domingo, 26 de febrero de 2017

MALVINA- NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE

 MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE
Seleccines del Reader´s Digest
Enero de 1942
Volví de la anterior guerra mundial a mi patria con una medalla que no había merecido. En realidad, el anciano general Roefax me la había dado por salvar su propia responsabilidad, puesto que debieron someterle a juicio sumarísimo, tanto por haber encomendado a mi compañía la defensa de una posición insostenible, como por haberse olvidado de ordenar su retirada a tiempo. Pero la citación decía:    -
Enrique Pulliam, Subteniente de Infantería: único oficial superviviente de su compañía, después de un reconocimiento en la ciudad de U... Aunque se encontraba cercado por el enemigo, el subteniente Pulham se negó a rendirse, rechazó tres ataques y se retiró con las fuerzas a su mando, amparado en las sombras de la noche, volviendo a cruzar el río Vesle y uniéndose a su regimiento.
Lo más gracioso de todo es que aquello era en su mayor parte la pura verdad, aunque al presente yo no acertara a imaginarme como protagonista de semejante hazaña. Cuando mataron a los demás oficiales nuestra situación parecía bastante desesperada y nos brindaron la rendición. La oferta nos fué hecha, tras de enarbolar un pañuelo blanco atado a un fusil, por un oficial, vestido con sucio uniforme gris, que saltó de la trinchera y se encaró con nosotros.
Cuando el hombre se puso en pie, yo hice lo mismo, gateando por los escombros para salir a su encuentro. Procuré recordar el poco alemán aprendido en el colegio para hablarle. Era un capitán, poco más o menos de mi edad. Me dijo que estábamos cercados y que lo mejor era rendirnos. Repuse que si alguno de mis hombres se quería rendir, se lo enviaría inmediatamente.
«Que tengan la bondad de alzar las manos» dijo el capitán.
Saqué del bolsillo un paquete de cigarrillos, encendimos uno cada uno y le ofrecí el resto. Era un día cálido, extenuante; el sudor nos corría por la cara. Permanecimos allí como un minuto, dando chupadas a los cigarrillos, pues no parecía tener prisa.
«Muchas gracias por los cigarrillos», dijo. «Les daré cinco minutos. Si usted o cualquiera de sus hombres quiere venir les recibiremos complacidos». Sonrió e hizo el saludo. «Si los norteamericanos se parecen a usted », añadió, «me marcharé a los Estados Unidos».
No vino a los Estados Unidos, ni siquiera se fumó los cigarrillos porque lo matamos un cuarto de hora después, cuando nos atacaron.
A distancia, toda aquella escena se me aparece como una mezcla confusa de agotamiento y de miedo físicos. Por otra parte, siempre he oído con escepticismo los relatos claros y precisos de un combate de infantería. Hubo un momento en que estuvimos a ocho metros de distancia, tirándonos granadas, como los chicos se tiran bolas de nieve. Retrocedieron después para volver a la carga a la media hora, pero nunca nos acometieron seriamente porque debían creer que nos tenían seguros sin necesidad de experimentar por su parte pérdidas inútiles. Así y todo, aquel combate nos costó cincuenta hombres; y si no acabaron con todos, cosa que pudieron haber logrado de una buena arremetida, creo que fué porque tenían tan pocas ganas de morir como nosotros. Durante la noche, encontramos un paso libre de guardianes y nos deslizamos por él.
 La guerra había pulverizado muchas de las cosas en que antes creía. No era tanto por la guerra en si como por los nuevos contactos humanos. Odiaba y odio todavía cada minuto de guerra. Nunca pude entender la charlatanería sentimental de la semana de licencia en París, donde solían explotarnos cocheros de aspecto paternal perseguirnos mujeres de la llamada vida alegre. Pero jamás olvidaré a los muchachos de mi compañía; eran chicos del campo, italianos de los barrios bajos neoyorquinos, obreros fabriles, hijos de pequeños tenderos pueblerinos. . pero todos teníamos entonces un punto de vista común, difícil de analizar, que se expresaba en canciones y bromas indecentes y que, por increíble que pueda parecer, había que llamar decoro. Los miembros de una compañía eran, hasta cuando se entregagan a la borrachera y la disolución, muchachos excelentes,  una vez que se llegaba a conocerlos. No fué pequeña mi sorpresa cuando me di cuenta de que en su gran mayoría eran más valientes y generosos que mis condiscípulos de colegio y universidad.
