miércoles, 15 de marzo de 2017

A ORILLAS DEL RIO KWAI - CAMPAMENTO DE PRISIONEROS

 A ORILLAS DEL RIO KWAI
ERNEST GORDON

Cuando la luz de la lámpara titilaba en la oscuridad tropical, brindándonos la única claridad de que disponíamos para nuestro culto, nos recordaba la vida de quien es la luz de los hombres, "aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre", la luz que no se apaga.
No tomé conciencia de la existencia de esta iglesia hasta que el reverendo Alfredo Webb llegó con un contingente de prisioneros de otro campamento. Inició un eficiente ministerio y rápidamente se ubicó como pastor sabio y afectuoso de una congregación en permanente crecimiento. Se enteró de mis charlas y actividades de grupo y me invitó amablemente a colaborar con él.
Llegó el domingo en que predicaría mi primer sermón. No contábamos con manuales de homilética. Pero estaba la Palabra de Vida, el testimonio de la Biblia y las palabras de Jesús para nuestra situación. Poco antes de comenzar el culto, mi amigo Bill Maclean me pasó su Biblia. Estaba abierta en las siguientes palabras del capítulo 12 de Lucas:
Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir." (Lucas 12:11, 12)
Fortalecido por ese pasaje, encontré las palabras. Prediqué sobre la parábola del hijo pródigo. Los hombres venían al culto con el corazón preparado, corazones abiertos para recibir las bendiciones que sólo Dios podía dar. Días más tarde, se acercaban para dialogar sobre algún punto que les interesaba. El carácter de sus preguntas me daba luz, y me demostraba que las necesidades espirituales son comunes a todos los hombres.
Todas las noches realizábamos un culto de oración por aquellos que estaban enfermos, por nuestras familias, por nuestras necesidades diarias. Orábamos pidiendo orientación y fortaleza para las pruebas que teníamos por delante.
Necesitábamos el don de un espíritu sereno, de modo que orábamos pidiendo tranquilidad para dormir. Mientras vivíamos en la seguridad de la vida civil nunca le habíamos prestado mucha atención al asunto del sueño. Pero aquí era diferente. Las mentes de los hombres estaban cargadas con el recuerdo de sucesos horrorosos que no les permitían descansar. A menudo sus alaridos perturbaban el sueño del campamento.

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