lunes, 27 de febrero de 2017

MALVINA- 092-093

MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942 
Guillermo se sentó al borde de su mesa con las manos en los bolsillos. Parecía haberme olvidado por completo.
—¿Qué es lo que hace ?—pregunté.
 —¿Quién?—me contestó.
—La señorita Myles.
—Redacción para mujeres. Estudió en la Universidad de Chicago. Espera un minuto. Tengo que dictar un memorándum—. Y salió, corriendo, del despacho.
Siempre había pensado que la instrucción universitaria era perjudicial para las muchachas. La señorita Myles, como todo lo demás de la oficina, me ponía nervioso. Eché una ojeada al dibujo de una chica a medio vestir que se miraba las medias y me puse a leer lo que mi nueva amiga había escrito debajo.
Una sacudida y un estregón. Es el sisternaCoza. Haga esa prueba de dos minutos esta misma noche. Lave un par de medias con un jabón cualquiera en copos; luego deje caer en un recipiente con agua clara y tibia una pulgarada de Coza. Observe la nevada blancura disolverse en espumosas burbujas.
Todo aquello parecía barato, insignificante. No pude seguir leyendo porque Guillermo volvió con una tira de papel en la mano.
— «Asunto del Reloj Mercurio », leyó en alta voz. «El reloj es una fábrica que regula la más preciosa de las mercancías... el Tiempo. Sugerid que ese pensamiento puede ampliarse con una ilustración de las fábricas y del reloj Mercurio como fondo. Titular. Una pequeña rueda enjoyada hace funcionar ocho millones de dólares de maquinaria ».
Abrió el armarito metálico verde y sacó el sombrero.
— ¿Vas a continuar leyendo eso? —No, vámonos.
—Muy bien. Vámonos ya. Voy a acompañarte al tren.
Ya en la Quinta Avenida, Guillermo me tomó del brazo.
Guillermo—le dije—. Creo que no voy a servir para ese negocio.
—No te preocupes—me contestó—. Descansa en mí. Yo te ayudaré a descubrirte a ti mismo.
Sentí que me invadía una gratitud tan profunda como repentina.
—No sé como darte las, gracias, Guillermo. ¿Estás seguro de que no voy a estorbarte demasiado?
—No, por todos los demonios, no, Enrique. Recuerda que el lunes has de estar de vuelta. No dejes que la familia tuerza tu voluntad.
Ove, Guillermo. ¿Qué es Coza? 
—Jabón, sencillamente jabón—contestó él.
 
CUANDO ENTRÉ, EN CASA, las primeras palabras de mi madre fueron: ¡Hijo, qué delgado estás y qué uniforme tan sucio llevas!
Recuerdo que mi padre estaba como avergonzado. me miraba con curiosidad  mezclada de respeto, cual si yo fuese unextraño. Parecía muy interesado en saber si había tomado parte en algún combate..No acerté a comprender qué importancia podía tener para él semejante cosa hasta que vi a otros padres contando anécdotas de sus hijos. Mis padres parecían mas viejos y más pequeños, pero mi hermana María se había hecho una mujer... alta, morena Y muy bonita.
—Enrique — me preguntó ella —, ¿has matado algún alemán ?
—Sí. A propósito, me han dado la Medalla Militar.
No había acabado de decirlo y ya me sentía como avergonzado, pero continué, por complacerles. Subí al piso superior, tomé de entre mis efectos medalla y citación y se las di a mi madre.
—Tened en cuenta que, en realidad, esto no significa nada extraordinario—dije. Pero había comenzado y no me quedaba otro remedio que seguir—. Dadme un papel y un lápiz. Voy a contaros como fué. Nosotros estábamos aquí... —Sentía un íntimo rubor.
Si no es por la medalla creo que no hubiera vuelto a Nueva York, ni a ver a Malvina Myles. 
 Me gano las estrellas
DURANT mis primeras semanas de empleado en la Agencia J. T. Bullard, estuve como sumido en una niebla mental. Mi espíritu no alcanzaba a ver cosa alguna en las proporciones justas y a Guillermo le faltaba tiempo para venir en mi auxilio porque estaba en conferencia casi constante sobre la campaña publicitaria de los productos Coza, que consistían en los Copos Coza para lavar la ropa y en una serie de jabones de tocador. Guillermo y el señor Kaufman se ocupaban a la sazón en dotar a uno de estos jabones de cualidades que lo hicieran especialmente atractivo para caballeros.
—No hay ninguna razón para que entiendas todo esto—me dijo mi amigo—. Andando el tiempo, sentirás cualquier día que te baña el torrente deslumbrador de la revelación. Ahora, vas a dedicar tu esfuerzo a esta tarea—continuó—. Aquí tienes un informe que abarca las salas de aseo de todos los hoteles y clubes masculinos de cinco ciudades iniportantes; los tipos de jabón que usan, líquido, en polvo o en pastillas, y las marcas que prefieren. Tú tienes que hacer, en esta gran hoja, la tabla estadistica del conjunto. De modo que, siéntate ahí y empieza. Emprendí cuidadoso y diligente aquella labor oficinesca y me fuí interesando en las salas de aseo de hoteles y clubes y en los tipos de jaboneras anexas a lavabos y baños. Al cabo de dos semanas el interés se hizo obsesión y mi cabeza rezumaba datos estadísticos sobre el jabón que preferían íos esforzados cazadores del Norte frío y los viajantes dicharacheros del soleado Sur.
Todas las mañanas me ponía a mi trabajo estadístico junto a la mesa de Malvina. Apenas pasábamos de cambiar un cortés saludo. Pero allá en el mes de mayo, como tres semanas después de mi llegada a Nueva York, un día me enviaron a hacer gestiones callejeras en su compañía. Acababa de colgar mi sombrero cuando Guillermo me llamó.
—Kaufman quiere verte—me dijo—. Desde que me lo habían presentado, casi no había tenido ocasión de echar una mirada al señor Kaufman. Y otro tanto me ocurría con el señor Bullard.
¿Es que va a ponerme de patitas en la calle, Guillermo?
—Sólo quiere verte. Haz como si tuvieses mucha prisa.
Sentado, tras su mesa vacía y reluciente, el señor Kaufman discutía con un artista. Malvina escuchaba desde una silla cercana a la pared. En la mesa frontera a la del señor Kaufman habían colocado un dibujo a pluma que representaba a un joven envuelto en un gran abrigo de pieles y portador de unos gemelos de campaña y de la bandera de un équipo atlético. Al entrar yo, el señor Kaufman miraba ceñudamente el dibujo, y el artista clavaba sus ojos recelosos en el señor Kaufman.
—No sé qué es lo que tiene, señor Elsmere,—decía el señor Kaufman—.

No hay comentarios:

Publicar un comentario