miércoles, 8 de marzo de 2017

MALVINA-Cuando os ama la muchacha que amáis

    MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942

Cuando os ama la muchacha que amáis
VOLVí A LÁ OFICINA de Bullard ellunes a las nueve de la mañana. Tanpronto oí el ruido de las máquinas deescribir y vi trabajando a todo el mundo,el recuerdo de mi fin de semana en North Harbor se desvaneció como unmal sueño, cuando uno se despierta del todo. Las mesas de Guillermo y de Malvina aun estaban vacías; yo que había esperado encontrarla a ella, me di cuenta de la gran falta que me hacía verla. Al fin apareció.
—Hola, Malvina—saludé.
—Oh, hola—. Ambos nos reímos—. Bueno, ya está aquí...
—Sí. Así parece.
—Y no ha venido nada diferente. He estado pensando que parecería diferente. ¿Lo ha pasado bien?
No sé por qué todo el mundo seguía haciéndome la misma pregunta.
—¿Dónde está Guillermo?—dije.
—Lo han mandado a Chicago. No se preocupe por Guillermo. Tenemos que ver a Kaufman a las nueve y cuarto. ¿Qué le hicieron en casa?,
—    ¿Quién ?
—Todos. El mayordomo y todos los demás. ¿Deshizo las maletas? ¿Dijo algo? —No. ¿Por qué ?
—Ah, no dijo nada. Pudo haber dicho que yo había hecho muy bien su maleta.
—No le importe.
—Me importa. Alguna vez tendré un mayordomo y quiero conocer sus obligaciones. ¿Me ha echado de menos, Enrique ?
—Sí—contesté.
—Muy bien. Ahora vamos a ver a Kaufman y recuerde que los lunes por la mañana siempre está de mal humor. Hágase con lápices y unas hojas de papel.
—Malvina—inicié— tengo algo que decirle. 
—Pues dígamelo pronto—contestó. Estaba inclinada sobre, su mesa, recogiendo unos lápices y papeles, y todo parecía absolutamente natural y sencillo. Por una vez en la vida yo lo sabía todo. Era como si tuviera ante mí un programa de exámenes y supiera las respuestas a todas las preguntas. Era como dar el golpe a la bola de golf en el punto preciso,
Malviva...—empecé.
—¿Qué le ocurre?—me preguntó—. ¿Es el calor?
—Sí, aquí hace mucho calor, pero en North Harbor hacían falta mantas. Es extraño. Nada ocurre en la vida como uno espera...
—¿Qué está diciendo ?—interrumpió Malvina.
—No sé—repuse—Malvina, te quiero.
Se volvió rápida y al principio creí que estaba enojada porque arrugó la frente.
—Vaya—dijo—, ¿qué le ha hecho. pensar semejante cosa ?
—No lo sé, Malvina. Pero al verte ahora he sentido necesidad de decírtelo.
—Mira, querido...—comenzó a decir y se detuvo un instante—. Bueno, está muy, bien. También yo te quiero, pero en este momento nos sirve de bien poca cosa. Ven. Kaufman nos espera.
Trabajamos con Kaufman toda aquella mañana y toda aquella tarde, pasando revista a infinitos croquis que Kaufman iba rasgando y tirando al cesto de los papeles mientras le corría por la cara un sudor copioso.
—La idea básica es muy buena—acabó diciendo Kaufman—pero la dificultad estriba en que carece de sexo.
—¿Sexo?—repetí interrogante. —Sexo—insistió Kaufman dando una palmada en la mesa—. No se puede hacer una campaña anunciadora de un jabón sin atracción sexual. Usted capta mi idea, señorita Myles, ¿no es así?
—Sí—contestó Malvina—. Sé muy bien lo que quiere usted decir. —Muy bien. Para eso están ustedes aquí. He estado'observando a mi esposa en relación con el jabón. Es algo íntimo. Malvina me lanzó una ojeada a travésdel cuarto y miró después por la ventana. Era la primera vez que yo oía hablar de la señora de Kaufman y se me antojaba que no podía amar a semejante hombre. Si me casara alguna vez, yo no mezclaría el nombre de mi mujer en una conversación sobre jabones. Si me casara algún día... Era la primera vez que se me ocurría este pensamiento. Si yo amaba a Malvina y Malvina me amaba a mí, deberíamos casarnos.
—Exquisitez—oí decir a Malvina¿es lo que quiere usted decir?
Exquisitez—repitió Kaufman—. Ahora estamos llegando a algo. Esperen un minuto. Voy a ver si el señor Bullard no está en conferencia.
Kaufman salió de la habitación, apresurado. Malvina y yo nos quedamos solos durante unos instantes.
—Malvina, tal vez no he entendido bien cuando has dicho...
—Por supuesto entendiste muy bien. Pero aquí viene Kaufman. ¿No es esto terrible ?
—Bueno—dijo Kaufman—. Vámonos a ver al señor Bullard.
El señor Bullard estaba sentado a su mesa. Tenía apiñadas las puntas de los dedos.
—Señorita Myles—dijo—sé que ha hallado usted una palabra. Deseo oírsela a usted misma. No quiero que el señor Kaufman la estropee.
—¿Qué quiere usted decir con eso? —preguntó Kaufman.
, —Mire, Gualterio—contestó BullardYa sabe lo que ocurrió con aquel aceite de lubrificar. A veces, destroza usted las palabras.
—Vamos, J. T., ¿no puede dejarse de tonierías? No está hablando con un cliente. Estamos tratando de producir un buen original—dijo Kaufman.
—Bien, Gualterio, bien—repuso Bu-

No hay comentarios:

Publicar un comentario