miércoles, 1 de marzo de 2017

MALVINA- 99-101

  MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942

—¿Qué le has dado a Kaufman?—me preguntó Guillermo—. Le gusta tu manera de ser.
—Pues, chico, a mí no me gusta él.
—Tampoco a mí. Pero es muy conveniente que vayas ganándote a Kaufman. Bueno, ¿dónde están esas tablas sobre las salas de aseo? Bullard quiere verlas. Hoy vamos a tener mucho alboroto.
— ¿Qué va a pasar ahora?
—Hoy vamos a vender la campaña Coza. Vamos a tener una reunión. ¿Cuál crees tú que va a ser el nervio de la campaña? ¿Quién te figuras que ha acertado con la idea básica?
—Estoy cierto de que no lo sé.
—Bueno. Voy a decírtelo. He sido yo. Es una historia larga, importante, trascendental. ¿Para qué usa el jabón la humanidad ?
—Para lavarse—contesté.
 —Exactamente. ¿Y por qué limpia el jabón la suciedad?
—Porque la quita.
—¿Y por qué? A causa de una reacción alcalina. ¿Y por qué es el jabón Coza mejor que todos los demás jabones?
—Lo ignoro, Guillermo. ¿Es de veras mejor?
—Francamente, muchacho, esto es lo más difícil. ¿Por qué es mejor? Porque los químicos de Coza, tras años de trabajar en los laboratorios, han desarrollado una fuerza agresiva contra la suciedad, un imponderable. ¿Y cómo llamaremos a esta fuerza?
—¿Cómo la llamaremos?—repetí.
—La llamamos plus alcalinico—dijo Guillermo—. «Haga la prueba hoy mismo. Lave usted algo con un jabón corriente y vuelva a lavarlo en seguida con Coza. Coza limpia gracias a ese agregado imponderable que se llama plus alcalínico.» ¡Hola, Malvina!—dijo saludando a la que entraba en aquel momento. Ella nos sonrió, se quitó el sombrero y lo puso en el armario verde de acero.
¡Hola!—contestó. Sus ojos se encontraron un instante con los míos.
—Quieren vernos los jefes—dijo Guillermo—. Van a utilizar el plus alcalínico.
La sola mirada de Malvina me hizo comprender que se trataba de algo importante.
—Me alegro tremendamente, Guillermo—contestó.
Se quitó los guantes y los puso junto al sombrero.
—Les he explicado con toda claridad que la idea es mía y el nombre de usted le dijo mi amigo.
—Gracias, Guillermo—contestó ella—. ¿Cuándo deciden?
—Esta misma mañana. Expliqué nuestra idea a Bullard y di en el blanco. Ahora vamos a probar el plus alcalínico en el cliente.Vámonos, Malvina. Bullard nos espera.
Pero, Guillermo, —intervine—el jabón no limpia por eso. Limpia a causa de su propiedad de emulsionar las grasas y no en virtud del álcali.
Guillermo se sentó en el borde de su mesa.
—¡Santo Dios!—dijo—¿De dónde has sacado eso?
—Está en la enciclopedia—contesté—. Le he echado una ojeada.
Malvina miró a Guillermo y le preguntó extrañada:
—¿Quiere usted decir que ha captado esa idea sin hacer indagaciones?
Creí que usted las había hecho, Malvina—contestó Guillermo y continuó—: Esperen un rninuto ... esperen un minuto. La idea es tan excelente como antes. La voy a exponer así.
Miró al techo, tomó aliento y empezó a perorar.
—No ya durante años, sino por espacio de siglos, los fabricantes de jabón han creído en la teoría errónea de que sus productos derivaban las propiedades de limpieza del álcali libre. Pero, hoy, la ciencia moderna ha revelado una nueva verdad. Los químicos eminentes de nuestro tiempo saben que es el emulsionamiento lo que limpia... sin atacar las manos blancas ni los tejidos delicados. Por esta razón los químicos de la Casa Coza han dotado a su jabón de un poder emulsionante intenso y novísimo, basado en una propiedad secreta a la que llaman Emul ¿Qué tal queda esto, Malvina? Esto llama la atención... El jabón Coza contiene gran cantidad de Emul Por eso limpia.
Hubo un momento de silencio y Malvina suspiró.
—Hablando, puede usted sacar partido de cualquier cosa.
Este incidente me reveló cuánta era la agilidad mental de Guillermo. También me demostró su generosidad, pues explicó al señor Bullard que yo habia estudiado a  ratos perdidos la teoría completa del jabón. El señor Bullard mellamó a su despacho apenas terminó la conferencia acerca de Coza.
Pulham—me dijo—desde hoy voy a llamarle Enrique, porque hoy se ha ganado usted las estrellas. Ha sido usted uno del equipo. ¿Ha pensado alguna vez esta cosa extraña de que una gran idea es siempre sencilla?
—No, señor—contesté.
—Sólo estoy haciendo juegos de palabras, —continuó el señor Bullard—meros juegos de palabras, ¿entiende usted? Hemos sido los primeros en llegar hasta el fondo en la rebusca de los principios esenciales de una campaña sobre el jabón, casi los primeros en considerar las razones básicas de que el jabón limpie. Su amigo Guillermo King abocetó la idea general que ya hacía tiempo estaba en mi subconsciente, pero que yo anoto complacido en su haber. La señorita Myles elaboró el concepto de los químicos que trabajan hasta dar con la fórmula (de hecho, los químicos de la Casa Coza trabajan muy duro) y después llegó usted con la nueva idea de que el jabón emulsiona. El señor Kaufman y yo, finalmente, hemos refinado y hecho presentables estas ideas. Nos dieron la bola para que empujásemos y la hemos subido a la cumbre. Sí, señor... ¡se ha ganado usted las estrellas!
Desde aquel instante empecé a sentirme a mis anchas en la Agencia de Bullard. Empecé a comprender que para vender jabón era preciso dotarlo de alguna cualidad Única, de algo que saliéndose del campo de la perfumería, penetrara resueltamente en los de la química, y hasta en los de la alquimia. Y lo que aún es más, no pasó mucho tiempo sin que el equipo se persuadiera de que Coza tenía las cualidades misteriosas y ocultas que su imaginación le había atribuído. Tengo la seguridad plena de que Guillermo creía implícitamente que los químicos de Coza, tras años de paciente investigación, habían logrado arrancar a la naturaleza un elemento llamado Emul.

