sábado, 21 de enero de 2017

LA INQUISICIÓN- EL JURAMENTO DE DOS HEROES

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EL JURAMENTO DE DOS HEROES-954

 
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
ESPAÑA
1889
 — Desde que faltáis de esta ciudad, la herejía va 
tomando unas proporciones fabulosas. 
Los hebreos, esa raza nómada que vendió al Re- 
dentor del mundo, ha buscado en Sevilla su alber- 
gue, y no satisfechos con observar sus ritos, tratan de 
convertir á muchos cristianos. 
Como estos judíos poseen medios de riqueza y de 
inteligencia, no les cuesta mucho trabajo trastornar 
DE DOS HÉROES. 957 
los cerebros de nuestros fieles, y tan grande va sien- 
do su número y su prestigio, que el clero ve con es- 
panto que, si no se aplica un severo correctivo, los 
hijos de Israel serán más poderosos que los siervos 
del verdadero Dios. 
¿Y cómo podríamos evitar esa desgracia? preguntó 
la reina. 
— Muy fácilmente, señora, respondió fray Alfon- 
so de Ojeda, y con este propósito hemos venido á la 
cámara de V. M. 
— Hablad, padre, dijo doña Isabel fijando sus ojos 
en el dominico. 
— En Francia y en Italia la herejía tomó tanto in- 
cremento y la inmoralidad era tan espantosa, que se 
creó en ambas naciones un Santo Tribunal enco- 
mendado al clero para que éste castigase á los após- 
tatas de la fe. 
— ¿Os referís á la Inquisición? 
— Precisamente, señora. 
— ¿Y creéis que en España sería posible estable- 
cerla. 
— No sólo lo creo posible, sino necesario. 
— Tened en cuenta, fray Alonso, que hay, particu- 
larmente en Aragón, fueros que se oponen á las 
bases establecidas por Eymerich en el manual de 
las antiguas cláusulas inquisitoriales. 
— Comprendo que V. M. alude á la confiscación 
de bienes por delitos en contra de la fe. 
— Y á la ocultación de los nombres de las personas 
que deponen contra los acusados, añadió la reina. 
958 EL JURAMENTO 
— Es cierto, ¿pero acaso esas dos condiciones han 
de ser suficientes? 
Tenga en cuenta V. M. que el Santo Oficio es ne- 
cesario, y que sin sus severas medidas es muy po- 
sible que los herejes socaven los cimientos de vues- 
tro trono. 
— Francamente, no me determino á adoptar medi- 
das tan duras por ahora. 
Los únicos que en mi territorio se apartan de la fe 
del cristianismo son los hebreos, de quienes he reci- 
bido señalados favores. 
Prescindiendo de que ellos, con su laboriosidad y 
su constancia, han sido los únicos sostenedores de 
nuestras ciencias y nuestra industria, ya sabéis que 
contribuyeron á proporcionarnos crecidas sumas, sin 
las cuales hubiera sido imposible emprender la cam- 
paña contra los moros. 
— ¿De modo que V. M. no cree oportuno solicitar 
del Papa la correspondiente autorización para esta- 
blecer el Santo Oficio? 
— Por ahora no lo creo oportuno — respondió la 
reina. 
Comprendo que tienen gran peso las razones que 
aducís, pero quiero apelar antes á otros recursos 
menos duros. 
El venerable cardenal Mendoza me habló hace 
poco de su proyecto de publicar un catecismo, reco- 
mendando á los párrocos que predicaran con más 
frecuencia las bellezas del cristianismo. 
Yo le hablaré para que active su publicación, y 
DE DOS HÉROES. 959 
quién sabe si conseguiremos que vuelvan al gremio 
de la Iglesia católica esos desgraciados. 
Nicolo Franco y fray Alfonso de Ojeda compren- 
dieron que por entonces sería inútil cuanto hiciesen, 
y después de saludar á la soberana salieron de pa- 
lacio. 
Pocos días después publicábase el catecismo del 
cardenal Mendoza. 
Indignado un hebreo con lo mucho que en sus 
páginas se les apostrofaba, escribió un libro en con- 
tra del cristianismo, el cual produjo una gran sen- 
sación en todos los ánimos. 
Recordaron hechos que se atribuían á los hebreos, 
como el de haber sometido á un niño á los rudos tor- 
mentos que sufrió Jesús, en un día de Jueves Santo, 
y todas las murmuraciones se levantaron contra 
aquellos infelices, que no pensaban más que en enri- 
quecerse á costa de sus trabajos. 
Esto, unido á que Nicolo Franco, fray Alonso de 
Ojeda y D. Pedro Martínez Camaño, secretario del 
rey, hicieron á éste una visita para ponderarle las 
ventajas de establecer en España el Santo Oficio, hi- 
cieron que el monarca solicitase del papa Sixto IV 
una bula para el objeto que reclamaban. 
Quizás esto, y las consecuencias que de ello se des- 
prendieron, fué el único borrón de aquel reinado. 
Publicóse inmediatamente un edicto, exhortando á 
los infieles para que se presentasen en la iglesia de 
San Pablo, que era donde se habían instalado los in- 
quisidores. 
960 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Los hebreos, á quienes más directamente atacaba 
esta severa medida, recordaron que en otros tiempos 
y en las naciones donde el Santo Oficio se hallaba 
establecido, obligaban á los apóstatas de la fe á pre- 
sentarse en las iglesias medio desnudos y llevando el 
ignominioso sambenitó; que los agobiaban con duras 
penitencias, y manifestaron al Papa que ellos no ha- 
bían dado motivos para que semejantes escenas se 
produjesen. 
Sixto IV les respondió que era necesario acatar las 
ordenes de los prelados de Castilla, y que de no ha- 
cerlo, apelaría á otros medios más enérgicos. 

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