lunes, 27 de febrero de 2017

MALVINA-96

 MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
dijo Malvina—. No venimos a venderle nada.
--¿A qué vienen, entonces? Lárguense o llamo a la policía.
—Mire, señora Frenkel—intervine -esas no son maneras de hablar—. La señora Frenkel se quedó con los ojos redondos y la boca abierta—. Solamente venimos a pedirle—continué—que nos deje lavar la prenda de ropa más sucia que tenga usted.
La mujer lanzó un grito inarticulado y empezó a recular.

—¡Dios mío!—acertó a decir— ¿están ustedes locos ?
—No está mal que lo piense usted. También a mí me ha parecido una locura que nos hayan mandado aquí. Pero necesitamos saber lo que el público piensa de este nuevo jabón.
—¡Dios mío!—siguió diciendo la señora Frenkel—. Usted no ha lavado en su vida ni siquiera un pañuelo.
—En eso lleva usted toda la razón-repuse.
Siguió anclando hacia atrás y exclamando « ¡Dios mío!». La seguí hasta una salita, puse la maleta en una silla, saqué una caja de Copos Coza, me quité el saco y me remangué las mangas de la camisa.
—Ya estoy preparado—dije—si quiere usted llevarme al lavadero.
—¿Al lavadero—En aquel momento, algb le hizo reír—. Si quiere usted hacerse el loco, vamos a hacerlo todos. Espere a que saque los platos del fregadero.
Salió y vi que Malvina me miraba con ojos asombrados.
— ¿Qué le pasa, Malvina ? ¿He hecho algo que esté mal?

—No—contestó—. únicamente, yo no sospechaba que existieran unos seres como usted y la señora Frenkel.
Yo sólo pensaba en hacer lo mejor posible un trabajo poco grato. Pasamos a la cocina. La señora Frenkel me vió verter unos copos Coza en una cubeta de agua caliente. Entonces lavé un par de calcetines del señor Frenkel, bien necesitados de limpieza. Como la mayoría de las cosas, una vez metido en faena aquello no cra demasiado desagradable..
—Déjeme lavar a mí-dijo Malvina, 
 —No—contesté—. No estaría bien.
 Desde aquel momento todo fue fácil entre la señora Frenkel, Malvina y yo; así que, le preguntamos si no tenía amigos entre los vecinos que nos permitieran lavar alguna prenda.
Pues claro que tengo amigos. Esperen a que me ponga un vestido.
Salió momentos después, dejándonos solos en la cocina.
—Enrique—dijo Malvina—siento haber estado equivocada respecto a usted. Me confundió un poco que me llamara por mi nombre de pila.
— Enrique — habló de nuevo — creo que nos vamos a divertir.
Cuando, un par de horas más tarde, almorzábamos en un restaurantito, me preguntó:
—¿Querría decirme por qué razón entró usted a trabajar en la Agencia de Bullard? ¿Verdad que usted no lo necesitaba ?
Me puse a contarle mucho más de lo necesario y contesté a muchas y extrañas preguntas suyas. Quería enterarse de cómo era Hugo, nuestro mayordomo, y de los bailes que daba el club, y de nuestra casa de Boston.
—Ha tenido usted siempre lo que yo siempre he ansiado— comentó—; y ahora no lo necesita usted.
—¿Qué es lo que he tenido y ya no necesito?
—Dinero, seguridad. Algún día, yo también lo tendré. Algún día me asociarán en la agencia. Yo valgo y sé que valgo—concluyó. Había en su actitud y en su acento algo que provocaba a un mismo tiempo a la admiración y a la piedad. ¡Cuántas, como ella, gastan la energía de que son capaces en llegar a algo que, después de todo, no vale tal vez la pena!

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