viernes, 13 de enero de 2017

LA INQUISÍCION, EL REY Y EL NUEVO MUNDO.

LA INQUISÍCION, EL REY Y EL NUEVO MUNDO.
FLORENCIO LUIS PARREÑO
1862

El grave y poderoso rey de España se levantó para reci- 
birlo, le cogió la mano é inclinó su frente coronada, para 
besar humildemente el anillo episcopal que el decrépito lle- 
vaba en uno de sus temblorosos dedos. 
— El cielo benigno — le dijo — guarde á vuestra eminencia, 
señor cardenal inquisidor. 
— Dios nuestro señor— replicó el caduco — conserve en su 
santa gracia á V. M. C, que harto necesita el orbe cris- 
tiano de taN elevada cabeza, de tan robusto brazo. 
La voz de Valdés era ronca y confusa , pero entera y se 
expresaba siempre con una energía y firmeza impropias de 
su edad octogenaria. 
Terminado el saludo tornó á sentarse Felipe en su sillón, 
señalando al cardenal, por deferencia sin duda á sus mu- 
chos años, el taburete que tenía más próximo; luego cam- 
biaron una penetrante mirada, profunda y sagaz la de don 
Fernando, y sombría y triste la del monarca. Este continuó: 
■ — Es mas de media noche, señor inquisidor, y el veros 
aquí á hora tan avanzada, me hace suponer que alguna 
nueva grave... muy grave, debe ser en verdad, para atre- 
verse á cruzar las calles de Madrid el anciano cardenal. 
Valdés inclinó la cabeza, meditó breves instantes, repli- 
cando: 
— Desde que regresé de Roma me veo obligado á trabajar 
día y noche en el Santo Oficio de la Inquisición. Lo hallé 
todo cambiado, señor; el tribunal se quedó sin armas con 
que defender su causa, que es la de la Iglesia; la fe se iba 
perdiendo, y una compasión mal entendida ponia en manos 
de los enemigos de Dios la terrible tea que debe encender 
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la guerra contra el catolicismo. El príncipe de Italia es de- 
masiado bondadoso... 
— Basta, señor cardenal — le dijo el rey con marcadas 
muestras de disgusto. — Respetad el nombre de mi tio, á 
quien amo, más que por el lazo que nos une, por su saber y 
santidad. 
D. Fernando miró al rey con asombro, inclinó otra vez 
la frente, y exhalando un suspiro cruzó las manos y per- 
maneció silencioso. Felipe, variando de conversación añadió: 
— La noche avanza, inquisidor mayor, y si gustáis pode- 
mos ocuparnos de ese grave asunto. 
El sacerdote dejó escapar otro suspiro y levantando poco 
á poco la cabeza se fué animando su cadavérico semblante 
hasta adquirir aquella energía que rara vez le abandonaba. 
— Si se tratase — dijo por fin — de un monarca débil, tímido 
ó irresoluto, no hubiera venido á molestar á V. M.; pero 
conozco bien el santo celo, valor y fortaleza de espíritu del 
gran Felipe, y creo poderle decir sin miedo cuanto acaba de 
saber el Santo Oficio ayudado y protegido por la Provi- 
dencia . 
— Todo — añadió el de Austria — nada me asusta, cardenal; 
sé que mi misión en el mundo es terrible y habré de cum- 
plirla, ya que asi lo dispuso el cielo. 
— Dios, á pesar de las desgracias que nos amenazan, con- 
serva viva, enérgica, incólume en el corazón de vuestros 
hijos la fe de sus mayores, y en sus altos designios inspira 
al monarca que los gobierna un profundo y elevado senti- 
miento de esa misma fe y de la suprema dignidad que en 
nombre del Eterno ejerce sobre la tierra. Dignaos, gran se- 
ñor, fijar ahora vuestra atención en las frases de este sol- 
dado del cristianismo. La santa Inquisición se ocupa dia y 
noche, con incansable celo, en penetrar los secretos de los 
enemigos de la Iglesia, que son los de V. M. Los impíos,- 
no solo conspiran contra la ley divina, si que también con- 
tra el que se sienta en el excelso trono que tanto elevó el 
LA INQUISÍCION, EL REY Y EL NUEVO MUNDO. << 
César vuestro padre. Y como quiera que hacen un arma de 
la religión contra el sabio gobierno de V. M., me permiti- 
réis que entre en cuestiones que, aun cuando ajenas al sa- 
cerdocio , no puede de manera alguna prescindir de ellas el 
