martes, 21 de febrero de 2017

LAS TARDES CON LA ABUELA-Oscar Mayorga--Inocencio Largaespada



  LAS TARDES CON LA ABUELA 
 -RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA

Oscar Mayorga

CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

Tuxtla Gutiérrez , Chiapas 
 México

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 Para leer historia sobre Luis Maldonado y Trinidad Fernández- De Valencia, España a Huehuetenango, Guatemala

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Inocencio Largaespada nació en León de Nicaragua en 1841 y a todas luces tenía en sus venas sangre negra. Su cuerpo y las facciones de su rostro eran de un mulato, si bien la piel no fuese tan obscura. Alto, fuerte, moreno, de cabellos rizados, de donde le venía el apodo de el Colocho, Inocencio, se decía en secretos de familia, era producto de los amores de una bella criolla y un esclavo negro de la hacienda de los Largaespada. Tu abuelo me confió que en la familia de su madre se contaba que aquel esclavo había sido un negro muy bello e inteligente que había logrado obtener su libertad por haber salvado en una ocasión la vida de sus amos durante un asalto que habían sufrido cuando iban en una diligencia de León a Granada. Había seguido viviendo y trabajando en la hacienda aun siendo un hombre libre y había sido entonces cuando la hija menor de los Largaespada se había enamorado de él y tuvieron amores. Cuando los patrones descubrieron que la joven estaba embarazada, decidieron que el negro debía morir y lo hicieron ahorcar, pero aceptaron al niño que nació poco después. Este pequeño mulato, que recibió el nombre de los Largaespada y fue educado como un hijo legítimo. A pesar del paso de las generaciones, el Colocho seguía mostrando en la familia los rasgos de aquel antepasado negro que pagó con su vida el atrevimiento de enamorarse de la hija de sus amos blancos. Pero la herencia genética no se manifestaba solamente en lo físico, sino sobre todo en lo espiritual. Aunque Inocencio a veces sonreía mostrando unos dientes blancos, perfectos, generalmente tenía un carácter melancólico, casi taciturno, como si fuera un extranjero lejos de su patria que estuviera añorando volver al pasado y vivir aquella vida que le bullía en la sangre y que parecía hablarle desde las profundidades de su espíritu. A menudo se le encontraba en las orillas del lago, oteando el horizonte, como adivinando más allá del agua y de la tierra, el vasto océano, del otro lado de cual estaba África, la tierra de los suyos, y se pasaba tardes enteras con la mirada perdida en la lejanía como buscando Angola, el país de sus antepasados negros.
Quizá por su apariencia física de mulato o por ser hijo único –dos hermanos suyos habían muerto de pequeños durante una epidemia y otro más en un accidente a la edad de quince años–, Inocencio era un ser solitario que parecía rehuir el trato con los demás. No había querido seguir estudiando sino que había asumido desde muy joven todo el trabajo de las dos haciendas de la familia Largaespada. Era un muchacho muy inteligente y resultó muy hábil para los negocios y bajo su administración los asuntos de la familia prosperaron aún más. Pero había en torno a Inocencio una especie de aura invisible que lo hacía muy distinto de los demás muchachos. Algo en él lo separaba de todos, era una actitud como de lejanía, como de repliegue en sí mismo que excluía a cuantos lo rodeaban. A la vez que parecía estar esperando siempre algo o a alguien. Como si hubiera sido arrancado de su propia tierra y conducido al exilio, parecía estar añorando siempre ese mundo perdido, lejano y distante; él mismo se sentía diferente de los demás muchachos de su entorno y se comportaba como un extranjero entre ellos.
Y, a menudo, se apartaba de todos; sobre todo cuando estaba en alguna de las haciendas, se iba durante días al monte, “en excursión”, decía, pero era una especie de retiro o huida de todos los demás. A veces permanecía largas horas sentado en una roca en la orilla de un río, extasiado viendo correr el agua. Sin embargo, tal vez por eso mismo, era un hombre de una personalidad fascinante. Irradiaba un atractivo que no dejaba de deberse sin duda al carácter exótico de ser mulato. Sus ojos negros parecían mirar siempre más allá de la superficie de las cosas y, sobre todo, de las personas. Y esto, a la vez que era atractivo, a mucha gente la ponía incómoda y reducía al mínimo el trato con él.
