lunes, 6 de marzo de 2017

MAMÁ ESTÁ EN CASA- Desfile de Recuerdos

MAMÁ ESTÁ EN CASA
El "¿Donde está mamá?"es un estribillo que padres e hijos reconocen al instante. Aquí mientras la pregunta llega como un eco a través de los años, damos al lector conmovedora respuesta de un hijo cuya madre vivirá siempre en su memoría y en su corazón.
Por James Mc Cracken
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 19
Pequeño milagro
BAJO LOS neumáticos del automóvil corren los kilómetros. A medida que avanzamos, encabezamos una procesión. No una procesión fúnebre, que esta vendría en uno o dos días. Era una procesión de recuerdos atrás y adelante de nosotros. Hemos pasado por este camino muchas veces, y hablamos de sucesos  triviales. ¿Recuerdas que por aquí se nos pinchó un neumático? Poco después de casarnos, cuando vivíamos en Sewickley, íbamos a Nueva York en Navidad a pasar unos días con los padres de Betty; o, cuando residíamos en Nueva York, íbamos a Sewickley los días festivos o los aniversarios de familia.
Aniversarios. Sonreí al pensar en ellos y me volví hacia mi esposa: —Betty, ¿recuerdas las bodas de oro de mis padres?
¡Vaya si lo recuerda! Mueve la cabeza maravillada.
Tanto los familiares que vivían lejos como los que estaban cerca, se habían reunido para el gran día. Saludaban a papá con palmadas en el hombro y besos, y a mamá con besos y abrazos. Y llevaban regalos. "¡Oh!, querida, no deberías haber hecho esto. Es demasiado'.
Durante la primera parte del día la cocina hirvió de actividad. Y mi madre también. Cualquier día de fiesta, cumpleaños u otro aniversario significaba comida, montañas de comida. "¿Ir a un restaurante a cenar? ¿Nuestra cena de aniversario? De ninguna manera".
Mamá revolvió, batió y coló ingredientes. Los aromas de 20 platos distintos se difundieron por toda la casa. Era su fiesta. Años atrás había preparado para nosotros miles y miles de comidas. Ahora volvía a hacerlo.
Recorrimos la casa hablando entre nosotros de tiempos pasados. "Recuerdas cuando ..." Mi padre, en su silla, escuchaba o vagaba en la bruma de sus propios recuerdos. Ya pasaba de los 80. El trabajo y los años lo habían hecho aflojar el paso. "¡Oh!, sí", solía responder. "Sí, recuerdo".
Se oyó un tintinear en el comedor. ¿Una campanita para llamar a cenar? Mamá nunca la había usado antes. En ese instante apareció en el vano de la puerta con una campanita en la mano. Era de plata, pequeña.
—Fue de mi madre —anunció sonriente.
¡Ah, sí, por supuesto! Años atrás la campanita había aparecido en la mesa en ocasiones muy especiales.
—Vamos ya. La cena está en la mesa. Ven a cenar, papá.
Los que se hallaban cerca de la puerta siguieron a mi madre al comedor. Esperamos de pie en torno de la mesa. Todos estábamos allí, menos papá.
—¡Padre! —llamó mamá—. Te estamos esperando.
Pero no acudió. Alguien volvió a la sala. Un jadeo:
—¡Papá!, ¡papá!
Corrimos en tropel a la sala. Allí estaba, en su silla, con la cabeza inclinada hacia un lado. No podía estar dormido con todo ese ruido. ¡Dios mío! No puede ... en el día de sus bodas de oro. Uno de mis hermanos corrió a su lado y le puso los dedos a ambos lados del cuello.
—El pulso es firme. Probablemente débil.
—Que alguien llame a un médico. Lo llevamos hasta el sofá. Mi madre se inclinó sobre él, lo observó y lo besó en la mejilla; luego se irguió:
—Pasemos todos a cenar, por favor.
La miramos y nos miramos unos a otros. ¿Qué le había pasado? ¿Había perdido contacto con la realidad?
—¡Mamá! —observó Andrew—. ¡No puedo sentarme a cenar mientras papá yace allí! ¡Voy a llamar al médico!
Mi madre le cerró el paso.
—Papá estará bien. Por favor.
Y nos hizo pasar al comedor.
Era como una escena de locura en una pieza teatral de dementes. Nuestro padre había tenido un ataque cardiaco, un derrame cerebral, una apoplejía, o lo que fuera, e iba a morir mientras estábamos sentados a la mesa del comedor. Pero entramos. De pie ante nuestros asientos, intercambiamos miradas de preocupación. Algunos tomamos asiento. Los otros nos imitaron.
La silla de papá estaba vacía. La de mamá también. Así que allí quedamos, con la mirada fija en el pavo, el jamón, el puré de papas, los guisantes, las zanahorias, el pan.
"Tenemos que hacer venir a un médico".
Alguien hizo el intento de abandonar la mesa... pero permaneció en su lugar.
Escuchábamos la voz de mamá, suave, canturreante. A través de ella parecía estar haciéndole el amor. Ella se enderezó después de haberse hincado junto al sofá. Luego otro sonido.
"Debo haberme quedado dormido", musitó papá. Tras un momento apareció, pálido y con las piernas temblándole un poco. Mamá se hallaba a sus espaldas, rodeándole ligeramente la cintura con los brazos.
Lo condujo hasta su asiento, a la cabecera de la mesa. Y él pidió a Andrew que bendijera la mesa.
Todos sentimos que se había realizado un pequeño milagro. Nuestra madre, parecía, había levantado a Lázaro de su tumba. Miré a papá. El color ya retornaba a su rostro; estaba sirviéndose comida. Sin duda, un milagro.
Mucho más tarde, mamá, Betty y yo pasamos a la sala. El resto se había marchado a un motel o a la casa de algún amigo. Mi madre parecía agotada, pero sonreía. Había sido un maravilloso día. Para satisfacción de todos se había decidido que lo de papá era sólo un desmayo. Las voces, la emoción, los abrazos ... resultaron demasiado para él. Simplemente se había ausentado un rato de la reunión. Pero, ¿cómo lo supo ella ?
—Mamá —pregunté por fin—, ¿por qué no nos dejaste llamar al médico?
Siguió un largo silencio. —Tenía miedo.
Betty y yo nos miramos. Su respuesta no tenía sentido.
—¿Miedo de llamar al médico? —quise saber—.¿ Y si a papá le hubiera ocurrido algo terrible... un derrame cerebral, por ejemplo? —De eso precisamente tenía miedo, supongo —fijó sus ojos en mí—: Y si el médico hubiera venido, lo habría mandado al hospital. Se lo hubieran llevado en una ambulancia ... tal vez para siempre ... Su voz,iba apagándose.
Que nosotros sepamos, papá nunca volvió a desmayarse. Ni una ocasión en los 93 años de su vida. Mi madre se ocupó de que así fuera.
El tanto de mamá
SEGUÍAMOS conduciendo hacia casa, el hogar de mi madre.
—¿Por qué sonríes? —me preguntó Betty.
Sur pregunta me sorprendió. ¿Sonreía? ¡Oh, sí! Estaba pensando en algo. En la época en que uno de mis hermanos mayores jugaba en el equipo de fútbol de la Escuela Secundaria Sewickley. Los pocos aficionados se alineaban cerca del borde del campo para seguir mejor la acción y para que los jugadores los oyeran vitorear.
El equipo de Sewickley había retrocedido hasta su portería, para obtener un tanto sus jugadores tenían que correr casi 100 metros. Era una situación desesperada. De pronto, la figura que llevaba la pelota se separó velozmente del grupo y comenzó a correr hacia el otro extremo del campo. ¡Era mi hermano! Al instante salió de entre la multitud otra figura que empezó a correr a su lado con las faldas levantadas.

