jueves, 2 de marzo de 2017

MALVINA-Vuelvo otra vez al mar 101-103

   MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942

Vuelvo otra vez al mar
 llegó a North Harbor a las cinco de la mañana. Como desde mis ocho años infantiles había visto amanecer en el andén de aquella estación, todas las cosas tenían, a la frescura de la luz matinal, el vago encanto de los viejos recuerdos. Patricio me esperaba con la limosina grande. Allí estaba, con su cara redonda y su barriga prominente, el mismo Patricio que solía esperarnos en el faetón y a quien los tiempos habían transformado en chófer, por cierto no muy bueno.
Cuando llegamos a nuestra residencia veraniega, cuyas ventanas aparecían llenas de capuchinos y geranios, Hugo, bajando presuroso la escalinata, corrió a nuestro encuentro. Mi padre con sus pantalones de golf, le seguía.
-Te agradezco que hayas madrugado tanto—le dije.
—No tienes nada que agradecerme. Lo he hecho con gusto. Estás un poco pálido; necesitas más ejercicio.
Me llevó al comedor y Hugo trajo jugo de naranja.
—María iba a bajar a la estación, —continuó mi padre,—pero anoche se acostó tarde. Sigue con la manía de ir a ese condenado cine.
—¿Cómo lo vais pasando todos?
—Tu madre no está muy bien—. Hizo una pausa para tomar café y continuó—. Wilding anuncia una fuerte baja de valores. Me alegro de que hayas venido este fin de semana... Hay un revuelo endiablado en el Club... Te digo, Enrique, que esto no es lo que era—. Miró al mar a través del amplio ventanal encristalado y añadió—. Es la inquietud que ha traído la guerra—. Luego se me quedó mirando mientras se acariciaba el bigote que ya encanecía. Al fin, rompió—: Enrique, qué demonios estás haciendo en Nueva York ?
Sus dedos tamborilearon en la mesa mientras escuchaba mis detalles sobre nuestra campaña del jabón Coza que en aquel comedor sonaba extraña, desplazada.,
¡Truenos!—interrumpió—. ¡A ti no puede gustarte una cosa como ésa!
—Pues me gusta. Porque siempre está ocurriendo algo.
Mi padre suspiró.
—No te puedo entender. No me gusta que pasen cosas. Me he pasado la vida entera tratando de evitar que pasen cosas. En fin, dime ¿qué gentes frecuentas en Nueva York?
—No salgo mucho. Generalmente, trabajamos hasta tarde y me siento cansado por la noche.
. —Bueno, pues aprovecha tu estancia aquí para ver a los amigos antiguos. Cornelia Motford estuvo preguntando por ti. ¿Qué te pasa, Enrique?
—Nada, señor.
—Entonces, no pongas esa cara. Quiero que la gente sepa que estás vivo, muchacho. 'Nada más.
Se abrió la puerta y entró María, vistiendo un traje azul con adornos brincos. Me echó una ojeada investigadora antes de besarme.
—Tienes aspecto de estar muy cansado—me dijo.
—Es el tren—repuse—. Nunca puedo dormir en el tren.
Subimos juntos la escalera hasta mi habitación, con los brazos entrelazados.
María se acomodó en una butaca junto a la ventana. Me puse a mirárla. Tenía una gracia flexible e insinuante de la que nunca me había dado cuenta con anterioridad. Me pidió un cigarrillo y tendió su mano larga y delicada para recibirlo.
—¿Te dejan fumar?—le pregunté. Ella sonrió.
—¿Por quién me tomas? Ahora fuma todo el mundo.
—Supongo que es así—repuse. Estaba pensando en Malvina.
—Enrique—me preguntó— ¿es que ya, no nos quieres ?
—¡Pero, muchacha! ¿Cómo puedes, decir semejante cosa?
—Temo que tú y yo nunca volveremos a ser los de antes. ¿No ves que no sabemos qué decirnos?
—No seas tonta. Somos los mismos de siempre. Tú continúas siendo mi hermanita.
—Tal vez no sea posible que un hermano y una hermana lleguen a conocerse mutuamente— contestó—. Están demasiado ligados. Pero sería curioso que nos conociéramos, que yo pudiera hablarte de los chicos y tú a mí de las muchachas.Tal vez si nos tomáramos juntos unas copas acabaríamos diciendo lo que realmente pensamos.
—¡María, pequeña, mira que...!—comencé.
—Ya sé a dónde vas a parar—repuso—. Es inútil. Pero necesito decirte una cosa. ¿Sabes que mamá va a intentar que te quedes aquí? No la dejes salirse con la suya. Siempre logra que todos hagamos lo que quiere.
LA SEÑORITA PERCIVAL, enfermera diurna de mi madre, me esperaba a la puerta de la habitación de su paciente.
—Lo hemos estado esperando—me dijo—. Ya hemos echado la siesta, pero no debemos hablar de nada que nos cause excitación.
— ¿Cómo está mamá ¿
—En realidad, vamos bastante bien. Hemos hablado de nuestro soldadito y hemos estado aguardando su visita, pero únicamente debemos conversar sobre temas gratos.
Mamá estaba en su chaise-longue, envuelta en una bata lila.
—¡Querido!—dijo, tendiéndome los brazos—. ¿No es guapo, señorita Percival ? ¿Ve usted ahora por qué estoy tan orgullosa de mi hijo?
—Sí—contestó la señorita Percival—. Estamos muy orgullosas de nuestro hijo pero solamente podemos conversar con él unos minutos.
— ¿Lo estás pasando bien, hijo ?—preguntó mi madre.
—Lo estoy pasando rnuy bien, mamá. Esta noche en el baile veré a todas las antiguas amistades. Va a parecer que no he estado ausente.
—Eso es lo que yo quiero. En el baile verás a Cornelia Motford. Tienes que divertirte mucho para que no pienses en irte.
—Tengo que volver a Nueva York mañana por la noche.
Vi que, la señorita Percival se inquietaba. Mamá dejó caer las manos en el regazo.
—Nunca creí que fueses egoísta, hijo mío—comentó.
—Vamos—intervino la señorita Percival—. Es menester que el doctor no se enfade con nosotras. Debemos ocuparnos exclusivamente de cosas agradables. Debemos alegrarnos de que el buen mozo de nuestro hijo pueda quedarse con nosotras hoy y mañana. 
—Mamá—interrumpí—, ya sabes que siempre que me necesitéis...
—Pero yo te necesito ahora, ahora y siempre—replicó mamá.
—Ya es hora de que se vaya nuestro muchacho—cortó la señorita Percival—. Volveremos a verlo después.
Cerré tras mí la puerta de la habitación. La escena había sido mucho peor de lo que yo temía.
HABíA OLVIDADO lo lindas que son las muchachas de mi tierra. Aún llevaban vestidos largos en el baile de aquella noche en el Club, pero eran de colores más vistosos. En mi primer baile con Cornelia Motford, observé que el compás de la música era más vivo.
—Enrique—me dijo Cornelia—¿no puedes bailar al compás de la música?
—Guardo el compás—repuse.
—No lo guardas—insistió Cornelia—; y has estado bebiendo.
—No más que los otros.
—Enrique, no sé lo que te pasa.
—¿Qué quieres decir, Cornella ?
—No eres el mismo de antes—explicó—. Eramos tan buenos amigos... Y ahora apenas sabemos qué decirnos. 
—No soy yo—repuse— Es todo lo demás. Todo...

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