—Inocencio leía mucho y gracias a eso fue, con el tiempo, adquiriendo una vasta cultura. Le atraía mucho todo lo referente al continente africano. Devoraba ávidamente todo lo que se refiriera a relatos de viajes, descubrimientos de parte de los exploradores, todo lo que hablara de aquellas culturas tan lejanas y, para él, a la vez tan cercanas. África le parecía en el mapa que tenía la forma de un corazón. “Tal vez por eso me atrae tanto”, pensaba. Y le dolía en el alma todo lo que llegaba a saber del tráfico de esclavos que, aun entonces, se seguía teniendo. Sabía, por ejemplo, que en Haití, Cuba, Colombia y México, ya no digamos en Brasil, se seguían comprando clandestinamente esclavos negros procedentes, sobre todo, de Angola y del Congo. Sin contar el tráfico que los árabes seguían teniendo, especialmente en la zona africana del mar Índico, donde los cargamentos de esclavos negros desolaban poblaciones enteras de los pueblos de la costa, sobre todo en Tanganica y Mozambique.
Cuando llegó el tiempo de fundar una familia y de tener descendencia, el Colocho empezó a frecuentar las fiestas de León, donde la familia tenía una enorme casa cerca del Templo de la Merced. Inocencio era muy elegante y vestía con buen gusto, como correspondía a su clase social. Cuando llegaba a una fiesta las muchachas casaderas de la ciudad se alebrestaban todas “como las gallinas en un gallinero ante la presencia del gallo”, decía la madre de Inocencio, porque él era, a todas vistas, un excelente partido.
En una de esas fiestas, Inocencio conoció a Gervasia Lumbí Tinoco, una jovencita que pertenecía a la pequeña comunidad sefardita de la ciudad, descendientes de aquellos judíos expulsados de España en el siglo XVI. Gervasia era muy blanca, de cabellos obscuros y grandes ojos de pestañas largas y rizadas, sombreados por unas ojeras muy marcadas que los hacían parecer aún más grandes. Lo único que desentonaba un poco en su rostro perfecto era la nariz, tal vez un poquito grande para aquellos rasgos delicados y finos de Gervasia. Desde que la vio el Colocho se sintió atraído por aquella joven de rara belleza, muy distinta de todas las demás muchachas de León. Bailó toda la noche con ella y durante todas las noches de la semana siguiente le llevó serenata. Gervasia lo había cautivado: le encantaba aquella muchacha delicada que despertaba sentimientos extraños en él, hasta entonces nunca experimentados. Le atraía mucho físicamente pero era algo más que eso, había en ella una especie de desamparo, una aparente fragilidad que hacía que Inocencio se sintiera llamado a protegerla. Llegó a enamorarse de Gervasia y su amor fue, a lo largo de los meses que siguieron, una curiosa mezcla de pasión y de ternura.
La joven se enamoró también de Inocencio, le gustaba mucho aquel joven moreno y elegante que parecía ser portador de un secreto, que vivía como envuelto en todo un misterio que a ella le gustaría poder descifrar, además de que era amabilísimo y atento con ella, con un trato refinado que no se encontraba en los demás muchachos de León. Definitivamente, Inocencio Largaespada era toda una personalidad y Gervasia no lo pensó mucho para aceptarlo como novio cuando él le declaró su amor. Pero para hablar de matrimonio había que abordar la cuestión del origen de la familia de Gervasia.
Aunque los Lumbí Tinoco frecuentaban la iglesia y bautizaban a sus hijos, era bien sabido que no se casaban fuera de la comunidad sefardita del país y algunos de ellos se habían casado en el extranjero, siempre con miembros de sangre judía. Se decía que, como muchos de los sefarditas conversos, seguían practicando sus ritos religiosos, por ejemplo el Sabbat, y no comían jamás carne de puerco. La familia Largaespada era de ideas liberales y no precisamente muy religiosa, pero en la Nicaragua del siglo XIX, incluso en la ciudad de León, era impensable que un heredero de la alta burguesía no se casara por la iglesia. Todo era por cuestiones sociales. La familia Lumbí Tinoco vio con buenos ojos aquel romance porque le permitiría emparentar con una de las familias más ricas del país, los Largaespada, y no puso demasiada oposición a que la boda se realizara por la iglesia. El obispo de León pidió que Gervasia hiciera una confesión pública de su fe en la Santa iglesia, católica, apostólica y romana antes de unirse en sagrado matrimonio con Inocencio Largaespada. Y así fue.
