sábado, 21 de enero de 2017

LA INQUISICIÓN- EL JURAMENTO DE DOS HEROES


JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
MADRID
ESPAÑA
EDICION DE 1889
 CAPITULO XCVIIL 
LA EXPULSION DE LOS JUDIOS
Muchos eran los motivos en que la cristiandad 
fundaba sus injustos odios contra los judíos. 
Ellos habían monopolizado el comercio, y cuantos 
hicieron tentativas para enriquecerse apelando á este 
campo vastísimo no pudieron competir con ellos. 
Creían además sus adversarios, que con la confis- 
cación de sus bienes cesarían los gravámenes de las 
contribuciones, y sobre todo, que la fe católica se po- 
dría considerar más robusta desde el instante en que 
saliesen de España aquellos apóstatas, que celebraban 
sus ritos en las sinagogas haciendo público alarde de 
sus ideas. 
Cuantos crímenes se cometieron desde entonces 
fueron atribuidos á los hijos de Israel. 
Por benigna que fuera la actitud de doña Isabel, 
no tuvo más remedio que acatar las disposiciones de 
su querido esposo, y mientras los infelices hebreos 
acudían á miles á la iglesia de San Pablo para ex- 
presar su sumisión y arrepentimiento, se levantaba 
121 
962 EL JURAMENTO 
en el Campo de Tablada un cadalso de piedra á 
cuyos cuatro ángulos se elevaban otras tantas escul- 
turas llamadas los cuatro profetas. 
Este cadalso recibió el nombre de Quemadero, y 
estaba designado á aquellos que no renegasen de sus 
doctrinas en presencia de los sacerdotes católicos. 
El terror se apoderó de la raza hebrea. 
Muchos de ellos emigraron á otros países lleván- 
dose sus riquezas, y comprendiendo él rey y sus 
ministros que ésto podría acarrear la más desastrosa 
de las ruinas, tomáronse serias medidas para evi- 
tarlo. 
Los mayores enemigos de los hebreos eran aque- 
llos que habían soñado con empresas mercantiles y 
que vieron defraudadas sus esperanzas. 
Muchos de ellos no sólo denunciaron á los anti- 
guos mercaderes, sino que ofrecieron crecidas can- 
tidades á las personas que les indicaran dónde se 
ocultaban los individuos de la raza judía que, fieles 
á su dogma, no habían querido presentarse en San 
Pablo con el vergonzoso sambenito. 
En este estado se hallaban las cosas cuando Six- 
to IV nombró inquisidor general de la corona de 
Castilla á fray Tomás de Torquemada, prior del 
convento de dominicos en Segovia. 
Este nombramiento se hizo extensivo poco des- 
pués al reino de Aragón. 
Torquemada era un hombre inflexible. 
Hacía mucho tiempo que deseaba que el Santo 
Oficio se estableciese en España, y era el más encar- 
DE DOS HÉROES. 963 1 
NIizado enemigo, no sólo de la herejía, sino de todos 
aquellos que en su concepto trataban de menospre- 
ciar los derechos de la Iglesia católica. : 
Púsose inmediatamente en camino hacia Sevilla é 
Instalóse en la fortaleza de Triana, considerando que 
este paraje era más seguro para ponerse al abrigo de 
las enemistades que necesariamente tenía que crearse. 
La Inquisición quedó por lo tanto instalada en 
aquel recinto. 
Inmediatamente procedió á la creación de cuatro 
tribunales. 
Uno en Sevilla. 
Otro en Córdoba. 
Otro en Jaén. 
Y otro en Ciudad-Real. 
Redactó las leyes orgánicas de éstos, teniendo pre- 
sente el manual de Eymerich, y se dispuso á ponerlo 
en práctica con la mayor energía y actividad. . 
El Papa, satisfecho de la buena elección que había 
tenido, le amplió los poderes, nombrándole Inquisi- 
dor del reino aragonés, y Torquemada designó como 
delegados suyos á fray Gaspar Inglar y al canónigo 
Pedro Arbués, que era uno de los que más directa- 
mente habían trabajado para la instalación del Santo 
Oficio. 
Los aragoneses, tanto por su carácter indepen- 
diente como por oponerse sus fueros á muchas de 
las cláusulas de las leyes dictadas por el inquisidor 
general, pensaron desde luego evitar á toda costa 
que el Santo Oficio prevaleciese en sus dominios. 
964 EL JURAMENTO 
Del propio modo que habían hecho los hebreos de- 
Sevilla, apelaron á Sixto IV, sin obtener una respues- 
ta más satisfactoria que aquéllos. 
Convencidos de la inutilidad de sus justas recla- 
maciones, formaron su pian, y con objeto de verse 
libres de la tiránica presión de los dominicos, re- 
uniéronse en una hostería algunos espíritus desiden- 
tes dispuestos á conseguir lo que la Santa Sede les 
negaba. 
Entre ellos hallábanse Juan de la Abadía, Vidal 
Durando y Juan de Speraindeo. 
Su objeto era arrebatar la existencia á cuantos 
frailes dominicos aceptasen el cargo de inquisidores, 
y dirigieron primero sus miras hacia el asesor Mar- 
tín de la Raga, que indudablemente hubiera muerto 
en las aguas del Ebro á no haberse detenido sus ad- 