Esto era lo que hacía tan dura mi acomodación a la antigua rutina después de la guerra. Era como tratar de reunir los diseminados trozos de un plato roto.
El DÍA que me licenciaron en Nueva  York, fuí al Hotel Waldorf con 400 dólares de pagas atrasadas y lo que aún restaba de mis pertenencias liado en el petate. Mi baúl se había extraviado y sólo me quedaba el ajado uniformeque llevaba puesto. El empleado lanzó una ojeada a mi equipaje desde el lujo marmóreo del mostrador.
—Tengo que rogarle el pago adelantado—me dijo.
Le alargué un billete de 100 dólares.
—No se inquiete—le advertí—. Ya me compraré otra ropa mañana.
—Supongo que acaba usted de llegar, teniente. Parece que ha sido toda una guerra.
—Sí, ha sido toda una guerra—asentí.
Ya en mi habitación del octavo piso comprendí que aunque no me sentía con ganas de telefonear a la familia, era indudable que debía hacerlo; así que llamé a conferencia con Boston.
El teléfono me trajo la voz de Hugo, nuestro mayordomo. La oí con una especie de extrañeza de que estuviera vivo todavía.
— ¿Está papá en casa, Hugo?—pregunté después de haberme dado a conocer. Oí que Hugo llamaba con toda la fuerza de su voz y luego a mi padre que preguntaba:
—¿Dónde estás, Enrique? ¿Estás bien ?
Me pareció increíble que no comprendiera que me encontraba bien, estando en el Hotel Waldorf. Traté de imaginármelo junto al teléfono, en la biblioteca.
— ¿Cómo está mamá ? ¿Cómo está María ?
—Oye, escúchame. Toma el tren de la medianoche—decía mi padre.
 —No puedo—contesté—. Tengo que comprarme alguna ropa. Mañana iré.
No te preocupes por la ropa—gritaba—. ¡Toma el tren!
No puedo—volví .acontestar—. Tengo que hacer algunas cosas.
Si le hubiera explicado que necesitaba algún tiempo para mí, que estaba tratando de atar cabos, no me hubiera entendido. Cuando terminó la conferencia, me acordé de Guillermo Ming, antiguo amigo de colegio que trabajaba en un periódico de Nueva York cuando se alistó en el Ejército. Sí, tenía que ver a Guillermo, si estaba de vuelta. Contestó personalmente al teléfono. Su voz era cortante, impaciente.
—Guillermo, soy Enrique. —¡Vamos! Ya es hora de que estés de vuelta. ¿Dónde estás?
Le pedí que viniese a pasar la noche en el lecho contiguo. Le dije que necesitaba hablarle de muchas cosas, y vino.
Cuando llegó y lo vi tan parecido a las gentes con quienes me había cruzado en la calle, tan brillante y próspero, dudé un momento si acertaríamos a reanudar el hilo de nuestra antigua intimidad. Hubo un instante de reserva. Pero en seguida me cercioré de que se alegraba de verme.
—Pero, chico, ¿qué haces ahí sentado, la primera noche de tu regreso? Vámonos a correr la ciudad.
—Es raro, Guillermo, pero todavía no tengo la menor gana de ver nada.
Pareció comprender lo que yo sentía. Sentóse, encendió un cigarrillo. Un minuto después éramos los de antes.
—Apostaría—dijo—que has adquirido una porción de malas costumbres. Anda, cuéntame como habéis ganado la guerra.
—No, no hablemos de eso.
—Bueno, como tú quieras. Es curioso ver el efecto que produce en algunos el regreso. Ya te recobrarás en un par de semanas.
—Eso espero. ¿Sabes, Guillermo, que no tengo gana de volver a casa?
—Algo extraordinario ha tenido que ocurrirte; pero, si no quieres volver a casa, ¿por qué has de hacerlo?
—¿Y qué otro recurso me queda?
—¡Hombre, no me hagas reír! Puedes encontrar un empleo. Yo te encontraré mañana uno, aquí en Nueva York.
Estuve considerando la cosa unos instantes. Evidentemente, era muy sencilla para él, pero no para mí.
— ¿ Dónde puedes encontrarme uno ?le pregunté.
—Donde yo trabajo. En el negocio de publicidad. Veré a Bullard. Tengo influencia con Bullard.
—¡Pero, si yo no sé nada de eso!—repliqué.