EMPECÉ a conocer más y mejor a Malvina Myles, casi sin darme cuenta de ello, al paso que la primavera se iba haciendo verano. Nos complacíamos en estar juntos, paseando por el Parque Central en los antiguos coches de alquiler tirados por caballos, o remando en el lago. Compré después un automovilillo y solía llevarla a las playas de Long Island. Ella empezó a preocuparse por mis ropas. Me compraba corbatas, hizo que me encargase tres trajes de verano, vino conmigo a comprar una cesta para llevar nuestra comida al campo los domingos que salíamos de la ciudad. No me había dado cuenta de lo mucho que me interesaba su compañía, ni siquiera había pensado en ello, hasta que, allá en el mes de julio, pedí permiso para faltar a la oficina un sábado con objeto de visitar a mi familia en nuestra residencia veraniega de North Harbor- Era la primera vez que iba a ver a los míos desde mi venida a Nueva York. Había hablado mucho con Malvina de todos ellos y recuerdo lo que hablamos aquella tarde cuando comíamos juntos.
—Me gustaría llevarla—le dije.
¿Qué pensarían de mí, si me llevase ?
  Les gustaría en cuanto la entendieran.
— ¿Qué es lo que habrían de entender ? 
—Nada, en realidad. Pero cuando sólo se ha visto un tipo de personas toda la vida, es lógico que ese tipo sirva para medir a todos los demás.
Me miró extrañada y luego preguntó
 —¿Ha hecho ya su maleta?
Le dije que no porque el tren no salía hasta las once.
_Bueno. Voy a ver si se lo lleva todo.
 —Es muy amable de su parte, pero no sé lo que dirá la gente al verla venir a mi habitación.
—¿Qué van a decir? Siempre he tenido ganas de ver su habitación.
Tenía yo alquilada una alcoba exterior en una vieja casa de piedra pardusca, en la Avenida de Lexington. El moblaje era parco y sencillo. Cama de hierro, cómoda con un gran espejo, una mesa pequeña y dos sillas. Nadie hizo la menor observación cuando subimos la escalera, pero yo seguí sintiendo cierta desazón al verme allí y con Malvina. Se quitó el sombrero y lo dejó con los guantes y el bolso, encima de la mesa.
—¿Dónde está la maleta ?—preguntó.—Se está haciendo tarde.
Observé que estaba mirando los retratos que había sobre la cómoda.
¿Quién es ella ?—preguntó—. ¿Su mamá?
—Sí.
—¿Y él es su padre?
—Sí.
—¿Y quién es la muchacha? ¿Alguien de quien nunca me habló?
Claro que le he hablado. Es mi hermana María.
—¿Qué grupo es éste?
—Los muchachos de mi Club en la Universidad de Harvard.
Apoyó las manos en la cómoda y estuvo contemplando los retratos por algunos instantes.
Todo lo suyo está aquí, verdad? Y va a volver a ello. Tiene que ser raro estar en dos sitios a un mismo tiempo.
—¿De qué está hablando? Yo no estoy en dos sitios a un mismo tiempo.
—¿Dónde tiene las camisas y los calcetines?—preguntó—. Si Hugo deshace la maleta quiero que vea lo cuidadoso que es usted.
Me pareció extraño verla andar con mis camisas.
—Ahora, el traje de noche. Y ahora el otro que le hice comprar. ¿Nadie cuida aquí de su ropa blanca ?
—Se supone que lo hace el lavandero.
 —Pero no lo hace. Ya arreglaremos eso otro día.
Llamamos un taxi. Malvina me acompañó hasta la estación.
—Enrique, ¿verdad que usted volverá ?
—Naturalmente. El lunes estaré en la oficina.
—¿Está seguro?
—Sí. Absolutamente seguro.
Volvió a decírmelo cuando llegamos a la verja de entrada al tren.
No deje de volver. No permita que le retengan.
Ni entonces, ni durante mi visita
a North Harbor, me di cuenta de que estaba enamorado de Malvina.

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