martes, 28 de febrero de 2017

MALVINA- 97-98

  MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
A LAS SEISvolvimos a la oficina. Malvina estaba ojerosa. Casi todas las mesas estaban desiertas, pero la luz brillaba en el despacho del señor Kaufman. Entramos. Estaba en mangas, de camisa, mirando pruebas de anuncios de calzado.
—Hicimos las visitas—dijo Malvina—. Yo tomé las notas y el señor Pulham se encargó de lavar la ropa.
—Veamos las notas—contestó Kaufman—. Se lanzó sobre los cuestionarios como un cajero de banco sobre los billetes.
—¿Han hablado? —preguntó—. —preguritó—. Léame eso—.Malvina tomó una hoja y leyó:
—«Es la primera vez que no va a importarme que Frenkel se quite los zapatos.»
Yo recordaba esta frase de la señora Frenkel, pero no imaginaba que Malvina la hubiera escrito.
—Ese es el género, ése—interrumpió Kaufman—. Eso tiene calor y colorido. ¿Tiene usted otros como ése?
—Muchos más—contestó Malvina.
—Está muy bien. Haga una historieta de cada entrevista. Será mejor que empiece usted ahora. Yo estaré aquí toda la noche. Espere usted un minuto, Pulham.
No volvió a hablar hasta que Malvina hubo cerrado la puerta.
—Ahora, de hombre a hombre, Pulham, ¿quiere decirme si ha existido en realidad esa señora Frenkel? Mire—explicó—esas entrevistas las ha intentado mucha gente. Es fácil caer en la tentación de hacerlas completamente imaginarias.
—Le doy a usted mi palabra, señor Kaufman.
—Pero... ¿cómo ocurrió todo? Explíqueme.
—La señora Frenkel quería llamar a la policía—contesté.—Pero le dije que no era necesario porque yo solamente quería lavarle una prenda de ropa. ¿No era eso lo que usted quería?
—¿Y le ha escuchado a usted?
 —Naturalmente. ¿Por qué no iba a escucharme?
—Pulham, por fuerza usted tiene un atractivo humano. Ahora váyase y ayude en su informe a la señorita Myles.
Cuando volví a nuestro cubículo, Malvina se había quitado el sombrero y estaba tecleando en su máquina.
—¿Puedo ayudarla en algo?—le pregunté.
Primero pareció molestarse; luego sonrió..
—No haga usted de Caperucita. Si no anda con cuidado vendrá un lobo y lo devorará. ¿Qué quería Kaufman?
—Hacerme preguntas sobre la señora Frenkel y hablar de calor y de colorido.
—Debe usted haberle impresionado.
—No veo por qué.
No importa. Me ha impresionado usted a mí. Antes lo creía antipático y ahora me gusta.
Sacó una hoja de la máquina de escribir y continuó:
—Repase la gramática de todo esto y luego déselo a la secretaria de Kaufman para que lo ponga en limpio. Y lo mejor es que salga y traiga unos sandwiches y café para los dos. Ahora, no hablemos más.
Nunca había visto escribir tan rápidamente. Según pasaba el tiempo la veía apretar los labios hasta convertirlos en una línea fina y voluntariosa.
-Puede irse a casa, si quiere—dijo una vez—. Lo terminaré yo sola. Estoy acostumbrada.
—No, —contesté—. Seguramente puedo ayudar en algo.
—Bueno. Entonces traiga más café.
Acabó el informe a las once y media, se echó las manos a la nuca y bostezó.
—Bueno—dijo—. Ya terminamos... ¡Qué cansada estoy!—. Alcanzó el sombrero, se lo puso y añadió—: Hasta mañana.
—La acompañaré hasta su casa—dije.
 —No sea tonto.
Es tarde. No debe irse usted sola a casa a tales horas—insistí.
Y¿cómo cree que voy generalmente?
Vivía algo distante y la llevé a su casa en un taxi. Iba reclinada en el asiento, con los ojos entrecerrados, mirando las luces.
—Algún día, tendré coche propio—iba diciendo—con un chófer que me esté esperando a la puerta cuando trabaje de noche; y tendré un abrigo de visón y una camarera francesa y lo invitaré a usted a comer.
—Magnífico.
—Y tendrá usted que venir de corbata blanca y saber conducirse—añadió—. Porque habrá muchas personas interesantes, escritores, artistas, actores. Bueno, ya hemos llegado. ¿Quiere subir?
Me invitaba como si fuese la cosa más natural del mundo.
—No, gracias; sólo quería acompañarla.
Subimos el tramo de escaleras de piedra parda que conducía a la puerta del vestíbulo; sacó de la cartera un manojo de llaves.
—Es bastante raro, pero tengo mis llaves.
—Vaya—le dije—buenas noches.
—Buenas noches—. Me miró en la penumbra—. Buenas noches ... querido—. Y me besó.
Yo no esperaba semejante cosa, pero lo hizo con tanta gracia que pareció lo único correcto que podía hacer.
—Buenas noches—contesté.
Despedí el coche, porque sentí ganas repentinas de pasear.
Ya en mi habitación antes de dormirme, repasaba lo que nos habíamos dicho Malvina y yo y pensaba en lo que iba a decirle la mañana siguiente.
Guillermo estaba en su sitio, cuando llegué a la oficina, pero Malviva no había venido todavía.

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