lunes, 27 de febrero de 2017

MALVINA- 94-95

MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Creo, sencillamente que no expresa la idea. En primer término, no se ven los pespuntes ni los botones.
Al señor Elsmere pareció molestarle la observación.
¿Me permite usted preguntarle—inquirió—, si ha podido usted ver en su vida los pespuntes de un abrigo a semejante distancia?
—¿Qué me importa la distancia?—arguyó el señor Kaulman—. Yo no le pago a usted por la distancia.
Al decir esto se fijó en mí y me hizo partícipe de su irritación.
—¿Qué quiere usted?—, gruñó.
—Me han dicho que me ha mandado usted llamar, señor Kaufman—, repuse.
—Ah, sí. Usted es Pulham, ¿no?. Bien. Siéntese ahí, junto a la señorita Myles. No, no se siente usted ahí. Venga aquí y mire ese dibujo. He aquí una impresión completamente nueva, señor Elsmere. ¿Qué se le ocurre al mirar ese dibujo, Pulham?
—No sé, señor, no sé lo que quiere usted decir—le contesté.
El señor Kaufman aporreó la mesa con el puño, al tiempo que barbotaba:
—¡Ahí lo tiene usted! ¡Esto lo contesta todo! Ve el dibujo de usted, el dibujo por el cual me cobra usted mil dólares, y no sabe lo que quiere decir.
El señor Elsmere enrojeció hasta la cúspide de la calva y me miró.
—Tal vez sea hombre de escasas luces,—murmuró.
Kaufman apuntó con el dedo a Elsmere, como si fuese a disparar.
—¿Ha pensado usted un solo minuto que el término medio de persona que ve el dibujo va a ser inteligente? ¡Por Dio Santo, señor Elsmere, no nos pongamos a hacer el intelectual! Vuelva a mirar ese dibujo, Pulham, ¿Qué es lo que má llama su atención, el hombre o el abrigo
Los dos parecían pendientes de mi respuesta.
—El hombre—, repliqué.
—Eso es—comentó el señor Kaufman—. Esto lo resuelve todo. El hombre ahoga al abrigo. Señor Elsmere, tiene usted que poner más alma en ese dibujo. Pinte usted una muchacha junto a ese mozo. Hágale que mire al abrigo. Haga que el viento vuelva su faldón para que se vean los forros. Quítele esa bandera de la mano. Hágale meter la mano en el amplio bolsillo. Súbale el magnífico cuello alrededor de las orejas. Haga que nieve. Es el abrigo lo que interesa, no el hombre. La chica querría que Dios le diera ese abrigo. Se adivina envuelta en el lujoso forro afelpado. Si quiere usted hacer negocios con nosotros, señor Elsmere, tendrá que devanarse los sesos. Ahora, lléveselo.
El señor Kaufnian se volvió hacia mí, adustamente.
Ahora, alcance una silla. Señorita Myles, usted ya ha entendido lo que quiero: una serie rápida de impresiones; algo cálido, humano; algo que pueda leerse en alta voz. Explíqueselo al señor Pulham. Así sabré si ha captado usted la idea.
El señor Kaufman cruzó las manos. La muchacha se volvió hacia mí, me miró y dijo:
—Se trata de la campaña sobre los Copos Cota. El señor Kaufinan cree que debe usted acompañarme.
—Eso influirá para hacerles hablar—, dijo el señor Kaufman—. Veamos ahora, señorita: ¿qué hará usted al llegar a una casa ?
—Empezaré por llamar... —comenzó Malvina.
—Y apenas abran la puerta, el señor Pulham colocará la maleta de manera que sea difícil volverla a cerrar—interrumpió el señor Kaufman—. Ahora, señorita, explíqueme cómo va a abordar la cuestión.
—Pues, verá usted. Diré, sencillamente: «Buenos días. No venimos a venderle nada. Le agradeceríamos nos concediese unos momento-, para hablar de su problema de lavar la ropa. Tenemos un nuevo jabón, insuperable. Deseamos darle una muestra para que lo ensaye ».
—Y en ese preciso momento—, volvió a Interrumpir el señor Kaufman—usted, Pulham, saca del bolsillo una caja de muestra y se la da a la señora de la casa. Continúe usted,señorita Myles.
Entonces, le pregunto: «¿tendría usted inconveniente en darme alguna pieza sucia para que yo la lave?» ¿Convendrá que haga eso, señor Kaufman?
—Será un gran experimento para usted. ¿Tiene el cuestionarlo, verdad?
—Sí.
—Bien, Procure hacerlo todo de una manera suelta, divertida, chistosa. Pero esté ojo avizor para sorprender cómo reacciona el consumidor. ¿Sigue usted mi razonamiento, Pullham?
Usted quiere que vayamos llamando a las puertas y pidamos que nos permitan lavar alguna ropa sucia, ¿no es eso?—respondí.
Ya se lo he explicado todo—intervino Malvina—.Vámonos ahora mismo.
—Procure conseguir veinticinco impresiones—dijo el señor Kaufman—y escriba el informe esta noche. Yo estaré aquí trabajando sobre artículos de calzado.
—Muy bien,—contestó la muchacha y, volviéndose a mí, añadió—: Hágase cargo de la maleta. Nos encontraremos en el ascensor.
Una vez en la calle, me dió la impresión de estar enfadada.
—Vamos—me dijo—vamos.

Echamos a andar hacia el tren subterráneo. Caminaba de prisa, mirando hacia adelante, el mentón en quilla y la espalda enhiesta.
—¡De modo que he de preguntar por la cosa más percudida que tengan en la casa para lavarla!—iba diciendo.

—¿Adónde vamos?—le   pregunté.
—Usted y yo vamos al barrio del Bronx. No vamos a hacer otra cosa que darle gusto al señor Kaufman. Él ha creído que yo no iba a querer hacer esto, pero lo voy a hacer estupendamente.
— ¿Quiere decir que vamos a las casas de vecindad para lavar ropa sucia?
—Me asombra la pregunta—replicó, volviendo a mirarme—. ¿Sabe usted o no sabe usted por qué viene conmigo?
—No—le dije—. Todo esto me parece extravagante.
—Perfectamente. Viene usted para vigilar lo que hago. Él piensa que yo podría salir del paso inventándolo todo.
Cuando salimos del tren subterráneo, nos encaminamos al deslustrado vestíbulo de una casa de vecindad de ladrillo amarillento y miramos la fila de timbres orlados con los nombres de los inquilinos.
—Cualquiera sirve—dijo Malvina—. Vamos a ensayar con la señora Frenkel—, añadió fijándose en uno de los nombres.
Tocó el timbre. La puerta, movida por un contacto eléctrico interior, se abrió dándonos acceso al principal pasillo interior, cuya atmósfera era una densa mezcla de olores confinados. Al fondo vi una mujer gorda, de oscura cabellera y vestida con una vieja bata de franela, que atisbaba desde su puerta.
—Buenos días—dijo Malvina—. Celebraría no causarle molestias.
—¿Qué quieren ustedes?—preguntó la mujer—l\Ii marido no está.
—No se inquiete, señora Frenkel-

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