sábado, 4 de marzo de 2017

CRUZ EN LLAMAS- MAMÁ ESTÁ EN CASA

MAMÁ ESTÁ EN CASA
El "¿Donde está mamá?"es un estribillo que padres e hijos reconocen al instante. Aquí mientras la pregunta llega como un eco a través de los años, damos al lector conmovedora respuesta de un hijo cuya madre vivirá siempre en su memoría y en su corazón.
Por James Mc Cracken
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 1980


Parte 2

Cruz en llamas
UNA FAMILIA de raza negra vivía frente a nuestra casa. Se apellidaba Butler. El señor tenía una heladería y la familia, tan numerosa como la nuestra, vivía en la parte alta de la tienda. Basil Butler era dos años menor que yo. Podía correr y jugar a las canicas. Eramos amigos íntimos. Tan íntimos, en realidad, que un hermano mío me dijo un día,' señalando una oscura marca de nacimiento en mi cuello.
—¿Ves esa marca de color castaño en tu cuello?
Me llevó frente a un espejo. El lunar tenía dos centímetros de diámetro.
—¿Sabes por qué te ha salido eso? —mi hermano era un bromista y yo muy joven entonces para advertirlo—. Juegas tanto con Basil, que te estás ennegreciendo.
Lo miré pasmado. Cinco hermanos, un padre y una madre, todos blancos. ¿Yo de color?
-Dónde está mamá?
La encontré planchando. Las planchas se calentaban   en el horno de nuestra cocina.
—¡Mamá! ¡Mírame el cuello! Me estoy ennegreciendo. ¡Voy a ser negro como Basil Butler!
Sus ojos se dilataron.
—¿Quién te dijo semejante tontería? ¿John?
Conocía a sus hijos.
—Sí. Me aseguró que por jugar tanto con Basil voy a ser también negro.
Mamá se sentó. Me atrajo hacia ella:
—¿Has notado alguna marca blanca en la piel de Basil ?
Sorprendido por la pregunta, reflexioné:
—Por lo que he visto, no. ¿Le pregunto si las tiene? Tal vez no lo haya notado.
—No, tonto —sonrió marná Basil no va a convertirse en blanco por jugar contigo, ni tú en negro. Ese lunar es de nacimiento. Tu abuela tenía uno igual. Puede que tus nietos lo tengan también.
Se levantó y siguió planchando.
—Juega con Basil. Es tu mejor amigo. Nunca pienses en el color de la piel. Voy a hablar con John. ¡Dios mío!, esta plancha está ya muy caliente. Ve a buscar a Basil. Yo hablaré sin falta con John.
Debe de haberlo hecho, puesto que mi hermano, nunca volvió a tocar el tema.
EL CEME'NTERIOde Sewickley está en una colina que domina el pueblo. Un día comenzaron a circular rumores. Esa noche, a eso de las 9, teníamos que mirar   hacia el cementerio. ¿Fantasmas, No importa. mirábamos, El rumor corrió.
Llegó la noche y con ella la oscuridad. Era verano. Nosotro aguardábamos en el patio. Los insectos zumbaban en nuestros oídos. la  gente andaba por las aceras o  esperaba en los patios de sus casas con la mirada fija allá arriba, en cementerio. Llegaron y pasaron las 9. Vi a la familia Butler en las ventanas de su casa.
De pronto se alzó una llamarada amarillenta en lo alto de la colina. Quedamos atónitos. Era una cruz en llamas. Conocíamos su significado: el Ku Klux Klan. En eso sentí las manos de mi madre en los  hombros. Temblaban. Mamá estaba asustada , Asustada, como yo. Pero no, no era miedo.
—Es un ultraje —repitió una y mil vez.
Las llamas se apagaron. Nos sentamos en el porche de la casa a cuchichear. Mi madre estaba furiosa,  Mi padre intentó calmarla. La quema de la cruz era censurable, pero él juzgaba el incidente menos apasionadamente que mi madre.
Nuestra casa estaba en la calle principal del pueblo. Era un placer vivir allí. Se oían los cascos de los csballos que tiraban de los carruajes y carretas; se oía pasar a los amigos por la acera; se oía el ruido de unos pocos Íautomóviles. Fuera de esto, quietud, pues era Aquella una época tranquila.
Pero esa noche andaba por allí Un numero poco común de gente Que comentaba lo ocurrido. Se alzaba en la noche una voz estrídente, que luego se desvanecía.
Desde el porche observábamos y ecuchábamos. Luego callaron las voces. La gente señalaba calle abajo. Por la calle subía un hombre vestido de túnica y capucha blancas. Llevaba una antorcha. Tras él, otra figura de blanco y luego otra y otra; quizá una docena, en fila india y silenciosamente.
De pronto mamá saltó de la silla. Oímos sus pasos en la acera. Un ruido de cólera. Al" llegar al borde de la acera se detuvo y observó. Luego habló. Su voz era tranquila, pero temblaba de indignación:
—No sé quiénes son ustedes, que se esconden bajo esas ignominiosas sábanas; pero. estoy segura de que los conozco a todos. Converso con ustedes en la calle y en las tiendas. Hasta en la iglesia. Y ahora les digo: No son más que unos cobardes. ¡No hay un solo hombre entre todos ustedes!
Se volvíó y corrió acera arriba. Entró a casa pisando con fuerza. La puerta principal se cerró como un balazo que perforara el silencio. Nosotros, desde el porche, sentimos admiración, temor y orgullo. El desfile terminó y la calle quedó desierta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario