viernes, 13 de enero de 2017

LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO- LUIS PARREÑO

 LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO
FLORENCIO LUIS PARREÑO
MADRID
ESPAÑA 
1862 
 
— ¿Estáis seguro de lo que decís? — preguntó el rey fin- 
giendo asombro y viveza — ¿es cierto cuanto acabáis de ex- 
presar? ¿Todavía quedan herejes en España? ¿Aun hay quien 
se atreva á imitar al excomulgado Lutero en mi católica 
nación? 
— En Madrid, en las calles circunvecinas, en vuestra 
misma casa se ensalza á Calvino, se celebran ritos protes- 
tantes y dando un carácter religioso á la conjuración, afilan 
sus puñales y cuentan el número de nuestras cabezas. 
— ¡Será posible! ¿Desde cuando, inquisidor?... 
— La mala semilla esparcida en Europa por Lucifer, se 
extiende por todas partes, se halla do quier, y en breve dará 
el fruto que tanto halagó al renegado Lutero. Hace muy 
poco tiempo que comenzaron de nuevo la trama, pero han 
avanzado mucho, hallaron prosélitos y ya no son única- 
mente alemanes, franceses é ingleses; estos se encuentran 
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO. 3 
apoyados por españoles de tanta prosapia y valimiento que 
avergüenza pronunciar sus nombres. 
— ¿Los conocéis? 
— Voy sabiendo quienes son. 
— ¿Buscasteis pruebas? 
'—Las tiene el Santo Oficio. 
— ¿Prendisteis á algunos? 
— Está misma noche comenzó á funcionar la Inquisición, 
pero temerosa de disgustar á V. M. 
— ¿A mí?... 
— Como el príncipe de Italia influye tanto en el ánimo de... 
— ¿Decís que no hay tormentos ni patíbulos?... 
— Todos fueron destruidos durante mi ausencia por el in- 
quisidor mayor interino, príncipe de... 
— Lo sé, cardenal. ¿Qué otra cosa ibais á decir? 
— Que á mi regreso he remediado el daño y mañana ten- 
drá el Santo Oficio cuanto le hace falta. Sentiré haber dis- 
gustado á V. M., pero habiendo sido siempre hijo obediente 
y sumiso de la Iglesia, bien sabéis que en causas de fe los 
derechos del santo tribunal están sobre todos. 
— Como inquisidor mayor, como vigilante guarda de la 
conservación de la fe católica á vos solo toca disponer lo 
que juzguéis conveniente: nada puedo decir en consecuencia 
contra tal determinación. 
— Bien suponía yo que el hijo predilecto de la Iglesia no 
se opondría á lo que es tan justo y está además en los sen- 
timientos de un monarca católico. Preparaos, no obstante, 
para oír cosas que os van á estremecer. 
— ¿Hay más todavía? 
— No os he dicho nada, señor, para lo que resta. 
Y dando el inquisidor á su acento la solemnidad posible, 
continuó: 
— Las pasiones y afectos humanos por puros é inocentes 
que sean, suelen estar en abierta contradicción con los aus- 
teros deberes de un monarca tan católico como vos. Ni la 
ternura paternal puede eludir esta ley severa cuando el ser- 
vicio de Dios y la salvación de un pueblo exigen su sacrifi- 
cio. Pruebas inequívocas nos dan de esta verdad los libros 
sagrados; recordad el santo ejemplo del rey David con su 
desobediente hijo Jonatás. 
Al escuchar estas frases, se estremeció Felipe, se contrajo 
su rostro, y clavando una mirada ansiosa y devorante en el 
inquisidor, le dijo: 
— Comprendo la alusión, cardenal; pero el principe de 
Asturias se halla enfermo y rodeado de leales servidores. 
Sin escuchar, al parecer, D. Fernando las palabras del 
soberano, prosiguió: 
— Conociéndoos bien no es dable suponer que sería V. M. 
capaz de desmentir las frases que há más de seis años pro- 
nunció con edificación y aplauso del cristiano pueblo de 
Valladolid. «Si mi hijo fuese un hereje impenitente — ex- 
clamasteis solemnemente— yo mismo llevaría sobre mis pro- 
pios hombros la leña para su hoguera. » 
— ¡Cardenal! — dijo el rey pálido, contraído, con voz 
ronca y mirada afanosa. — Cardenal, ¿penetrasteis el secreto 
de la conspiración habida en mi propia casa? 
— Sí — le contestó Valdés con altanería. 
— ¿Os digeron todo lo que trataron los conjurados? 
— Todo. La Inquisición es ya mas poderosa que nunca; 
la sirven los grandes y los chicos y ¡ay del que sin fe ó con 