En un paroxismo de alegría y orgullo maternal, mamá recorrió los 90 metros por el borde del campo y llegó a la meta unas cuantas yardas detrás de mi hermano. ¡No llevaba pelota; de lo contrario, se habrían logrado dos tantos! De haber sabido cómo se regocijan hoy los que marcan esos tantos, creo que le habría quitado la pelota a mi hermano para "clavarla" en la meta. Su vitalidad y entusiasmo no tenían límites.
Tiesos y cansados tras .el largo viaje, salimos de la carretera y detuvimos el auto. Nos apeamos para estirar las piernas y contemplar las colinas, que parecían azules en la niebla.
Mis Ojos se alzaron hasta la línea más distante del horizonte, hacia el norte. ¿Será esa la montaña Nittany, sede de la Universidad del Estado de Pensilvania, de la que John fue alumno y donde, con una capacidad de que pocos atletas gozan, desperdició el tiempo y las oportunidades? Andrew estudió en Amherst (en el estado de Massachusetts); Herbert en la Universidad de Pittsburgo; John en la del Estado de Pensilvania y yo en el Colegio Alleghany, en Meadville (Pensilvania); Andrew se graduó y con el tiempo obtuvo un doctorado en la Universidad de Chicago. Llegó a ser ministro de la Iglesia Congregacional y luego director de publicaciones de la misma. Hombre ilustrado. Herbert destacó en el aula y en el campo de juego. En algún momento contribuyó a fundar una gran empresa editora de revistas. ¿John? Fue la suya una larga marcha cuesta abajo, desde la Universidad del Estado de Pensilvania hasta la desintegración y la muerte por cáncer a los 52 años. Jean se graduó de maestra, luego se casó y fundó una familia. Otra hermana, Martha, se quedó en casa. Nunca salió de Sewickley. Se casó, se divorció, crió un hijo y lo vio morir. Yo llegué a ser redactor de una revista. Todos hijos de buen padre y de madre intrépida.
Una familia sin dinero, hijos de un inmigrante irlandés. ¿Cómo lo conseguimos? ¿Cónio pudimos ir a la universidad? Madre. unapalabra. Una mujer. Por medio de sus hijos conquistó el medio en que vivía, su mundo. El universo de papá era pequeño. . Habría quedado satisfecho si hubiéramos ido a trabajar a la acería de Pittsburgo y entonces, tal vez, abrirnos paso allí. Hubiera sido un trabajo honrado, ¿no? Eso ocurría antes de los días de la asistencia social. Trabajar o pasar hambre. Trabajo pesado, honrado. Fue todo lo que conoció mi padre. Trabajar duro. Ser honesto. Ese era el camino del éxito.
No para mamá. Deben ir a la universidad, insistía. Deben hacerlo. No tenemos dinero. Tendrán que ir y mantenerse con sus propios medios. 'Trabajar de camareros, ¡ugar al fútbol, lavar platos, hacer cualquier cosa, pero tienen que ir a la universidad. Y así lo hicimos.

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