versarios en presencia de los soldados de la Santa 
Hermandad, que por allí pasaban.
 No desistieron, sin embargo, porque hubiera sali- 
do frustrado su primer propósito, y una noche se 
ocultaron en las naves de la iglesia, donde vivía fray 
Pedro Arbués. 
Este penetró en el sagrado recinto. 
Comprendiendo, sin duda alguna, que no podía 
considerarse seguro ni en aquel lugar, llevaba una 
pequeña lanza en la diestra, mientras con la zurda 
S2 alumbraba con una linterna. 
El inquisidor colocó junto á una columna el arma r 
y postróse delante del altar mayor. 
Entonces se acercaron sus enemigos cautelosamen— 
DB DOS HÉROES. 9G5 
te, y mientras Durando le descargó un vigoroso gol- 
pe en el cuello, Speraindeo le dio dos estocadas. 
Este asesinato tuvo lugar mientras los frailes reza- 
ban los maitines. 
Arbués tuvo tiempo de declarar. 
Presintiendo el astuto inquisidor los peligros que 
le amenazaban, habíase colocado debajo de la sota- 
na clerical una cota de malla y un casquete de hierro 
oculto por el gorro. 
Sin embargo, aquellas precauciones no le sirvieron 
más que para retrasar su muerte, y á las veinticua- 
tro horas dejó de existir. 
Aquella noticia causó en todos los ánimos las im- 
presiones más desagradables. 
El pueblo lo atribuyó, desde luego, á la raza ju- 
daica, recordó los horrores que se suponían cometi- 
dos con un inocente niño un día de cuaresma, y re- 
clamó la voz pública que se hiciese con los malhe- 
chores un ejemplar escarmiento. 
Abadía, Durando y Speraindeo sufrieron las tor- 
turas del fuego. 
En cambio al inquisidor fray Pedro Arbués se le 
consagró un magnífico mausoleo, y fue incluido en 
el número de los santos mártires por nuestra Iglesia 
católica. 
La noticia de la muerte del inquisidor, no sólo 
produjo mal efecto en Aragón, sino que se hizo ex- 
tensiva en Castilla. 
Fray Tomás Torquemada comprendió que pu- 
diera reservarle el destino igual suerte, y decidióse á 
966 ¡el juramento 
aprovechar la primera ocasión para condenar al fue- 
go á algunos herejes como escarmiento de los demás. 
No tuvo necesidad de esperar mucho tiempo, y los 
primeros hebreos que cayeron en su poder después 
de haberse resistido á presentarse del modo vergon- 
zoso que reclamaban, fueron pasto de las llamas. 
El pánico se había extendido por toda Sevilla. 
Más de diez y seis mil judíos se presentaron á  la 
conversión. 
Éstos eran condenados á severas penitencias casi 
imposibles de cumplir. 
La mayor parte se veían obligados á entregar sus 
bienes de fortuna en favor del clero, después de re- 
comendarles constantes ayunos y de ponerles distin- 
tivos infamantes. 
No faltó quien aconsejara al rey Fernando qué él- 
único fifíedio que existía para desterrar de la ciudad 
aquellas repugnantes escenas, era qué obligase á los 
hebreos á salir de Sevilla en un breve plazo, con lá 
condición de que no pudiesen llevarse en metálico 
sus riquezas. ' 
De este modo elÉrario no se resentía. 
El Rey accedió á estas proposiciones, más que por 
LUCro por sus ideas cristianas, que se veían-menos- 
cabar en presencia de los enemigos de la fe, y publi- 
cóse un edicto disponiendo que los hebreos saliesen 
del reino.
Como no les permitían llevar monedas, hubo fa- 
milia dé aquellos infelices qué vendió su casa
 por un asno.  
Otros cosíanse á las ropas el dinero que podían, y 
las mujeres lo ocultaban en el seno creyéndolo se- 
guro de las profanas manos que habían de regis- 
trarlas. 
Verdaderamente horrible era el aspecto de la ciu- 
dad. 
Aquellos que por temor del castigo ó vergüenza 
de exhibirse ante los tribunales del Santo Oficio, 
se ocultaban, eran denunciados por los cristianos, 
que creían enriquecerse con el comercio cuando ellos 
faltaran. 
 Estos desdichados sufrían los rigores del tormento, 
y si no abjuraban de sus ideas, el inflexible inquisi- 
dor Torquemada los enviaba al Quemadero. 
Es incalculable el número de las víctimas que hubo. 
Los clericales estaban dispuestos á hacer que des- 
apareciese aquella raza. 
Mandaron también sacar de sus sepulturas los 
huesos de aquellos que habían perecido en opinión 
de herejes y fueron arrojados á las llamas, lo propia 
que las estatuas de los pocos que consiguieron esca- 
par de las iras de aquel implacable tribunal. 
Una mera sospecha era suficiente para que los in- 
quisidores reclamasen la presencia de aquel en quien 
había recaído. 
En una palabra, Sevilla se hallaba bajo la presión 
del clero, que gozaba entonces de todo su prestigio,, 
pudiendo por lo tanto poner én práctica su tiranía. 


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