viernes, 6 de enero de 2017

LA HIJA DEL ADELANTADO-" PEPE MILLA"

 LA HIJA DEL ADELANTADO
JOSE MILLA
 
En aquel momento cuatro indios tamemes salieron del palacio, 
conduciendo una litera pintada exteriormente y cuya parte 
interior se veía ricamente tapizada con tafetán de la China. 
— Una litera, dijo uno de los presentes; ¿si será para la 
señora Adelantada? 
— No, contestó el viejo Rodríguez ; debe ser para doña Leo- 
nor, que viene mala. 
Portocarrero se inmutó al oír aquella respuesta ; pero domi- 
nando su emoción cuanto le fué posible, preguntó con fingida 
indiferencia :  ¿ Y es grave, por ventura, la enfermedad de doña 
Leonor? 
— Creo que no, dijo el viejo ; calenturas de la costa, fatiga del 
camino y un poco de melancolía. 
— Cosas que pasarán, replicó un caballero, tan luego como 
la noble hija de la princesa Jicotencal se aviste con su prome- 
tido el licenciado don Francisco de la Cueva, hermano político 
de su padre. 
— ¿Pero es cierto que se casan? dijo otro. 
— i Toma ! Tan cierto como que se lo he oído al alcalde Juan 
Pérez Dardón; sujeto, como sabéis, caballeros, tan verídico 
como el que más. 
— Así es, dijo el otro; pero ¿qué tenéis, don Pedro? añadió, 
volviéndose á Portocarrero ; estáis pálido como la muerte. ¿Os 
sentís malo? 
— Sí, contestó Portocarrero procurando recobrar su sere- 
nidad : sabéis que desde la última expedición que hicimos en 
tierras de guerra, mi salud ha quedado alterada. El sol se ha 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 7 
Suesto ya y talvez el viento frío que comienza á soplar me haya 
causado algún ligero pasmo. Buenas noches. 
Diciendo esto, se retiró con la cabeza inclinada sobre el 
pecho, como quien se halla dominado por alguna grave pre- 
ocupación. 
— ¡Cómo ha cambiado! dijo uno de los del grupo, cuando 
hubo desaparecido Portocarrero. Ya no es aquel gallardo y 
altivo mancebo, tan pronto para los juegos y para el galanteo, 
como para la batalla. 
— Es que no olvida a Augustina, dijo otro, que lo tiene como 
,hechizado. 
t — Os engañáis; la ha olvidado mucho tiempo ha, aunque 
según se dice, ella lo ama cada día más y lo persigue con sus 
exigentes solicitudes. 
— Así me persiguiera á mí, que por cierto no fuera yo de 
mármol á sus ruegos, dijo otro. Agustina Córdoba es una moza 
hechicera. 
— ¿En qué sentido lo decís? preguntó uno de tantos. Eso 
de hechicerías tratánndose de Agustina, admite dos interpreta- 
ciones. Hay quien pretende haberla visto cabalgar por los 
aires montada en un mango de escoba. 
— ¡Ave María purísima! interrumpió Rodríguez santiguán- 
dose. Si es así, bien pudiera tomar cartas en ello la santa 
Inquisición de Méjico. Yo creía que sólo los indios paganos de 
estas tierras eran dados á hechicerías y sortilegios. 
— Aun los indios que han recibido las aguas del santo bau- 
tismo, dijo uno de los caballeros, suelen mantener relaciones 
con el espíritu maligno ; y algunos españoles, contaminados 
con el trato de estos malos cristianos, tienen comercio con el 
demonio. Si no, oíd lo que yo mismo vi, trece años hace, 
cuando combatimos á los sublevados de Sacatepéquez. 
 Decid, decid, que ya os escuchamos. 
 Una noche, estábamos acampados frente á unos peñoles 
en que se habían hecho fuertes los indios rebeldes. Andaba yo 
de ronda, y habiéndome acercado á uno de los puestos avan- 
zados más próximos al enemigo, en cuyo punto estaba un 
centinela, fui á reconocer al soldado que montaba la guardia. 
Media hora antes había sido colocado en aquel puesto un Juan 
Gómez, de la compañía del capitán Luis Marín, á quien sus 
compañeros acusaban de tener trato con el demonio. A la luz 
de las fogatas encendidas en el real, vi por mis propios ojos 
al supuesto centinela, cuyo rostro tenía un no sé qué de horro- 
roso y siniestro, que no acertaré á describiros. Dirigíle la 
palabra, y guardó silencio ; puse mano á la espada, y perma- 
neció inmóvil. Enderecé la punta del acero hacia su pecho y lo 
atravesé con él de parte á parte, sin encontrar resistencia, como 
si fuese una fantasma impalpable. Entonces eché mano disimu- 
ladamente ala cruz de mi rosario, y mostrándola de improviso 
al fingido soldado, se oyó un espantoso bramido; una densa 
oscuridad nos envolvió instantáneamente, y cuando la tiniebla 
fué disipándose y haciéndose lugar de nuevo el tenue resplan- 
dor de las hogueras, encontramos á nuestros pies un arcabuz y 
una armadura, cuyo desagradable olor á azufre manifestaba 
claramente haberse servido de aquellos arreos el común ene- 
migo de las almas. Esa misma noche, casi á la propia hora, 
otros de nuestros soldados aseguraron haber visto atravesar 
el real, en punto muy distante, á Juan Gómez, acompañado de 
• una mala mujer á quien solía visitar. Al siguiente día fué puesto 
en estrecha prisión, en que permaneció dos meses, sin querer 
confesar su delito. Una noche, ayudado sin duda del espíritu 
familiar que lo asistía, quebró la prisión y se huyó  sin que se 
haya vuelto á saber de él. 

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