santo tribunal que tengo el honor de presidir. 
— Abreviad, D. Fernando— dijo Felipe, con señales inequí- 
vocas de impaciencia.
— Vuestro augusto padre formó el primer imperio de. la 
cristiandad y á vos os toca sostenerlo y conservarlo. Dios 
os hizo poderoso, pero ha llegado un momento en que nece- 
sitáis de todas vuestras fuerzas y del apoyo de todos nos- 
otros para contener el grave mal que nos amenaza. Ingla- 
terra y Alemania quieren que seamos luteranos; Marruecos 
y los moros de Granada pretenden esclavizarnos otra vez, 
y el poderoso Solimán, que en mal hora domina el imperio 
turco, intenta que Europa sea mahometana, para lo cual ha 
fijado ya su altiva planta en la isla de Malta, y pronto, si 
Dios no lo evita, caminará victorioso hacia España. Medio 
mundo parece conjurado contra el poder de V. M., contra 
la Iglesia de Dios. La prueba es grande, hagamos un es- 
fuerzo supremo y que el Eterno sea con nosotros. 
— Todo eso es cierto, inquisidor — respondió el soberano — 
mas há tiempo que el príncipe de Italia se halla en Gra- 
nada, y todo se puede esperar de tan noble é inspirado va- 
ron. El general Mendoza combate ya en Marruecos contra 
las tribus del Riff, y es indudable que volverá triunfante 
el que nunca se vio derrotado. Y el duque del Imperio, ro- 
deado de sus cinco invencibles amigos y de un ejército vale- 
roso, destruye hoy á los hugonotes de Francia y á los ico- 
noclastas de Alemania, y mañana correrá á Malta en busca 
del atrevido turco á quien no dudo humillará, teniendo en 
cuenta que brilla en la frente del hijo el genio que un dia 
ostentó en los campos de batalla su inimitable padre. Desde 
Madrid dirigen los asuntos de Estado y de la guerra el 
conde de Arahal y el de San tornera, y su discreción, práe- 
BIBLIOTECA SELECTA. 
tica, acierto y prudencia, llenan los deseos del mas escru- 
puloso. 
—Esos hombres que acaba de nombrar V. M. son admi- 
rados en el reino, y no dudo que servirán bien á Dios, al 
trono y á la patria; pero sus gigantescos esfuerzos delante 
de nuestros enemigos serán inútiles, si confiando en ellos 
dejamos manejar tranquilos los envenenados puñales que 
ya se alzan en Madrid contra V. M. y contra todos los de- 
fensores de la santa doctrina. 
— Explicaos, señor inquisidor. 
— En toda España, en la corte y hasta en vuestro propio 
alcázar conspiran dia y noche los luteranos. Dejadlos ocho 
dias más y ¡ay de vos! ¡ay de todos nosotros! Vuestros sol- 
dados están en el extranjero, los leales tiemblan, cunde la 
insurrección, la Inquisición no tiene tormentos ni patíbulos, 
y nuestros enemigos disponen de toda clase de armas y re- 
cursos. Ocho dias más, repito, y vencerá Satanás, los alta- 
res del Señor rodarán por el suelo como en Flandes y nues- 
tros pechos serán acribillados con la impía daga. 
— ¿Estáis seguro de lo que decís? — preguntó el rey fin- 
giendo asombro y viveza — ¿es cierto cuanto acabáis de ex- 
presar? ¿Todavía quedan herejes en España? ¿Aun hay quien 
se atreva á imitar al excomulgado Lutero en mi católica 
nación? 
— En Madrid, en las calles circunvecinas, en vuestra 
misma casa se ensalza á Calvino, se celebran ritos protes- 
tantes y dando un carácter religioso á la conjuración, afilan 
sus puñales y cuentan el número de nuestras cabezas. 
— ¡Será posible! ¿Desde cuando, inquisidor?... 
— La mala semilla esparcida en Europa por Lucifer, se 
extiende por todas partes, se halla do quier, y en breve dará 
el fruto que tanto halagó al renegado Lutero. Hace muy 
poco tiempo que comenzaron de nuevo la trama, pero han 
avanzado mucho, hallaron prosélitos y ya no son única- 
mente alemanes, franceses é ingleses; estos se encuentran 
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO.
 <3 b="">apoyados por españoles de tanta prosapia y valimiento que 
avergüenza pronunciar sus nombres. 
— ¿Los conocéis? — Voy sabiendo quienes son.

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