La boda fue espléndida. Muchos meses y años después se seguía hablando de ella. Los novios lucieron bellísimos durante la ceremonia y la fiesta que siguió después duró tres días y tres noches. Inocencio, alto, elegante, con una blanca sonrisa enmarcada por sus ojos negros, su piel morena, su cabello rizado y sus largas patillas, iba vestido con un traje de lino blanco y una corbata roja. Gervasia, pálida, blanca, delicada, con la larga cabellera negra sobre sus hombros delgados, delicados, vestida toda de blanco, con un velo cubriéndole el rostro, llegó a la Catedral en una calesa acompañada solamente por su padre. Inocencio la esperaba a la puerta y la recibió con un beso en ambas mejillas. Hacían una bonita pareja. Todo auspiciaba una felicidad eterna.
—Debe haber alguna foto de ellos entre todo el paquete que trajiste –le dijo a Andrés la abuela Pina. Buscó con sus manos delicadas entre las fotos hasta que encontró la que buscaba–. Aquí está, mira qué guapos se ven los dos.
Andrés contempló aquella vieja fotografía, color sepia como casi todas las demás. No era del día de la boda pero ambos lucían muy jóvenes. Él tenía facciones notablemente negroides, de labios gruesos y nariz ancha, la piel obscura, el cabello muy rizado y las patillas largas. La mirada un tanto melancólica y el porte distinguido. Ella, junto a él, parecía aún más blanca de lo que seguramente era. Llevaba un vestido largo de gasa de colores claros, con muchos volantes. Los cabellos obscuros recogidos en un chongo del que se desprendían algunos bucles que enmarcaban un rostro más bien serio. “Parecen muy jóvenes e inexpertos”, pensó Andrés.
Durante los meses que siguieron a la boda Inocencio creyó vivir en el cielo. Amaba con toda el alma a Gervasia y descubrió en sí mismo una gran capacidad de ternura, algo nuevo, que nunca creyó que pudiera tener. Sus labios y sus grandes manos morenas, de largos dedos, acariciaban y besaban a aquella joven de piel blanca y suave como si se tratara de un objeto religioso, con cuidado, con delicadeza, con ternura. La besaba y tocaba como si ella fuera de cristal y se pudiera romper. Aquel gigante mulato, todo pasión, se transformaba en un tierno amante que transportaba a su joven esposa al séptimo cielo cada vez que hacían el amor. Además se llevaban muy bien en la vida cotidiana, pasaban tardes enteras platicando, compartiendo sus secretos como si siguieran siendo novios. Por primera vez en su vida Inocencio se abrió ante una persona; le confió sus dudas y sus tristezas, sus esperanzas y sus alegrías: todo. Llegó a confiarse plenamente en aquella que había llegado a ser el centro de su existencia y ella no lo defraudó. Gervasia supo escuchar y recibir todo lo que él le contó de sí mismo, lo guardó todo en su corazón y todo hizo que el amor de ambos creciera todavía más. La vida les sonreía y eran muy felices. Las dos familias daban gracias a Dios porque, además, con aquella boda, el patrimonio de ambas partes no sólo había aumentado sino que estaba protegido y, sobre todo, porque Inocencio y Gervasia eran, a los ojos de todos, los esposos más felices del mundo.
—A los pocos meses de la boda Gervasia descubrió que estaba encinta. Inocencio la colmó de regalos y le impidió todo esfuerzo físico. Pero la palidez de Gervasia aumentó con los meses y el embarazo fue difícil. Consultaron a los mejores médicos que había y gracias a ello y al reposo completo al que la sometieron durante meses, el bebé pudo salvarse. Dio a luz prematuramente a una bellísima niña morena clara, de ojos grandes y la cabecita llena de rizos negros: La Colochita, la llamaron desde el primer día. Pero Gervasia no se repuso del parto, tenía el corazón débil, y pocos días después murió. Era un día sábado. Inocencio no se había despegado de su lecho casi para nada y tenía sus manos entre las suyas en un vano intento de transmitirle fuerza, vida. Se sentía completamente impotente ante el ataque de la muerte que, poco a poco, perceptiblemente, se estaba llevando la vida de su amada. En un momento de su agonía Gervasia había recuperado la lucidez y se había dirigido a él con un suspiro de voz:
—Inocencio, amor mío, gracias por todo lo feliz que me has hecho en estos breves meses de vida juntos. Que el Señor te bendiga. Voy a morir pero sabe que mi corazón se queda contigo y yo me llevo el tuyo. Has sido mi único amor. Cuida mucho a nuestra hijita. Gracias por todo, querido…