—Mira, Enrique, tampoco hay allí nadie que sepa nada. Lee esto. Sacó la cartera y de ella un recorte de periódico que me alargó. Decía:
Preferimos que nunca haya escrito publicidad el hombre que buscamos; pero es necesario que haya recibido instrucción en un buen colegio y que tenga una personalidad seria y agradable, combinada con cierto sentido del gusto y de la forma. Ofrecemos una verdadera oportunidad al hombre que reúna tales condiciones.
—Bullard mismo me lo hizo escribir—continuó Guillermo—. Tú lo harás tan bien como cualquiera otro. ¿Lo quieres o no?
Un año antes, aquello me hubiera parecido imposible.
 —Muy bien—dije a la postre—. Voy a probar. Pero tiene que consistir en algo el que yo no quiera volver a casa.
—Procura actuar de acuerdo con la época—contestó Guillermo—. Esta guerra ha enseñado a mucha gente que no vale la pena de vivir si no se puede hacer lo que uno quiere. ¿Cómo vas alograr que los muchachos vuelvan a cavar la tierra .después de haber visto a París ?
—Pero yo no tenía que cavar. Yo lo tenía todo.
Guillermo señaló la ventana con la mano.
Escúchame, Enrique. No sabes lo que pasa ahí fuera. Conflictos de trabajo, malestar económico. Nadie sabe lo que va a ocurrir, pero puedes estar absolutamente seguro de una cosa. —Hizo una pausa, me señaló con el dedo y prosiguió—. Tú has venido al mundo dentro de un pequeño sector superfluo que está condenado a desaparecer. Dices que lo has tenido todo. Mira, muchacho; hoy en día todo eso es agua de borrajas.
Me molestaba pero continuó sin que pudiera atajarlo.
—Míralo de este modo. Tú y tu pequeña pandilla habéis sido como abejas de una colmena; lo hacíais todo por instinto, sin preocuparon un ápice por el esto del mundo.
—Pues a ti bien te gustaba nuestra colmena— interrumpí.
—¡Claro está que me gustaba! Era una colmena linda y cómoda pero van a ahumarla. Me gustan tu padre, tu madre y las demás abejas, pero vais a tener que largaros, Enrique.
—Hablemos de otra cosa, Guillermo.
Algo Básico
CUANDo a la mañana siguiente me encontraba a medio camino del gran edificio comercial, cercano a la calle Cuarenta y dos, me hubiera seguramente vuelto atrás sin el temor de dejar en situación poco airosa a Guillermo, que me había arreglado una entrevista con su jefe. Yo continuaba vestido de uniforme.
El ascensor me dejó en una gran antesala con una magnífica alfombra persa y unas cuantas sillas de cuero rojo. Tras la muchacha, sentada a una mesa de estilo, cubría el muro una biblioteca de libros ricamente encuadernados y había una chimenea con encendidos carbones artificiales. En el remate de la biblioteca, una placa de bronce rezaba «Biblioteca de Referencia, J. T. Bullard Inc.» Hasta que reparé en la chica de la mesa casi había olvidado lo bonitas que son las norteamericanas. Ella me miró, sonriente.
—Sí, el señor King me ha advertido de su visita. Voy a llamarle—respondió a mi pregunta, y alcanzó el teléfono.
—Hola, Enrique—dijo Guillermo, apareciendo por una puerta lateral—. ¿Mirando los libros? En realidad, había estado mirando a la muchacha, pensando en decirle algo oportuno y alegre. Me hubiera gustado ser como Guillermo que siempre tenía una frase a punto.
Me hizo atravesar una gran habitación, llena de mesas y máquinas de escribir, hasta llegar a una partición al fondo.
—Ahora, por lo que más quieras, sé natural. Bullard te está esperando—me dijo.
El señor Bullard estaba sentado a una mesa de estilo italiano. Cuando entramos, echó hacia atrás su silla y se levantó. Tenía un aire de profesor a punto de pronunciar una conferencia, pero parecía más próspero. Su traje gris de saco cruzado era de corte impecable.
—Alcance una silla para el señor Pulham, Guillermo—dijo—. ¿Quiere usted un cigarrillo, señor Pulham?
—No, señor, muchas gracias—repuse. —No quiere decir eso—interrumpió Guillermo—. Fumará con mucho gusto un cigarrillo.
El señor Bullard abrió una caja de plata que había encima de la mesa-.

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