temor y frialdad vacile ó dude al escuchar sus órdenes! 
 — Los luteranos se proponen asesinarme y el castigo de 
ese delito me corresponde á mí. 
— Los conspiradores son herejes y sus personas pertene- 
cen al Santo Oficio. 
— ¿Están presos? 
—Todos. 
— Entregádmelos al momento; yo los juzgaré. 
— Imposible, señor. La Inquisición defiende la causa del 
cielo y esto la hace superior á todos los poderes de la tierra. 
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO. 48 
-Sois mi vasallo, Fernando Valdés. 
—Soy el inquisidor mayor, gran señor; vuestra austera 
piedad se ha debilitado; permitid que me retire. 
 — Esperad. 
— Me aguarda el santo tribunal. 
— Yo os mando que os quedéis. 
— La causa del cielo se opone. 
— Oidme un solo instante, inflexible anciano. 
— Abreviad, que la justicia espera y el malvado respira. 
— Pronto os dejaré partir, pero antes escuchadme. Mi hijo, 
cuya extraviada razón le conduce al mal, es solo un instru- 
mento de que se valen los herejes para llevar á cabo el más 
nefando de los crímenes. Os permito, cardenal, que juzguéis 
á los conspiradores, pero es preciso que no figure en el 
Santo Oficio ni aun el nombre de ese desgraciado. 
— Imposible, señor. En cuantos documentos hemos ha- 
llado, en boca de todos los conjurados se ve y se oye el 
nombre del príncipe; lo invocan como egida, lo pronuncian 
como el autor de la inicua trama. 
— Con los papeles se aviva la lumbre, con las llamas se 
ahogan las voces. 
— Eso deseo, pero es preciso ahogar las de todos. La In- 
quisición no admite excepción alguna. 
— ¿Os atreveréis á sentenciar al príncipe Carlos? 
— El tribunal que presido solo ve el delito, jamás al 
hombre. 
— ¿Y creéis por ventura que yo pueda tolerar vuestra 
loca pretensión? 
— He dado por hecho que nos ayudareis. «Si mi hijo fuese 
un hereje impenitente, yo mismo llevaría sobre mis propios 
hombros la leña para su hoguera.» Eso digisteis y á V. M. 
le sobran fe, entereza y valor para no faltar á su palabra. 
Dios os oyó y la Iglesia os recuerda vuestras frases. Pienso 
que no necesitáis nuevas pruebas; sobre esa mesa tenéis las 
suficientes. 
16 BIBLIOTECA SELECTA. 
Felipe tembló, palideció su semblante, y convulso y fuera 
de sí comenzó á guardar los documentos á que aludía Val- 
dés. Este continuó: 
— No os molestéis , gran señor ; el Santo Oficio tiene los 
originales y los conoce todos. 
Cuando el rey hubo encerrado los despachos, lanzó sobre 
D. Fernando una sangrienta mirada, se dejó caer sobre el 
sillón, y con voz ronca, le preguntó: 
— ¿Queréis que cual tigre vea espirar á un ser que tiene 
mi sangre, lleva mí apellido y es mi heredero? 
— Pretendo que seáis rey. Olvidaos del tigre y mirad al 
Santo David, 
— La generación presente dirá que no tengo corazón, las 
venideras que carecí hasta de los instintos de la fiera. 
— Vuestros enemigos podrán repetir esas palabras; pero 
nosotros diremos siempre que fuisteis el monarca más grande 
del universo; pero exclamen unos y otros lo que quieran, 
oíd vos únicamente lo que os aconseje vuestro deber y la 
causa santa que defendéis. 
— ¡Con que el tribunal que ayer toleró la destrucción de 
todos los tormentos de la Inquisición , hoy considera necesa- 
ria la muerte del príncipe, mi heredero! 
— Sumiso y obediente á la voz de su jefe, se inclinó ante 
la voluntad del padre Alberto; hoy juzga como yo que aquel 
se equivocaba y desea ayudarme á enmendar el error. 
El rostro de Felipe se contrajo más que lo había estado 
nunca, lanzó otra terrible mirada sobre el octogenario, que 
la resistió impasible, hizo un esfuerzo sobre sí mismo, co- 
gió la pluma, y trazando algunas líneas en un papel, se lo 
dio al cardenal, diciéndole con acento aterrador: 
— Tomad; veamos si sois capaz de llevarla á cabo. 
Valdés cogió el escrito, y pasando la vista por él, anduvo 
dos pasos hacia atrás, tartamudeando: 
— ¡Su sentencia de muerte!... Muy bien, gran señor. Haga 
el cielo que no la merezca! 

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