A continuación le había pedido que encendiera una Menorah, la lámpara de siete brazos de los hebreos, que ella guardaba en el ropero y cuando él así lo había hecho, ella se había puesto a orar en hebreo:
—Shema, Israel, Adonay Eloheinu, Adonay Ehad –había repetido, cada vez con voz más débil, hasta que expiró.
Inocencio creyó enloquecer. Lloró durante todo un mes y no dejaba de ir al cementerio todos los días. Volvió a ser el joven taciturno y melancólico de antes, volvió a encerrarse en sí mismo y no dejaba que nadie se acercara a su dolor. Hasta que una tarde, la nodriza de la niña, una mulata inteligente y sensible de senos frondosos y amplias caderas, le dijo abruptamente que, aunque mucho le doliera la muerte de su esposa, no se olvidara que tenía una hija y que la pequeña tenía necesidad de él. Se acordó entonces Inocencio de la recomendación que Gervasia le había hecho en su lecho de muerte. Las palabras de la mulata, una mujer del pueblo, con toda la sabiduría de su raza, le habían como abofeteado el rostro del alma. Fue como si volviera a la vida. Desde el fondo de su dolor fue emergiendo una esperanza gracias a aquella pequeña criatura, débil e indefensa, que lo llamaba de nuevo a la luz. La Colochita vino a ser su único motivo para seguir viviendo. Todo el amor que había nacido en él gracias a Gervasia y que le dolía en el corazón desde la muerte de su esposa, lo dedicaría ahora a su hija. De no haber sido por la pequeña Inocencio habría muerto, seguramente se habría matado. Decidió vivir completamente para ella y en el secreto de su corazón, una tarde ante la tumba de su esposa, hizo un voto de no volver a casarse nunca.
La pequeña, a la que bautizaron como Timotea, creció con todo el amor de su padre que nunca volvió a casarse y que fue fiel hasta su muerte al recuerdo de Gervasia. Timotea, la Colocha, fue una niña feliz que no pareció añorar el amor de una madre. Desde pequeña dio señales de gran sensibilidad y de una inteligencia fuera de lo común. Su padre, rico y poderoso, le buscó los mejores maestros y la niña aprendió desde muy chica a tocar el piano, la mandolina y la guitarra. Tenía también talento para las lenguas y aprendió francés, inglés y alemán, casi tan bien como el español. Su padre la enviaba a pasar vacaciones todos los años a Europa, con la rama Largaespada que vivía en España. La joven Timotea recorrió casi todos los países del viejo continente y viajó en una ocasión hasta San Petersburgo porque quería conocer el Palacio de los Zares. Aunque no era una belleza excepcional, su elegancia y sobre todo su inteligencia, suplían con creces lo que físicamente le hiciera falta. En todas partes donde se presentaba, llamaba la atención y causaba sensación aquella joven esbelta y elegante, inteligente y culta que miraba siempre de frente y estrechaba la mano con decisión cada vez que era presentada en los círculos sociales de la alta burguesía europea. Su físico atraía las miradas de todos porque no se sabía, de entrada, de dónde era. Su piel morena clara y sus cabellos ensortijados le daban ligeramente una apariencia andaluza, pero el acento con el que hablaba el castellano denotaba inmediatamente que no era española. El manejo perfecto de otras lenguas y, sobre todo, el contenido de su conversación hacían pensar en la heredera de una familia noble o en una hija de diplomáticos. La gente casi no daba crédito cuando, finalmente, se sabía que era de un pequeño país de América Central, llamado Nicaragua.
—Una profesora de italiano que tuve en Siena me dijo una vez que cuando se mezclan sangres de grupos étnicos distintos, los mejores genes de cada grupo son los que dan lugar a personas cada vez mejores desde el punto de vista genético. El hecho que la bisabuela Timotea haya sido hija de un mulato y de una judía, además de tener sangre española e indígena seguramente en sus venas, hizo de ella una persona fuera de lo común. Y si además, tuvo la oportunidad de una educación esmerada y de adquirir una cultura amplia, no cabe duda que debió ser una mujer extraordinaria –dijo Andrés.
—Sin duda, de ella le venía a tu abuelo José Andrés Grijalva, el primogénito de Timotea, la vocación musical y el espíritu un tanto aventurero. Pero de eso te hablaré después
dijo la abuela Pina Maldonado mientras servía a su nieto un poco más de café humeante y oloroso, recién colado, que una de las sirvientas acababa de llevar.

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