden atrevesarse en mi camino. 

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